miércoles, 23 de marzo de 2016

Nos presentamos (María Angeles Benitez)




A veces de
N oche me visitan
G igantes que parecen
E strellas bajo la
L luvia de este
E sperado y hermoso
S ueño

Nos presentamos (Nicolás Ezequiel Meza Gómez)




oticias
nminentes: a los
C orredores de
O kinawa no
L os vieron por un
A ccidente en
S olar Flight

Nos presentamos (Sebastián García)





Sueño con el

Espectro que puede

Bailar en el

Aire por

Sitios inesperados

Tropieza con

Iguanas que flotan en el

Aeródromo con las

Nutrias


Sebastián García 1°B


martes, 22 de marzo de 2016

Las figuritas de Federico (Guillermo Saccomanno)







WALTER, EL ENCARGADO DEL EDIFICIO, apenas pasa los treinta, pero parece menor porque tiene facciones aliñadas y un cuerpo macizo y fibroso que mueve con el desgarbo de un adolescente, vestido siempre de buzo, vaqueros y zapatillas. Si alguien le habla, antes de contestar con su voz aflautada y sumisa, Walter frunce las cejas y, al desviar la mirada, se vuelve un chico tímido y asustado que se ve venir un castigo. Como ahora Federico, acorralado contra la pared de la cocina, con las figuritas apretadas en un puño que esconde en la espalda.
–Dame las figuritas –le sonríe Walter–. Dámelas Federico.
Y Federico se pega a la pared:
–No, pa –porque cada vez que su padre lo llama Federico y no Fede pone alerta.
La sonrisa de Walter es dócil, la misma sonrisa que logra que el consorcio piense que Walter es un portero macanudo, cumplidor y dispuesto. Pero a Federico no lo confunde.
Walter piensa que ese chico no sale a él. Más bien, sale a la madre; tiene su carácter, sus ínfulas. Y, como ella, es engañador y pretensioso. Morocho, cetrino, con ojos impasibles de gato y, cuando le conviene, con los gestos tan rápidos y veloces como lengüetazos de un sapo, Federico atrapa lo que desea y después vuelve a su quietud imperturbable. Cuando está en el departamento, en especial si está su madre, Federico es un muñeco que acapara todas sus atenciones. Gladys lo mima, lo consiente y le habla con diminutivos, infantilizándose. Para ella, Federico es una mascota. Y Walter un actor secundario que entró por equivocación en una escena que no le correspondía.
Al pensar en estas cosas, Walter piensa también que no olvidará esa vez que Federico le dijo a unos chicos que su padre era el dueño del edificio. En eso, piensa, sale, a la madre, que haces unos meses se hizo la cirugía estética y se tiñó de rubio. Aunque tiene la edad de su marido, Gladys parece su hermana mayor. La operación y la tintura, en lugar de rejuvenecerla, le agregaron años.
–Prefiero ser una mujer atractiva y no una chica boba.–dice Gladys.
El matrimonio vino de uruguay hace unos años. Vio en este balneario de la costa la oportunidad de ahorrar y progresar. Teniendo la vivienda, se puede, pensaron. Y se gasta menos que en una ciudad como Buenos Aires.
Walter tiene trabajo más fuerte en los meses de verano, con los propietarios y los inquilinos de la temporada. Entonces, además del mantenimiento del edificio, Walter se encarga de proveer las garrafas de gas, los sifones y los diarios, y de cumplir cualquier otro pedido que le hagan, por caprichoso que sea. En enero y febrero Walter duerme cuatro horas al día porque de noche se emplea como sereno en un hotelito de la vuelta. Hay que exprimir la temporada, dice. Recién en marzo respira tranquilo. Se permite bajar a la playa, tomar sol y hacer algún asado en la parrilla del consorcio, en el jardín trasero del edificio.
Durante todo el año, Gladys trabaja de secretaria en una escribanía del pueblo. Tiene estudios secundarios y, a diferencia de su marido, dice que le gusta leer y estar informada. Porque, como ella dice, tiene una preparación. Todas las mañanas, para ir a la escribanía, se arregla y se maquilla como si la oficina fuera una fiesta. Al terminar de vestirse y maquillarse, no deja que Walter la toque. Lo esquiva cuando se le acerca para darle un beso.
Desde que empezó a trabajar en la escribanía, Gladys empezó a fumar. Como Walter le tiene prohibido fumar en el departamento, lo hace en el hall del edificio. En las tardes de verano, mientras fuma un cigarrillo tras otro, conversa con las turistas inquilinas, vecinas ocasionales de la temporada.
–Nosotros somos gente de clase media –dice Gladys–. Y esto es de momento.
Esto alude en particular al trabajo de Walter, el departamento de un ambiente con kitchenette que ocupan en el contrafrente del primer piso, un ambiente húmedo y sombrío que Gladys ha dividido con un modular cargado de fascículos encuadernados, jarrones, estatuillas y portarretratos que se exhiben como trofeos. El departamento resulta más estrecho de lo que es por el espacio que ocupan la heladera con freezer cuatro estrellas, el televisor y la videocasettera, la mesa y las sillas de estilo que Gladys compró en un remate de Mar del Plata. En un costado, casi en un rincón, está la cama de Federico. Del otro lado del modular, la cama matrimonial entre dos mesitas de luz. A sus pies, en cada ángulo, hay dos sillones de algarrobo con almohadones de cuadros verdes y rojos, una oferta que Gladys tampoco dejó pasar. El balcón está protegido detrás de una cortina de voile crema. En los meses de invierno, como ahora, Walter tiene más tiempo. Y está casi todo el día en el edificio. Uno siempre encuentra que hacer, dice.
Mientras Gladys está en la escribanía, de nueve a una y de tres a ocho, Walter se dedica a las cosas de la casa y a Federico. Menos planchar, Walter hace de todo: lava, limpia, cocina, y ayuda con los deberes al chico. El sueldo de Gladys es más importante que el suyo. De este modo, si él la reemplaza en las cosas de la casa, pueden guardarlo casi íntegro. A Walter no le molesta lavar, limpiar, cocinar y cuidar a Federico. Hasta le encuentra gusto. Y le sirve para probar que, si quisiera, podría vivir sin Gladys. Si los hombres se ponen, piensa, hacen mejor estas cosas que las mujeres. Por ejemplo, las milanesas. Esta noche Walter va a cocinar milanesas. Las prepara con un aire de ajo y perejil. Le salen menos aceitosas que a su mujer.
Pero lo que hizo Federico casi le arruina las ganas de cocinar.
Esta mañana vinieron en una camioneta los de la cooperativa de electricidad a cortarle el suministro al inquilino del tercero E. Es un polaco sesentón, alto, huesudo, que suele venir algunos días todos los meses fuera de temporada. El polaco es un tipo huraño y solitario, lo que explica que venga a la costa cuando está desierta. Por las mañanas y las tardes sale a caminar horas por la playa y el pinar, sin importarle ni el viento ni el frío. Si la temperatura es muy baja, el polaco sale enfundado en un viejo sobretodo negro. Una tarde, Walter se lo cruzó en el bosque. Fue como una aparición. Alto, el pelo más blanco que amarillo, con las solapas anchas de su sobretodo negro levantadas y las manos en los bolsillos, el polaco venía hacia él avanzando entre los troncos. Walter lo saludó como pidiendo disculpas. El polaco le devolvió el saludo curvando apenas los labios delgados, clavándole sus ojos casi transparentes, acuosos, irritados por el frío, en una mirada penetrante. Alguna vez el polaco le pidió que le limpiara el departamento. Cuando Walter lo hizo se sorprendió con la austeridad en que vivía el inquilino. El departamento era de un ambiente, como el suyo, pero no tenía más que una cama, una mesa y una silla incómoda. Y sin embargo, parecía una sala enorme. Sobre la mesa había una radio portátil, una pila de cuadernos, libretas y lápices. Walter curioseó. No pudo entender ni la letra ni el idioma. Prendió la radio, sintonizada en Sodre, la de música clásica. La apagó de inmediato, con temor, y enseguida dudó de que la hubiera encendido. Volvió a dejar los cuadernos como los había encontrado y, nervioso, apurado, trató de limpiar el departamento lo más rápido posible.
Todo lo que pudo averiguar Walter sobre el inquilino se lo contó Gladys, que lo supo a través de la dueña del departamento, una tendera del centro, cuyo hijo va al colegio con Federico. Lo que pudo averiguar no fue mucho más de lo que la dueña sabía: el polaco es descendiente de nobles, trabajó en un banco, se retiró y nadie tiene idea de qué vive. Habla lo mínimo indispensable con un marcado acento extranjero y tono imperativo. Walter piensa que por algo el polaco no tiene familia. Todo en él es un misterio. Y así como después de habérselo cruzado aquella tarde en el bosque Walter pensó que había sido una aparición, no una presencia real, después de limpiar su departamento Walter había empezado a creer que allí habitaba un fantasma, un espíritu poderoso y magnético que vigilaba sus acciones y pensamientos aun cuando Walter no pudiera verlo.
Esta mañana, cuando Walter venía de hacer las compras, vio la camioneta de la cooperativa, los peones de overol y el polaco discutiendo. No había recibido la factura, protestaba el polaco. Por eso no había pagado. Walter intercedió: Quizá se la habían enviado a la dueña, dijo. Otras veces lo habían hecho.
Y eso había pasado. La cooperativa le envió la factura a la dueña del departamento. Y ella, un mediodía, a la salida de clase, se la había dado a Federico para que se la entregara a su padre y él al inquilino. Pero Federico la había perdido.
El polaco volvía de sus caminatas al anochecer. Entonces Walter lo obligó a Federico a tocarle timbre al inquilino y pedirle disculpas. Esperaron juntos que el polaco abriera.
–Dice mi papá que me perdone –le dijo Federico.

–No –dijo Walter–. Yo no digo nada. Usted es el que perdió la factura. Y por usted casi lo dejan sin luz al señor. Así que es usted el que le pide disculpas. No yo.
–Son cosas de chicos –dijo el polaco, con una suavidad de la que Walter no lo hubiera creído capaz, revolviéndole el pelo a Federico. Y después, áspero, como si esa dulzura hubiera sido una ilusión óptica de Walter– : Déjelo en paz.
Y era una orden.
–Federico, a casa –dijo Walter. Se puso colorado al decirlo.
El polaco no le dio tiempo a decir nada más. Cerró con desprecio la puerta.
No es de hombres abusar de la fuerza, piensa Walter. No hay que levantarle la mano ni a las mujeres ni a los chicos. Una sola vez estuvo a punto de pegarle a Gladys, porque sospechó que lo engañaba con el escribano. Después, por unas semanas, ella fue a trabajar sin maquillarse ni pintarse los labios y se reconciliaron. Sin embargo, Walter no quedó conforme.
Ahora, por encima de Walter, está la lámpara de la cocina. Su sombra se proyecta sobre el chico como la sombra de un gigante de dibujo animado.
–Perdoname, pa.
–Dame esas figuritas, Federico.
El chico da un salto, buscando la puerta del departamento. Pero la kitchenette, aunque Gladys la llame cocina, no es más que un pasillo angosto. Walter ataja al chico. Lo agarra de un brazo y lo aprieta hasta que él abre el puño y las figuritas caen sobre los mosaicos.
–Levantalas –le dice.
Y el chico se agacha para juntarlas.
–Las tirás a la basura.
El chico lo enfrenta con la mirada de odio de Gladys.

–Cuando mi padre me miraba a los ojos yo bajaba la vista –dice Walter–. ¿Entendido?
De mala gana, el chico abre el placard inferior de la mesada. Debajo de la pileta está el cubo de plástico anaranjado.
Federico tira las figuritas una a una.
–Todas –dice Walter–. Esa también
El chico se traga las lágrimas.
–Así me gusta –dice Walter.
–¿Me puedo ir?
–¿Dónde quiere ir?
–A jugar.
–Es de noche.
–¿Puedo ver la tele?
–¿Y los deberes?
–No tengo deberes.
–No me mienta, que se acuesta sin comer.
Después que Federico se sienta a la mesa con el cuaderno, el manual y la cartuchera, Walter se apura a preparar la cena. Ya son casi las nueve. Gladys debería haber llegado.
Walter pica el ajo, el perejil, rompe los huevos y pela las papas, porque las milanesas las va a acompañar con puré. Tira las cáscaras en la basura, sobre las figuritas en el fondo de la bolsa de residuos.
Mañana por la mañana, piensa, cuando despierte a Federico para ir al colegio, le dirá que puede sacar las figuritas de la basura antes de que cambie la bolsa de residuos. Peor hubiera sido que lo mandara a la cama sin comer. Una picardía hubiera sido. Porque las milanesas van a e

Berenice (Edgar Allan Poe)


il. Benjamin Lacombe




Dicebant mihi sodales, si sepulchrum amicae visitarem, 
curas meas aliquantulum fore levatas. 
-Ebn Zaiat

La desdicha es diversa. La desgracia cunde multiforme sobre la tierra. Desplegada sobre el ancho horizonte como el arco iris, sus colores son tan variados como los de éste y también tan distintos y tan íntimamente unidos. ¡Desplegada sobre el ancho horizonte como el arco iris! ¿Cómo es que de la belleza he derivado un tipo de fealdad; de la alianza y la paz, un símil del dolor? Pero así como en la ética el mal es una consecuencia del bien, así, en realidad, de la alegría nace la pena. O la memoria de la pasada beatitud es la angustia de hoy, o las agonías que son se originan en los éxtasis que pudieron haber sido.
Mi nombre de pila es Egaeus; no mencionaré mi apellido. Sin embargo, no hay en mi país torres más venerables que mi melancólica y gris heredad. Nuestro linaje ha sido llamado raza de visionarios, y en muchos detalles sorprendentes, en el carácter de la mansión familiar en los frescos del salón principal, en las colgaduras de los dormitorios, en los relieves de algunos pilares de la sala de armas, pero especialmente en la galería de cuadros antiguos, en el estilo de la biblioteca y, por último, en la peculiarísima naturaleza de sus libros, hay elementos más que suficientes para justificar esta creencia.
Los recuerdos de mis primeros años se relacionan con este aposento y con sus volúmenes, de los cuales no volveré a hablar. Allí murió mi madre. Allí nací yo. Pero es simplemente ocioso decir que no había vivido antes, que el alma no tiene una existencia previa. ¿Lo negáis? No discutiremos el punto. Yo estoy convencido, pero no trato de convencer. Hay, sin embargo, un recuerdo de formas aéreas, de ojos espirituales y expresivos, de sonidos musicales, aunque tristes, un recuerdo que no será excluido, una memoria como una sombra, vaga, variable, indefinida, insegura, y como una sombra también en la imposibilidad de librarme de ella mientras brille el sol de mi razón.
En ese aposento nací. Al despertar de improviso de la larga noche de eso que parecía, sin serlo, la no-existencia, a regiones de hadas, a un palacio de imaginación, a los extraños dominios del pensamiento y la erudición monásticos, no es raro que mirara a mi alrededor con ojos asombrados y ardientes, que malgastara mi infancia entre libros y disipara mi juventud en ensoñaciones; pero sí es raro que transcurrieran los años y el cenit de la virilidad me encontrara aún en la mansión de mis padres; sí, es asombrosa la paralización que subyugó las fuentes de mi vida, asombrosa la inversión total que se produjo en el carácter de mis pensamientos más comunes. Las realidades terrenales me afectaban como visiones, y sólo como visiones, mientras las extrañas ideas del mundo de los sueños se tornaron, en cambio, no en pasto de mi existencia cotidiana, sino realmente en mi sola y entera existencia.
Berenice y yo éramos primos y crecimos juntos en la heredad paterna. Pero crecimos de distinta manera: yo, enfermizo, envuelto en melancolía; ella, ágil, graciosa, desbordante de fuerzas; suyos eran los paseos por la colina; míos, los estudios del claustro; yo, viviendo encerrado en mí mismo y entregado en cuerpo y alma a la intensa y penosa meditación; ella, vagando despreocupadamente por la vida, sin pensar en las sombras del camino o en la huida silenciosa de las horas de alas negras. ¡Berenice! Invoco su nombre... ¡Berenice! Y de las grises ruinas de la memoria mil tumultuosos recuerdos se conmueven a este sonido. ¡Ah, vívida acude ahora su imagen ante mí, como en los primeros días de su alegría y de su dicha! ¡Ah, espléndida y, sin embargo, fantástica belleza! ¡Oh sílfide entre los arbustos de Arnheim! ¡Oh náyade entre sus fuentes! Y entonces, entonces todo es misterio y terror, y una historia que no debe ser relatada. La enfermedad -una enfermedad fatal- cayó sobre ella como el simún, y mientras yo la observaba, el espíritu de la transformación la arrasó, penetrando en su mente, en sus hábitos y en su carácter, y de la manera más sutil y terrible llegó a perturbar su identidad. ¡Ay! El destructor iba y venía, y la víctima, ¿dónde estaba? Yo no la conocía o, por lo menos, ya no la reconocía como Berenice.
Entre la numerosa serie de enfermedades provocadas por la primera y fatal, que ocasionó una revolución tan horrible en el ser moral y físico de mi prima, debe mencionarse como la más afligente y obstinada una especie de epilepsia que terminaba no rara vez en catalepsia, estado muy semejante a la disolución efectiva y de la cual su manera de recobrarse era, en muchos casos, brusca y repentina. Entretanto, mi propia enfermedad -pues me han dicho que no debo darle otro nombre-, mi propia enfermedad, digo, crecía rápidamente, asumiendo, por último, un carácter monomaniaco de una especie nueva y extraordinaria, que ganaba cada vez más vigor y, al fin, obtuvo sobre mí un incomprensible ascendiente. Esta monomanía, si así debo llamarla, consistía en una irritabilidad morbosa de esas propiedades de la mente que la ciencia psicológica designa con la palabra atención. Es más que probable que no se me entienda; pero temo, en verdad, que no haya manera posible de proporcionar a la inteligencia del lector corriente una idea adecuada de esa nerviosa intensidad del interés con que en mi caso las facultades de meditación (por no emplear términos técnicos) actuaban y se sumían en la contemplación de los objetos del universo, aun de los más comunes.
Reflexionar largas horas, infatigable, con la atención clavada en alguna nota trivial, al margen de un libro o en su tipografía; pasar la mayor parte de un día de verano absorto en una sombra extraña que caía oblicuamente sobre el tapiz o sobre la puerta; perderme durante toda una noche en la observación de la tranquila llama de una lámpara o los rescoldos del fuego; soñar días enteros con el perfume de una flor; repetir monótonamente alguna palabra común hasta que el sonido, por obra de la frecuente repetición, dejaba de suscitar idea alguna en la mente; perder todo sentido de movimiento o de existencia física gracias a una absoluta y obstinada quietud, largo tiempo prolongada; tales eran algunas de las extravagancias más comunes y menos perniciosas provocadas por un estado de las facultades mentales, no único, por cierto, pero sí capaz de desafiar todo análisis o explicación.
Mas no se me entienda mal. La excesiva, intensa y mórbida atención así excitada por objetos triviales en sí mismos no debe confundirse con la tendencia a la meditación, común a todos los hombres, y que se da especialmente en las personas de imaginación ardiente. Tampoco era, como pudo suponerse al principio, un estado agudo o una exageración de esa tendencia, sino primaria y esencialmente distinta, diferente. En un caso, el soñador o el fanático, interesado en un objeto habitualmente no trivial, lo pierde de vista poco a poco en una multitud de deducciones y sugerencias que de él proceden, hasta que, al final de un ensueño colmado a menudo de voluptuosidad, el incitamentum o primera causa de sus meditaciones desaparece en un completo olvido. En mi caso, el objeto primario era invariablemente trivial, aunque asumiera, a través del intermedio de mi visión perturbada, una importancia refleja, irreal. Pocas deducciones, si es que aparecía alguna, surgían, y esas pocas retornaban tercamente al objeto original como a su centro. Las meditaciones nunca eran placenteras, y al cabo del ensueño, la primera causa, lejos de estar fuera de vista, había alcanzado ese interés sobrenaturalmente exagerado que constituía el rasgo dominante del mal. En una palabra: las facultades mentales más ejercidas en mi caso eran, como ya lo he dicho, las de la atención, mientras en el soñador son las de la especulación.
Mis libros, en esa época, si no servían en realidad para irritar el trastorno, participaban ampliamente, como se comprenderá, por su naturaleza imaginativa e inconexa, de las características peculiares del trastorno mismo. Puedo recordar, entre otros, el tratado del noble italiano Coelius Secundus Curio De Amplitudine Beati Regni dei, la gran obra de San Agustín La ciudad de Dios, y la de Tertuliano, De Carne Christi, cuya paradójica sentencia: Mortuus est Dei filius; credibili est quia ineptum est: et sepultus resurrexit; certum est quia impossibili est, ocupó mi tiempo íntegro durante muchas semanas de laboriosa e inútil investigación.
Se verá, pues, que, arrancada de su equilibrio sólo por cosas triviales, mi razón semejaba a ese risco marino del cual habla Ptolomeo Hefestión, que resistía firme los ataques de la violencia humana y la feroz furia de las aguas y los vientos, pero temblaba al contacto de la flor llamada asfódelo. Y aunque para un observador descuidado pueda parecer fuera de duda que la alteración producida en la condición moral de Berenice por su desventurada enfermedad me brindaría muchos objetos para el ejercicio de esa intensa y anormal meditación, cuya naturaleza me ha costado cierto trabajo explicar, en modo alguno era éste el caso. En los intervalos lúcidos de mi mal, su calamidad me daba pena, y, muy conmovido por la ruina total de su hermosa y dulce vida, no dejaba de meditar con frecuencia, amargamente, en los prodigiosos medios por los cuales había llegado a producirse una revolución tan súbita y extraña. Pero estas reflexiones no participaban de la idiosincrasia de mi enfermedad, y eran semejantes a las que, en similares circunstancias, podían presentarse en el común de los hombres. Fiel a su propio carácter, mi trastorno se gozaba en los cambios menos importantes, pero más llamativos, operados en la constitución física de Berenice, en la singular y espantosa distorsión de su identidad personal.
En los días más brillantes de su belleza incomparable, seguramente no la amé. En la extraña anomalía de mi existencia, los sentimientos en mí nunca venían del corazón, y las pasiones siempre venían de la inteligencia. A través del alba gris, en las sombras entrelazadas del bosque a mediodía y en el silencio de mi biblioteca por la noche, su imagen había flotado ante mis ojos y yo la había visto, no como una Berenice viva, palpitante, sino como la Berenice de un sueño; no como una moradora de la tierra, terrenal, sino como su abstracción; no como una cosa para admirar, sino para analizar; no como un objeto de amor, sino como el tema de una especulación tan abstrusa cuanto inconexa. Y ahora, ahora temblaba en su presencia y palidecía cuando se acercaba; sin embargo, lamentando amargamente su decadencia y su ruina, recordé que me había amado largo tiempo, y, en un mal momento, le hablé de matrimonio.
Y al fin se acercaba la fecha de nuestras nupcias cuando, una tarde de invierno -en uno de estos días intempestivamente cálidos, serenos y brumosos que son la nodriza de la hermosa Alción-, me senté, creyéndome solo, en el gabinete interior de la biblioteca. Pero alzando los ojos vi, ante mí, a Berenice.
¿Fue mi imaginación excitada, la influencia de la atmósfera brumosa, la luz incierta, crepuscular del aposento, o los grises vestidos que envolvían su figura, los que le dieron un contorno tan vacilante e indefinido? No sabría decirlo. No profirió una palabra y yo por nada del mundo hubiera sido capaz de pronunciar una sílaba. Un escalofrío helado recorrió mi cuerpo; me oprimió una sensación de intolerable ansiedad; una curiosidad devoradora invadió mi alma y, reclinándome en el asiento, permanecí un instante sin respirar, inmóvil, con los ojos clavados en su persona. ¡Ay! Su delgadez era excesiva, y ni un vestigio del ser primitivo asomaba en una sola línea del contorno. Mis ardorosas miradas cayeron, por fin, en su rostro.
La frente era alta, muy pálida, singularmente plácida; y el que en un tiempo fuera cabello de azabache caía parcialmente sobre ella sombreando las hundidas sienes con innumerables rizos, ahora de un rubio reluciente, que por su matiz fantástico discordaban por completo con la melancolía dominante de su rostro. Sus ojos no tenían vida ni brillo y parecían sin pupilas, y esquivé involuntariamente su mirada vidriosa para contemplar los labios, finos y contraídos. Se entreabrieron, y en una sonrisa de expresión peculiar los dientes de la cambiada Berenice se revelaron lentamente a mis ojos. ¡Ojalá nunca los hubiera visto o, después de verlos, hubiese muerto!
El golpe de una puerta al cerrarse me distrajo y, alzando la vista, vi que mi prima había salido del aposento. Pero del desordenado aposento de mi mente, ¡ay!, no había salido ni se apartaría el blanco y horrible espectro de los dientes. Ni un punto en su superficie, ni una sombra en el esmalte, ni una melladura en el borde hubo en esa pasajera sonrisa que no se grabara a fuego en mi memoria. Los vi entonces con más claridad que un momento antes. ¡Los dientes! ¡Los dientes! Estaban aquí y allí y en todas partes, visibles y palpables, ante mí; largos, estrechos, blanquísimos, con los pálidos labios contrayéndose a su alrededor, como en el momento mismo en que habían empezado a distenderse. Entonces sobrevino toda la furia de mi monomanía y luché en vano contra su extraña e irresistible influencia. Entre los múltiples objetos del mundo exterior no tenía pensamientos sino para los dientes. Los ansiaba con un deseo frenético. Todos los otros asuntos y todos los diferentes intereses se absorbieron en una sola contemplación. Ellos, ellos eran los únicos presentes a mi mirada mental, y en su insustituible individualidad llegaron a ser la esencia de mi vida intelectual. Los observé a todas las luces. Les hice adoptar todas las actitudes. Examiné sus características. Estudié sus peculiaridades. Medité sobre su conformación. Reflexioné sobre el cambio de su naturaleza. Me estremecía al asignarles en imaginación un poder sensible y consciente, y aun, sin la ayuda de los labios, una capacidad de expresión moral. Se ha dicho bien de mademoiselle Sallé que tous ses pas étaient des sentiments, y de Berenice yo creía con la mayor seriedad que toutes ses dents étaient des idées. Des idées! ¡Ah, éste fue el insensato pensamiento que me destruyó! Des idées! ¡Ah, por eso era que los codiciaba tan locamente! Sentí que sólo su posesión podía devolverme la paz, restituyéndome a la razón.
Y la tarde cayó sobre mí, y vino la oscuridad, duró y se fue, y amaneció el nuevo día, y las brumas de una segunda noche se acumularon y yo seguía inmóvil, sentado en aquel aposento solitario; y seguí sumido en la meditación, y el fantasma de los dientes mantenía su terrible ascendiente como si, con la claridad más viva y más espantosa, flotara entre las cambiantes luces y sombras del recinto. Al fin, irrumpió en mis sueños un grito como de horror y consternación, y luego, tras una pausa, el sonido de turbadas voces, mezcladas con sordos lamentos de dolor y pena. Me levanté de mi asiento y, abriendo de par en par una de las puertas de la biblioteca, vi en la antecámara a una criada deshecha en lágrimas, quien me dijo que Berenice ya no existía. Había tenido un acceso de epilepsia por la mañana temprano, y ahora, al caer la noche, la tumba estaba dispuesta para su ocupante y terminados los preparativos del entierro.
Me encontré sentado en la biblioteca y de nuevo solo. Me parecía que acababa de despertar de un sueño confuso y excitante. Sabía que era medianoche y que desde la puesta del sol Berenice estaba enterrada. Pero del melancólico periodo intermedio no tenía conocimiento real o, por lo menos, definido. Sin embargo, su recuerdo estaba repleto de horror, horror más horrible por lo vago, terror más terrible por su ambigüedad. Era una página atroz en la historia de mi existencia, escrita toda con recuerdos oscuros, espantosos, ininteligibles. Luché por descifrarlos, pero en vano, mientras una y otra vez, como el espíritu de un sonido ausente, un agudo y penetrante grito de mujer parecía sonar en mis oídos. Yo había hecho algo. ¿Qué era? Me lo pregunté a mí mismo en voz alta, y los susurrantes ecos del aposento me respondieron: ¿Qué era?
En la mesa, a mi lado, ardía una lámpara, y había junto a ella una cajita. No tenía nada de notable, y la había visto a menudo, pues era propiedad del médico de la familia. Pero, ¿cómo había llegado allí, a mi mesa, y por qué me estremecí al mirarla? Eran cosas que no merecían ser tenidas en cuenta, y mis ojos cayeron, al fin, en las abiertas páginas de un libro y en una frase subrayaba: Dicebant mihi sodales si sepulchrum amicae visitarem, curas meas aliquantulum fore levatas. ¿Por qué, pues, al leerlas se me erizaron los cabellos y la sangre se congeló en mis venas?
Entonces sonó un ligero golpe en la puerta de la biblioteca; pálido como un habitante de la tumba, entró un criado de puntillas. Había en sus ojos un violento terror y me habló con voz trémula, ronca, ahogada. ¿Qué dijo? Oí algunas frases entrecortadas. Hablaba de un salvaje grito que había turbado el silencio de la noche, de la servidumbre reunida para buscar el origen del sonido, y su voz cobró un tono espeluznante, nítido, cuando me habló, susurrando, de una tumba violada, de un cadáver desfigurado, sin mortaja y que aún respiraba, aún palpitaba, aún vivía.

Señaló mis ropas: estaban manchadas de barro, de sangre coagulada. No dije nada; me tomó suavemente la mano: tenía manchas de uñas humanas. Dirigió mi atención a un objeto que había contra la pared; lo miré durante unos minutos: era una pala. Con un alarido salté hasta la mesa y me apoderé de la caja. Pero no pude abrirla, y en mi temblor se me deslizó de la mano, y cayó pesadamente, y se hizo añicos; y de entre ellos, entrechocándose, rodaron algunos instrumentos de cirugía dental, mezclados con treinta y dos objetos pequeños, blancos, marfilinos, que se desparramaron por el piso.