miércoles, 24 de mayo de 2017

La casa de azúcar (Silvina Ocampo)



ilustrador: Gabriel Pacheco

Las supersticiones no dejaban vivir a Cristina. Una moneda con la efigie borrada, una mancha de tinta, la luna vista a través de dos vidrios, las iniciales de su nombre grabadas por azar sobre el tronco de un cedro la enloquecían de temor. Cuando nos conocimos llevaba puesto un vestido verde, que siguió usando hasta que se rompió, pues me dijo que le traía suerte y que en cuanto se ponía otro, azul, que le sentaba mejor, no nos veíamos. Traté de combatir estas manías absurdas. Le hice notar que tenía un espejo roto en su cuarto y que por más que yo le insistiera en la conveniencia de tirar los espejos rotos al agua, en una noche de luna, para quitarse la mala suerte, lo guardaba; que jamás temió que la luz de la casa bruscamente se apagara, y a pesar de que fuera un anuncio seguro de muerte, encendía con tranquilidad cualquier número de velas; que siempre dejaba sobre la cama el sombrero, error en que nadie incurría. Sus temores eran personales. Se infligía verdaderas privaciones; por ejemplo: no podía comprar frutillas en el mes de diciembre, ni oír determinadas músicas, ni adornar la casa con peces rojos, que tanto le gustaban. Había ciertas calles que no podíamos cruzar, ciertas personas, ciertos cinematógrafos que no podíamos frecuentar. Al principio de nuestra relación, estas supersticiones me parecieron encantadoras, pero después empezaron a fastidiarme y a preocuparme seriamente. Cuando nos comprometimos tuvimos que buscar un departamento nuevo, pues según sus creencias, el destino de los ocupantes anteriores influiría sobre su vida (en ningún momento mencionaba la mía, como si el peligro le amenazara sólo a ella y nuestras vidas no estuvieran unidas por el amor). Recorrimos todos los barrios de la ciudad; llegamos a los suburbios más alejados, en busca de un departamento que nadie hubiera habitado: todos estaban alquilados o vendidos Por fin encontré una casita en la calle Montes de Oca, que parecía de azúcar. Su blancura brillaba con extraordinaria luminosidad. Tenía teléfono y, en el frente, un diminuto jardín. Pensé que esa casa era recién construida, pero me enteré de que en 1930 la había ocupado una familia, y que después, para alquilarla, el propietario le había hecho algunos arreglos. Tuve que hacer creer a Cristina que nadie había vivido en la casa y que era el lugar ideal: la casa de nuestros sueños. Cuando Cristina la vio, exclamó:
¡Qué diferente de los departamentos que hemos visto! Aquí se respira olor a limpio. Nadie podrá influir en nuestras vidas y ensuciarlas con pensamientos que envician el aire.
En pocos días nos casamos y nos instalamos allí. Mis suegros nos regalaron los muebles del dormitorio, y mis padres los del comedor. El resto de la casa lo amueblaríamos de a poco. Yo temía que, por los vecinos, Cristina se enterara de mi mentira, pero felizmente hacía sus compras fuera del barrio y jamás conversaba con ellos. Éramos felices, tan felices que a veces me daba miedo. Parecía que la tranquilidad nunca se rompería en aquella casa de azúcar, hasta que un llamado telefónico destruyó mi ilusión. Felizmente Cristina no atendió aquella vez el teléfono, pero quizá lo atendiera en una oportunidad análoga. La persona que llamaba preguntó por la señora Violeta: indudablemente se trataba de la inquilina anterior. Sí Cristina se enteraba de que yo la había engañado, nuestra felicidad seguramente concluiría: no me hablaría más, pediría nuestro divorcio, y en el mejor de los casos tendríamos que dejar la casa para irnos a vivir, tal vez a Villa Urquiza, tal vez a Quilmes, de pensionistas en alguna de las casas donde nos prometieron darnos un lugarcito para construir ¿con qué? (con basura, pues con mejores materiales no me alcanzaría el dinero) un cuarto y una cocina. Durante la noche yo tenía cuidado de descolgar el tubo, para que ningún llamado inoportuno nos despertara. Coloqué un buzón en la puerta de calle; fui el depositario de la llave, el distribuidor de cartas.
Una mañana temprano golpearon a la puerta y alguien dejó un paquete Desde mi cuarto oí que mi mujer protestaba, luego oí el ruido del papel estrujado. Bajé la escalera y encontré a Cristina con un vestido de terciopelo entre los brazos.
- Acaban de traerme este vestido me dijo con entusiasmo.
Subió corriendo !as escaleras y se puso el vestido, que era muy escotado.
-¿Cuándo te lo mandaste hacer?
Hace tiempo. ¿Me queda bien? Lo usaré cuando tengamos que ir al teatro, ¿no te parece?
-¿Con qué dinero lo pagaste?
-Mamá me regaló unos pesos.
Me pareció raro, Pero no le dije nada, para no ofenderla.
Nos queríamos con locura. Pero mi inquietud comenzó a molestarme, hasta para abrazar a Cristina por la noche. Advertí que su carácter había cambiado: de alegre se convirtió en triste, de comunicativa en reservada, de tranquila en nerviosa. No tenía apetito. Ya no preparaba esos ricos postres, un poco pesados, a base de cremas batidas y de chocolate, que me agradaban, ni adornaba periódicamente la casa con volantes de nylon, en las tapas de la letrina, en las repisas del comedor, en los armarios, en todas partes como era su costumbre. Ya no me esperaba con vainillas a la hora del té, ni tenía ganas de ir al teatro o al cinematógrafo de noche, ni siquiera cuando nos mandaban entradas de regalo Una tarde entró un perro en el jardín y se acostó frente a la puerta de calle, aullando. Cristina le dio carne y le dio de beber y, después de un baño, que le cambió el color del pelo, declaró que le daría hospitalidad y que lo bautizaría con el nombre Amor, porque llegaba a nuestra casa en un momento de verdadero amor. El perro tenía el paladar negro, lo que indica pureza de raza.
Otra tarde llegué de improviso a casa. Me detuve en la entrada porque vi una bicicleta apostada en el jardín - Entré silencíosamente y me escurrí detrás de una puerta y oí la voz de Cristina.
-¿Qué quiere? repitió dos veces.
-Vengo a buscar mi perro -decía la voz de una muchacha-. Pasó tantas veces frente a esta casa que se ha encariñado con ella. Esta casa parece de azúcar. Desde que la pintaron, llama la atención de todos los transeúntes. Pero a mí me gustaba más antes, con ese color rosado y romántico de las casas viejas. Esta casa era muy misteriosa para mí. Todo me gustaba en ella: la fuente donde venían a beber los pajaritos; las enredaderas con flores, como cornetas amarillas; el naranjo. Desde que tengo ocho años esperaba conocerla a usted, desde aquel día en que hablamos por teléfono, ¿recuerda? Prometió que iba a regalarme un barrilete.
-Los barriletes son juegos de varones.
-Los juguetes no tienen sexo. Los barriletes me gustaban porque eran como enormes pájaros; me hacía la ilusión de volar sobre sus alas. Para usted fue un juego prometerme ese barrilete; yo no dormí en toda la noche. Nos encontramos en la panadería, usted estaba de espaldas y no vi su cara. Desde ese día no pensé en otra cosa que en usted, en cómo sería su cara, su alma, sus ademanes de mentirosa. Nunca me regaló aquel barrilete. Los árboles me hablaban de sus mentiras. Luego fuimos a vivir a Morón, con mis padres. Ahora, desde hace una semana estoy de nuevo aquí.
Hace tres meses que vivo en esta casa, y antes jamás frecuenté estos barrios. Usted estará confundida.
-Yo la había imaginado tal como es. ¡La imaginé tantas veces! Para colmo de la casualidad, mi marido estuvo de novio con usted.
-No estuve de novia sino con mi marido. ¿Cómo se llama este perro?
-Bruto.
-Lléveselo, por favor. antes que me encariñe con él.
Violeta, escúcheme. Si llevo el perro a mi casa, se morirá. No lo puedo cuidar. Vivimos en un departamento muy chico. Mi marido y yo trabajamos y no hay nadie que lo saque a pasear.
No me llamo Violeta. ¿Qué edad tiene?
-¿Bruto? Dos años. ¿Quiere quedarse con él? Yo vendría a visitarlo de vez en cuando, porque lo quiero mucho.
-A mi marido no le gustaría recibir desconocidos en su casa, ni que aceptara un perro de regalo.
-No se lo diga, entonces. La esperaré todos los lunes a las siete de la tarde en la plaza Colombia. ¿Sabe dónde es? Frente a la iglesia Santa Felicitas, o si no la esperaré donde usted quiera y a la hora que prefiera; por ejemplo, en el puente de Constitución o en el parque Lezama. Me contentaré con ver los ojos de Bruto. ¿Me hará el favor de quedarse con él?
-Bueno. Me quedaré con él
-Gracias, Violeta.
-No me llamo Violeta.
-¿Cambió de nombre? Para nosotros usted es Violeta. Siempre la misma misteriosa Violeta.
Oí el ruido seco de la puerta y el taconeo de Cristina, subiendo la escalera. Tardé un rato en salir de mi escondite y en fingir que acababa de llegar. A pesar de haber comprobado la inocencia del diálogo, no sé por qué, una sorda desconfianza comenzó a devorarme Me pareció que había presenciado una representación de teatro y que la realidad era otra. No confesé a Cristina que había sorprendido la visita de esa muchacha. Esperé los acontecimientos, temiendo siempre que Cristina descubriera mi mentira, lamentando que estuviéramos instalados en ese barrio. Yo pasaba todas las tardes por la plaza que queda frente a la iglesia de Santa Felicitas, para comprobar si Cristina había acudido a la cita. Cristina parecía no advertir mi inquietud. A veces llegué a creer que yo había soñado. Abrazando al perro, un día Cristina me preguntó:
-¿Te gustaría que me llamara Violeta?
-No me gusta el nombre de las flores.
-Pero Violeta es lindo. Es un color.
-Prefiero tu nombre.
Un sábado, al atardecer, la encontré en el puente de Constitución, asomada sobre el parapeto de fierro Me acerqué y no se inmutó.
-¿Qué haces aquí?
-Estoy curioseando. Me gusta ver las vías desde arriba.
-Es un lugar muy lúgubre y no me gusta que andes sola.
-No me parece tan lúgubre. ¿Y por qué no puedo andar sola?
-¿Te gusta el humo negro de las locomotoras?
-Me gustan los medios de transporte. Soñar con viajes. Irme sin irme. "Ir y quedar y con quedar partirse."
Volvimos a casa. Enloquecido de celos (¿celos de qué? De todo), durante el trayecto apenas le hablé.
-Podríamos tal vez comprar alguna casita en San Isidro o en Olivos, es tan desagradable este barrio -le dije, fingiendo que me era posible adquirir una casa en esos lugares.
-No creas. Tenemos muy cerca de aquí el parque Lezama.
-Es una desolación. Las estatuas están rotas, las fuentes sin agua, los árboles apestados. Mendigos, viejos y lisiados van con bolsas, para tirar o recoger basuras.
-No me fijo en esas cosas.
-Antes no querías sentarte en un banco donde alguien había comido mandarinas o pan.
-He cambiado mucho,
-Por mucho que hayas cambiado, no puede gustarte un parque como ése. Ya sé que tiene un museo con leones de mármol que cuidan la entrada y que jugabas allí en tu infancia, pero eso no quiere decir nada.
-No te comprendo -me respondió Cristina. Y sentí que me despreciaba, con un desprecio que podía conducirla al odio.
Durante días, que me parecieron años, la vigilé, tratando de disimular mi ansiedad. Todas las tardes pasaba por la plaza frente a la iglesia y los sábados por el horrible puente negro de Constitución. Un día me aventuré a decir a Cristina:
Si descubriéramos que esta casa fue habitada por otras personas ¿qué harías, Cristina? ¿Te irías de aquí?
-Si una persona hubiera vivido en esta casa, esa persona tendría que ser como esas figuritas de azúcar que hay en los postres o en las tortas de cumpleaños: una persona dulce como el azúcar. Esta casa me inspira confianza ¿será el jardincito de la entrada que me infunde tranquilidad? ¡No sé! No me iría de aquí por todo el oro del mundo. Además no tendríamos adónde ir. Tú mismo me lo dijiste hace un tiempo.
No insistí, porque iba a pura pérdida. Para conformarme pensé que el tiempo compondría las cosas.
Una mañana sonó el timbre de la puerta de calle. Yo estaba afeitándome y oí la voz de Cristina. Cuando concluí de afeitarme, mi mujer ya estaba hablando con la intrusa. Por la abertura de la puerta las espié. La intrusa tenía una voz tan grave y los pies tan grandes que eché a reír.
-Si usted vuelve a ver a Daniel, lo pagará muy caro, Violeta.
-No sé quién es Daniel y no me llamo Violeta -respondió mí mujer.
-Usted está mintiendo.
-No miento. No tengo nada que ver con Daniel.
-Yo quiero que usted sepa las cosas como son.
-No quiero escucharla.
Cristina se tapó las orejas con las manos. Entré en el cuarto y dije a la intrusa que se fuera. De cerca le miré los pies, las manos y el cuello. Entonces advertí que era un hombre disfrazado de mujer. No me dio tiempo de pensar en lo que debía hacer; como un relámpago desapareció dejando la puerta entreabierta tras de sí.
No comentamos el episodio con Cristina; jamás comprenderé por qué; era como si nuestros labios hubieran estado sellados para todo lo que no fuese besos nerviosos, insatisfechos o palabras inútiles. En aquellos días, tan tristes para mí, a Cristina le dio por cantar. Su voz era agradable, pero me exasperaba, porque formaba parte de ese mundo secreto, que la alejaba de mí. Por qué, si nunca había cantado, ahora cantaba noche y día mientras se vestía o se bañaba o cocinaba o cerraba las persianas!
Un día en que oí a Cristina exclamar con un aire enigmático:
Sospecho que estoy heredando la vida de alguien. las dichas y las penas, las equivocaciones y los aciertos. Estoy embrujada -fingí no oír esa frase atormentadora. Sin embargo, no sé por qué empecé a averiguar en el barrio quién era Violeta, dónde estaba, todos los detalles de su vida.
A media cuadra de nuestra casa había una tienda donde vendían tarjetas postales, papel, cuadernos, lápices, gomas de borrar y juguetes. Para mis averiguaciones, la vendedora de esa tienda me pareció la persona más indicada; era charlatana y curiosa, sensible a las lisonjas. Con el pretexto de comprar un, cuaderno y lápices, fui una tarde a conversar con ella. Le alabé los ojos, las manos, el pelo. Nunca me atreví a pronunciar la palabra Violeta. Le expliqué que éramos vecinos. Le pregunté finalmente quién había vivido en nuestra casa. Tímidamente le dije:
-¿No vivía una tal Violeta?
Me contestó cosas muy vagas, que me inquietaron más. Al día siguiente traté de averiguar en el almacén algunos otros detalles. Me dijeron que Violeta estaba en un sanatorio frenopático y me dieron la dirección.
Canto con una voz que no es mía -me dijo Cristina, renovando su aire misterioso. Antes me hubiera afligido, pero ahora me deleita. Soy otra persona, tal vez más feliz que yo.
Fingí de nuevo no haberla oído. Yo estaba leyendo el diario.
De tanto averiguar detalles de la vida de Violeta, confieso que desatendía a Cristina.
Fui al sanatorio frenopático, que quedaba en Flores. Ahí pregunté por Violeta y me dieron la dirección de Arsenia López, su profesora de canto.
Tuve que tornar el tren en Retiro, para que me llevara a Olivos. Durante el trayecto una tierrita me entró en un ojo, de modo que en el momento de llegar a la casa de Arsenia López, se me caían las lágrimas, como si estuviese llorando. Desde la puerta de calle oí voces de mujeres, que hacían gárgaras con las escalas, acompañadas de un piano, que parecía más bien un organillo.
Alta, delgada, aterradora apareció en el fondo de un corredor Arsenia López, con un lápiz en la mano. Le dije tímidamente que venía a buscar noticias de Violeta.
-¿Usted es el marido?
-No, soy un pariente -le respondí secándome los ojos con un pañuelo.
-Usted será uno de sus innumerables admiradores -me dijo, entornando los ojos y tomándome la mano-. Vendrá para saber lo que todos quieren saber, ¿cómo fueron los últimos días de Violeta? Siéntese. No hay que imaginar que una persona muerta forzosamente haya sido pura, fiel, buena.
-Quiere consolarme -le dije.
Ella, oprimiendo mi mano con su mano húmeda, contestó:
-Sí. Quiero consolarlo. Violeta era no sólo mi discípula, sino mi íntima amiga. Si se disgustó conmigo, fue tal vez porque me hizo demasiadas confidencias y porque ya no podía engañarme. Los últimos días que la vi, se lamentó amargamente de su suerte. Murió de envidia. Repetía sin cesar. "Alguien me ha robado la vida, pero lo pagará muy caro. No tendré mi vestido de terciopelo, ella lo tendrá; Bruto será de ella; los hombres no se disfrazarán de mujer para entrar en mi casa sino en la de ella; perderé la voz que transmitiré a esa otra garganta indigna; no nos abrazaremos con Daniel en el puente de Constitución, ilusionados con un amor imposible, inclinados como antaño, sobre la baranda de hierro, viendo los trenes alejarse."
Arsenia López me miró en los ojos y me dijo:
-No se aflija. Encontrará muchas mujeres más leales. Ya sabemos que era hermosa ¿pero acaso la hermosura es lo único bueno que hay en el mundo?
Mudo, horrorizado, me alejé de aquella casa, sin revelar mi nombre a Arsenia López que, al despedirse de mí, intentó abrazarme, para demostrar su simpatía.
Desde ese día Cristina se transformó, para mí, al menos, en Violeta. Traté de seguirla a todas horas, para descubrirla en los brazos de sus amantes. Me alejé tanto de ella que la vi como a una extraña. Una noche de invierno huyó. La busqué hasta el alba.
Ya no sé quién fue víctima de quién, en esa casa de azúcar que ahora está deshabitada.



jueves, 4 de mayo de 2017

Mi historia en la isla (Anyelén Hernández)




Parte de mi historia se remonta a la época de la colonia. A grandes rasgos cuento un poco cómo es. La bisabuela de mi abuelo materno era africana. Fue atrapada con perros y traída en un barco negrero, tuvo la suerte de trabajar para la familia de Alzaga quienes le dieron la libertad, quedándose con ellos hasta que conoció a un italiano con el que vino a recorrer la isla. Así llegaron al Arroyo Merlo, en la provincia de Entre Ríos.
Pagaron a un abogado para realizar las escrituras de los terrenos pero al no poder saber ni leer ni escribir fueron estafados y echados.
Tuvieron veinticuatro hijos, entre ellos uno nombrado en libros de historia de Entre Ríos (lo conocían como Matasiete).Luego bisabuelos se establecieron donde vivo y construyeron la casa que actualmente tiene 91 años

En la casa donde trascurre los 13 años de mi vida  pues no conozco otra casa que esta,concurrí al jardín y primaria en la Escuela 31 de Manzano de la Barca tengo 4 hermanas ,ahora concurro a la Técnica 1 y curso 2C

Memoria isleña: Camila Seuster entrevista a su papá

miércoles, 3 de mayo de 2017

El relato de terror

EL RELATO DE TERROR O CÓMO HORRORIZAR A LOS LECTORES EL MIEDO ES UNA SENSACIÓN QUE EXPERIMENTAMOS TODOS LOS SERES HUMANOS EN ALGÚN MOMENTO DE NUESTRAS VIDAS- Y QUE, POR LO TANTO, HA ESTADO PRESENTE EN LOS RELATOS DE LAS DIVERSAS CULTURAS DESDE TIEMPOS INMEMORIALES. 


Nosferatu, el vampiro (1922) fue una de las primeras películas del género de terror. El filme, que tiene un gran parecido con la historia de Drácula, la novela de Bram Stoker, es considerado una de las mejores películas sobre vampiros. 

La historia del género 

El miedo a la muerte y a lo desconocido está presente desde los tiempos más antiguos en los relatos folclóricos de las diferentes culturas del planeta. Sin embargo, a partir del movimiento romántico, que tuvo lugar desde fines del siglo XVIII y durante el siglo XIX, el terror ocupó un lugar propio en la literatura occidental. El género de terror tuvo un importante desarrollo en el mundo anglosajón donde surgió el subgénero de la novela gótica, llamada así porque muchos de sus textos tienen como escenario principal castillos medievales, repletos de túneles, pasadizos, sombras y ruidos extraños. Por ejemplo, la célebre novela Frankenstein, de la autora inglesa Mary Shelley (1797-1851), pertenece a este género. Otro subgénero del terror es el relato de fantasmas, que tiene entre sus textos más destacados la novela Otra vuelta de tuerca, del escritor estadounidense Henry James (1843-1916). 
En la conformación del género de terror hubo dos escritores estadounidenses que realizaron aportes fundamentales a este tipo de literatura: Edgar Allan Poe (1809-1849) introdujo el terror psicológico, que se convirtió en un nuevo terreno para el género, mientras que Howard Philips Lovecraft (1890-1937) creó un universo terrorífico compuesto por una mitología, una geografía y una cultura propias.

Las características del género 

Los relatos de terror tienen la intención de provocar miedo en los lectores. Para alcanzar este efecto, apelan a los temores más profundos de los seres humanos, como el pánico a la muerte, a lo sobrenatural o a la locura. Para despertar estas sensaciones en el lector, la literatura de terror suele emplear los siguientes recursos: 
• Seres aterradores: vampiros, fantasmas, zombis, hombres lobo o monstruos creados por el ser humano. 
• Personas con las facultades mentales alteradas: en muchos casos, los protagonistas u otros personajes de los relatos tienen alteraciones psicológicas que los incitan a cometer actos que no llevarían a cabo si estuvieran en su sano juicio, como sucede en "Berenice". e Ambientes atemorizantes: los hechos transcurren en lugares inhóspitos y abandonados, como antiguos castillos con pasadizos y túneles, cementerios, criptas, ruinas o bosques sombríos. 
• Objetos terroríficos: a veces un objeto provoca el espanto, como una muñeca que cobra vida o talismanes y amuletos que tienen efectos negativos sobre su entorno. 
• Alteración del mundo cotidiano: en muchos textos se representa un mundo cotidiano y familiar para el lector en el que la presencia de un elemento anormal, extraño y muchas veces sobrenatural transgrede las leyes de la realidad y provoca espanto. 

Para escuchar la versión del cuento "El extraño", de H. P. Lovecraft, narrada por el escritor argentino Alberto Laiseca,




La trama narrativa 

La mayoría de los relatos de terror presentan una trama narrativa clásica compuesta por los siguientes elementos: 
Marco narrativo: es la presentación de los personajes, del lugar en el que sucederá el relato y del tiempo. 
• Situación inicial: es la situación de equilibrio de fuerzas con la que se inicia el suceso que será narrado. 
Complicación: se trata de algún hecho o elemento que rompe el equilibrio inicial y frente al cual los personajes actúan de determinada manera. A su vez, las acciones de los personajes generan nuevas situaciones que se derivan de la complicación. 
Resolución: es el fin de la complicación, una solución que puede resultar positiva o negativa para los protagonistas.
Situación final: es una nueva situación de equilibrio a la que se llega luego de la resolución del conflicto y sobre la que ha operado la transformación de las acciones. 


El narrador 

En los textos narrativos, el narrador es la voz que relata la historia. Este no debe confundirse con el autor, la persona real que escribe el texto, como sucede, por ejemplo, en "Berenice", donde el autor es Edgar Allan Poe, y el narrador, Egaeus. 
Existen diferentes tipos de narradores que pueden clasificarse de acuerdo a dos parámetros: su ubicación respecto de lo narrado, y la focalización, que se determina por el punto de vista que adopta y la cantidad de información que conoce a partir de esa perspectiva. Según su ubicación respecto de lo narrado el narrador se clasifica en: 
Narrador fuera de la historia 
El narrador no forma parte de los sucesos que se narran. 
Narrador dentro de la historia 
El narrador forma parte de los sucesos que se narran. 
Puede ser uno de los protagonistas o un personaje secundario. 

Según la focalización que adopta, se clasifica en: 

Focalización cero El narrador observa todo lo que sucede, lo que piensan y sienten todos los personajes, y brinda información sobre lo que aconteció, acontece y podría acontecer. 
Focalización interna El narrador toma el punto de vista de un personaje y sabe solo lo que conoce ese personaje. 
Focalización externa El narrador describe lo que puede verse y oírse, pero no conoce lo que piensa ninguno de los personajes. 


1. Vean el video y, luego, escriban un párrafo que explique si se trata o no de un relato de terror. Expliquen por qué. 






2. Formen grupos de cuatro compañeros y confeccionen en sus carpetas un cuadro como el siguiente: 
SERES ATERRADORES 
AMBIENTES ATEMORIZANTES 
Escriban la mayor cantidad de ítems de cada categoría. Lean en voz alta lo que anotaron y tachen los que están repetidos con los otros grupos.Cuenten cuántos elementos quedaron sin tachar en cada grupo. Gana el equipo que tenga más. 

3. El cuento "Berenice", ¿tiene o no una trama narrativa clásica? Redacten un párrafo que explique su opinión. 4. Lean el siguiente fragmento de la novela Frankenstein, de Mary Shelley. Luego indiquen el tipo de ubicación y de focalización del narrador. Cuando contaba diecisiete años, mis padres decidieron que fuera a estudiar a la universidad de Ingolstadt. Hasta entonces había ido a los colegios de Ginebra, pero mi padre consideró conveniente que, para completar mi educación, me familiarizara con las costumbres de otros países. Se fijó mi marcha para una fecha próxima, pero, antes de que llegara el día acordado, sucedió la primera desgracia de mi vida, como si fuera un presagio de mis futuros sufrimientos. a. Reescriban el fragmento anterior cambiando la ubicación y la focalización del narrador. 



Bram Stoker


Una de las novelas de terror más famosas de todos los tiempos es Dracula, publicada en 1897 por el irlandés Bram Stoker. Algunas personas afirman que una de las fuentes de inspiración de Stoker fue la historia de la condesa húngara Erzsébet Báthory, quien, en el siglo XVII, había sido acusada de matar a jóvenes doncellas para bañarse con su sangre, porque creía que era una forma de obtener la juventud eterna. 




*El material reproducido aquí pertenece al libro Prácticas del Lenguaje 2 (Activados / Puerto de Palos) y se reproduce con fines didácticos

jueves, 20 de abril de 2017

Cap III: Los insectos del espejo (Lewis Carroll)

A través del espejo. Cap 3
INSECTOS DEL ESPEJO


Rebecca Dautremer


 Naturalmente, lo primero que tenía que hacer era lograr una visión panorámica del país por el que iba a viajar. --Esto se va a parecer mucho a estar aprendiendo geografía --pensó Alicia mientras se ponía de puntillas, por si alcanzaba a ver algo más lejos--. Ríos principales... no hay ninguno. Montañas principales... yo soy la única, pero no creo que tenga un nombre. Principales poblaciones..., pero ¿qué pueden ser esos bichos que están haciendo miel allá abajo? No pueden ser abejas... porque nadie ha oído decir que se pueda ver una abeja a una milla de distancia... --Y así estuvo durante algún tiempo, contemplando en silencio a uno de ellos que se afanaba entre las flores, introduciendo su trompa en ellas, -- Como si fuera una abeja común y corriente --pensó Alicia.

 Sin embargo, aquello era todo menos una abeja común y corriente: en realidad, era un elefante... Así lo pudo, comprobar Alicia bien pronto, quedándose pasmada del asombro. --¡Y qué enorme tamaño el de esas flores! --fue lo siguiente que se le ocurrió. --Han de ser algo asi como cabañas sin techo, colocadas sobre un tallo... y ¡que cantidades de miel que tendrán dentro! Creo que voy a bajar allá y... pero no, tampoco hace falta que vaya ahorita mismo... -- continuó, reteniéndose justo a tiempo para no empezar a correr cuesta abajo, buscando una excusa para justificar sus súbitos temores. --No sería prudente aparecer así entre esas bestias sin una buena rama para espantarlos... y ¡lo que me voy a reír cuando me pregunten que si me gustó el paseo y les conteste «Ay, sí, lo pasé muy bien... (y aquí hizo ese mohín favorito que siempre hacia con la cabeza)... sólo que hacía tanto polvo y tanto calor... y los elefantes se pusieron tan pesados!» 

--Será mejor que baje por el otro lado --dijo después de pensarlo un rato-- que a los elefantes ya tendré tiempo de visitarlos más tarde. Además, ¡tengo tantas ganas de llegar a la tercera casilla!

 Así que con esta excusa corrió cuesta abajo y cruzó de un salto el primero de los seis arroyos. --¡Billetes, por favor! --pidió el inspector, asomando la cabeza por la ventanilla. En seguida todo el mundo los estaba exhibiendo: tenían más o menos el mismo tamaño que las personas y desde luego parecían ocupar todo el espacio dentro del vagón. -

-¡Vamos, niña! ¡Enséñame tu billete! --insistió el inspector mirando enojado a Alicia. Y muchas otras voces dijeron todas a una (--Como si fuera el estribillo de una canción --pensó Alicia) 

--¡Ala, niña! ¡No le hagas esperar, que su tiempo vale mil libras por minuto! --Siento decirle que no llevo billete --se excusó Alicia con la voz alterada por el temor--: no había ninguna oficina de billetes en el lugar de donde vengo.

 Y otra vez se reanudó el coro de voces:
 --No había sitio para una oficina de billetes en el lugar de donde viene. ¡La tierra allá vale a mil libras la pulgada! 
--¡No me vengas con esas excusas! --dijo el inspector-- 
Debieras haber comprado uno al conductor.
 Y otra vez el coro de voces reanudó su cantilena: -
-El conductor de la locomotora ¡como que sólo el humo que echa vale a mil libras la bocanada!

 Alicia se dijo a sí misma --Pues en ese caso no vale la pena decir nada--. Esta vez las voces no corearon nada, puesto que no había hablado, pero con gran sorpresa de Alicia lo que si hicieron fue pensar a coro (y espero que entendáis lo que eso quiere decir... pues he de confesar que lo que es yo, no lo sé). --Tanto mejor no decir nada. 
¡Que el idioma está ya a mil libras la palabra! --A este paso, ¡estoy segura de que voy a estar soñando toda la noche con esas dichosas mil libras! ¡Vaya si lo sé! --pensó Alicia.

 El inspector la había estado contemplando todo este tiempo, primero a través de un telescopio, luego por un microscopio y por último con unos gemelos de teatro. Para terminar, le dijo --Estás viajando en dirección contraria --y fuese, cerrando sin más la ventanilla. --Una niña tan pequeña --sentenció un caballero que estaba sentado enfrente de Alicia (y que estaba todo él vestido de papel blanco)-- debiera de saber la dirección que lleva, ¡aunque no sepa su propio nombre! 
Una cabra que estaba sentada al lado del caballero de blanco, cerró los ojos y dictaminó con voz altisonante, --Debiera conocer el camino a la oficina de billetes, ¡aunque no sepa su abecé! Sentado al lado de la cabra iba un escarabajo (el vagón aquel iba desde luego ocupado por unos pasajeros harto extraños) y como parecía que la regla era la de que hablasen todos por turno, ahora a éste le tocó continuar diciendo, --¡Tendrá que volver de aquí facturada como equipaje!

 Alicia no podía ver quién estaba sentado más allá del escarabajo, pero sí pudo oír cómo una voz enronquecida la emprendía diciendo también algo: --¡Cambio de máquina...! --fue todo lo que pudo decir porque se le cortó la voz. --Por la manera que tiene de hablar no sé si decir que es un caballo bronco o un gallo --pensó Alicia. Y una vocecita extremadamente ligera le dijo, muy cerca, al oído -


Podrías si quisieras hacer un chiste con eso, algo así como «al caballo le ha salido un gallo». Entonces, otra voz muy suave dijo en la lejanía --Ya sabéis, habrá que ponerle una etiqueta que diga «Frágil, niña dentro; con cuidado». Después de esto, otras voces también intervinieron (--¡Cuánta gente parece haber en este vagón! --pensó Alicia) diciendo --Habrá que remitirla por correo, ya que lleva un traje estampado... habrá que mandarla por telégrafo... que arrastre ella misma el tren en lo que queda de camino... --y así hasta la saciedad).

 Pero el caballero empapelado de blanco se inclinó hacia ella y le susurró al oído --No hagas caso de lo que están diciendo, querida: te bastará con sacar un billete de retorno cada vez que el tren se detenga. --¡Eso sí que no! --respondió Alicia con bastante impaciencia--. Nunca tuve la menor intención de hacer este viaje por tren... hasta hace sólo un momento estaba tan tranquila en un bosque... y ahora ¡cómo me gustaría poder volver ahí de nuevo! --Podrías hacer un chiste con eso --volvió a insinuar esa vocecilla que parecía tener tan cerca suyo--; algo así como «pudiera si gustase o gustaría si pudiese», ya sabes. --¡Deja ya de fastidiar! --dijo Alicia, mirando en derredor para ver de dónde provenía la vocecilla--. Si tienes tantas ganas de que haga un chiste, ¡por qué no lo haces tú misma! La pequeña vocecilla dio un hondo suspiro. Estaba muy disgustada, evidentemente, y a Alicia le hubiera gustado decirle algo amable para consolarla --Si sólo suspirara como todo el mundo... --pensó. Pero no, aquel había sido un suspiro tan maravillosamente imperceptible que no lo hubiera oído nunca si no estuviera tan cerca de su oído. 

Lo que tuvo la consecuencia de hacerle muchas cosquillas y esto fue lo que la distrajo de pensar en el disgusto de la pobre y diminuta criatura. --Yo ya sé que eres una persona amiga --continuó diciendo la vocecilla--: una buena amiga mía y de hace mucho tiempo, además. Por eso sé que no me harás daño, aunque sea un insecto. --¿Qué clase de insecto? --preguntó Alicia con cierta ansiedad. 

En realidad, lo que le preocupaba era si podía o no darle un pinchazo, sólo que le pareció que no sería de muy buena educación preguntárselo así directamente. --¡Cómo! ¿Entonces es que a ti no... --empezó a decir la vocecilla, pero cualquiera que fuese su explicación, quedó ahogada por un estridente silbato de la locomotora; todo el mundo saltó alarmado de sus asientos y Alicia también con los demás. El caballo, que había asomado la cabeza por la ventanilla, la volvió a meter tranquilamente y dijo --No es más que un arroyo que tenemos que saltar. --Todo el mundo pareció quedar satisfecho con esta explicación, pero Alicia no las tenía todas consigo ante la idea de que el tren se pusiese a dar saltos. --Aunque si así llegamos a la cuarta casilla ¡creo que valdría la pena probarlo! --concluyó para sus adentros. 

Al momento siguiente sintió cómo el vagón se elevaba por los aires y con el susto que esto le dio se agarró a lo que tuviera más cerca y dio la casualidad de que esto fue la barba de la cabra. Pero la barba pareció disolverse en el aire al tocarla y Alicia se encontró sentada tranquilamente bajo un árbol... mientras el mosquito (pues no era otra cosa el insecto con el que había estado hablando) se balanceaba sobre una rama encima de su cabeza y la abanicaba con sus alas. Ciertamente que se trataba de un mosquito bien grande. --Tendrá el tamaño de una gallina --pensó Alicia. 

De todas formas, no se iba a poner nerviosa ahora, después de que había estado charlando con él durante tanto rato como si nada. --¿... entonces, a ti no te gustan todos los insectos? --continuó su pregunta el mosquito, como si no hubiera pasado nada. --Me gustan cuando pueden hablar --respondió Alicia--. En el lugar de donde yo vengo no hay ninguno que hable.
 --¿Cuáles son los insectos que te encantan --le preguntó el mosquito-- en el país de donde vienes? --A mí no me encanta ningún insecto --explicó Alicia--, porque me dan algo de miedo... al menos los grandes. Pero, en cambio, puedo decirte los nombres de algunos. --Por supuesto que responderán por sus nombres --observó descuidadamente el mosquito. --Nunca me lo ha parecido. --Entonces, ¿de qué sirve que tengan nombres, si no responden cuando los llaman? --A ellos no les sirve de nada --explicó Alicia--, pero sí les sirve a las personas que les dan los nombres, supongo. Si no ¿por qué tienen nombres las cosas? --¡Vaya uno a saber! --replicó el mosquito--. Es más, te diré que en ese bosque, allá abajo, las cosas no tienen nombre. Sin embargo, adelante con esa lista de insectos, que estamos perdiendo el tiempo. --Bueno, pues primero están los tábanos, que están siempre molestando a los caballos --reanudó Alicia, llevando la cuenta con los dedos. --¡Vale! --le interrumpió el mosquito--: 

Pues allí, encaramado en medio de ese arbusto, verás a un tábano-de-caballitos-de-madera. También él está todo hecho de madera y se mueve por ahí balanceándose de rama en rama. --¿De qué vive? --preguntó Alicia, con gran curiosidad. - Pues de savia y serrín --respondió el mosquito--. ¡Sigue con esa lista! Alicia contempló al tábano-de-aballitos-de-madera con gran interés y decidió que seguramente lo acababan de repintar porque tenía un aspecto tan brillante y pegajoso; y entonces continuó: --Luego, está la luciérnaga. --Mira ahí, sobre esa rama encima de tu cabeza --señaló el mosquito-- y verás una hermosa luciérnaga de postre. Su cuerpo está hecho de budín de pasas, sus alas de hojas de acebo y su cabeza es una gran pasa flameando al coñac. --¿Y de qué vive? --preguntó Alicia, igual que antes. --Pues de turrones y mazapán --respondió el mosquito -, y anida dentro de una caja de aguinaldos. --Luego, tenemos a la mariposa --continuó Alicia, después de haber echado un buen vistazo al insecto de la flameante cabeza y de haberse preguntado --¿Y no será por eso que a los insectos les gusta tanto volar hacia la llama de las velas...?, ¿por qué todos quieren convertirse en luciérnagas de postre? --Pues arrastrándose a tus pies --dijo el mosquito (y Alicia apartó los pies con cierta alarma) podrás ver a una melindrosa meriendaposa o mariposa de meriendas. Tiene las alas hechas de finas rebanadas de pan con mantequilla, el cuerpo de hojaldre y la cabeza es toda ella un terrón de azúcar. --Y ésta ¿de qué vive? --De té muy clarito con crema.

 A Alicia se le ocurrió una nueva dificultad: --Y ¿qué le pasaría si no pudiera encontrarlo? --insinuó. --Pues que se moriría, naturalmente. --Pero eso ha de sucederles muy a menudo --dijo Alicia pensativa. --Siempre les pasa --afirmó el mosquito. Con esto, Alicia se quedó callada durante un minuto o dos, considerándolo todo. Mientras tanto, el mosquito se entretenía zumbando y dando vueltas y más vueltas alrededor de su cabeza. Por fin, volvió a posarse y observó: --¿Supongo que no te querrías quedar sin nombre? --De ninguna manera --se apresuró a contestar Alicia, no sin cierta ansiedad. --Y sin embargo, ¿quién sabe? --continuó diciendo el mosquito, así como quien no le da importancia a la cosa--. ¡Imagínate lo conveniente que te sería volver a casa sin nombre! Entonces si, por ejemplo, tu niñera te quisiese llamar para que estudiaras la lección, no podría decir más que «¡Ven aquí...!», y allí se quedaría cortada, porque no tendría ningún nombre con que llamarte, y entonces, claro está, no tendrías que hacerle ningún caso. --¡Estoy segura de que eso no daría ningún resultado! --respondió Alicia--. ¡Mi niñera nunca me perdonaría una lección sólo por eso! Si no pudiese acordarse de mi nombre me llamaría «seriorita», como hacen los sirvientes. --Bueno, pero entonces si dice «señorita» sin decir más, tú podrías decir que habías oído que «te la quita» y quedarte también sin lección. ¡Es un chiste! Me hubiese gustado que lo hubieses hecho tú. --No sé por qué dices que te habría gustado que se me hubiera ocurrido a mí -- replicó Alicia--; es un chiste muy malo. 
Pero el mosquito sólo suspiró profundamente, mientras dos lagrimones le surcaban las mejillas. --No debieras de hacer esos chistes --le dijo Alicia-- si te ponen tan triste. Otra vez le dio al mosquito por dar uno de esos imperceptibles suspiros melancólicos y esta vez sí que pareció haberse consumido de tanto suspirar, pues cuando Alicia miró hacia arriba no pudo ver nada sobre la rama; y como se estaba enfriando de tanto estar sentada se puso en pie y empezó a andar. Muy pronto llegó a un campo abierto con un bosque al fondo: parecía mucho más oscuro y espeso que el anterior y Alicia se sintió algo atemorizada de adentrarse en él. Pero, después de pensarlo, se sobrepuso y decidió continuar adelante: --Porque desde luego no voy a volverme atrás --decidió mentalmente; y además era la única manera de llegar a la octava casilla. --Este debe ser el bosque --se dijo, preocupada-- en el que las cosas carecen de nombre. Me pregunto, ¿qué le sucederá al mío cuando entre en él? No me gustaría perderlo en absoluto... porque en ese caso tendrían que darme otro y estoy segura de que sería uno feísimo. Pero si asi fuera ¡lo divertido será buscar a la criatura a la que la hayan dado el mío! Seria igual que en esos anuncios de los periódicos que pone la gente que pierde a sus perros... «responde por el nombre de 'Chispa'; lleva un collar de bronce...» ¡Qué gracioso sería llamar a todo lo que viera «Alicia» hasta que algo o alguien respondiera! Sólo que si supieran lo que es bueno se guardarían mucho de hacerlo. 
Estaba argumentando de esta manera cuando llegó al lindero del bosque: tenía un aspecto muy fresco y sombreado. --Bueno, al menos vale la pena --dijo mientras se adentraba bajo los árboles--, después de haber pasado tanto calor, entrar aquí en este... en este... ¿en este qué? --repetía bastante sorprendida de no poder acordarse de cómo se llamaba aquello--. Quiero decir, entrar en el ... en el... bueno... vamos, ¡aquí dentro! -- afirmó al fin, apoyándose con una mano sobre el tronco de un árbol--. ¿Cómo se llamará todo esto? Estoy empezando a pensar que no tenga ningún nombre... ¡Como que no se llama de ninguna manera! Se quedó parada ahí pensando en silencio y continuó súbitamente sus cavilaciones: --Entonces, ¡la cosa ha sucedido de verdad, después de todo! Y ahora, ¿quién soy yo? ¡Vaya que si me acordaré! ¡Estoy decidida a hacerlo! -- Pero de nada le valía toda su determinación y todo lo que pudo decir, después de mucho hurgarse la memoria, fue --L. ¡Estoy segura de que empieza por L! En ese preciso momento se acercó un cervato a donde estaba Alicia; se puso a mirarla con sus tiernos ojazos y no parecía estar asustado en absoluto. -- iVen! ¡Ven aquí! --le llamó Alicia, alargando la mano e intentando acariciarlo; pero el cervato se espantó un poco y apartándose unos pasos se la quedó mirando. --¿Cómo te llamas tú? --le dijo al fin, y ¡qué voz más dulce que tenía! --¡Cómo me gustaría saberlo! --pensó la pobre Alicia; pero tuvo que confesar, algo tristemente: --No me llamo nada, por ahora. --¡Piensa de nuevo! --insistió el cervato, porque así no vale. Alicia pensó, pero no se le ocurría nada. --Por favor, ¿me querrías decir cómo te llamas tú? --rogó tímidamente--. Creo que eso me ayudaría un poco a recordar. --Te lo diré si vienes conmigo un poco más allá --le contestó el cervato porque aquí no me puedo acordar. Así que caminaron juntos por el bosque, Alicia abrazada tiernamente al cuello suave del cervato, hasta que llegaron a otro campo abierto; pero, justo al salir del bosque, el cervato dio un salto por el aire y se sacudió del brazo de Alicia. -- ¡Soy un cervato! --gritó jubilosamente -, y tú... ¡Ay de mí! ¡Si eres una criatura humana! --Una expresión de pavor le nubló los hermosos ojos marrones y al instante salió de estampía. Alicia se quedó mirando por donde huía, casi a punto de romper a llorar, tal era la pena que le había causado perder tan súbitamente a un compañero de viaje tan amoroso --En todo caso --dijo-- al menos ya me acuerdo de cómo me llamo, y eso me consuela un poco: Alicia... Alicia... y ya no he de olvidar.

 Y ahora, vamos a ver cuál de esos postes indicadores he de seguir, ¿por dónde habré de ir? No era una cuestión demasiado difícil de resolver, pues sólo había un camino por el bosque y los dos postes señalaban, con los índices de sus dos manos indicadoras, en la misma dirección. --Lo decidiré --se dijo Alicia-- cuando el camino se bifurque y señalen en direcciones contrarias. Pero aquello no tenía trazas de suceder. Siguió adelante, andando y andando, durante un buen trecho y, sin embargo, cada vez que el camino se bifurcaba, siempre se encontraba con los mismos indicadores, los índices de sus respectivas manos apuntando en la misma dirección.
 Uno decía: A CASA DE TWEEDLEDUM y el otro: A CASA DE TWEEDLEDEE. --Estoy empezando a creer --dijo Alicia al fin-- ¡que viven en la misma casa! ¿Cómo no se me ha ocurrido antes?... Pero no tengo tiempo para entretenerme; me pasaré por ahí un momento, el tiempo justo de saludarles y de rogarles que me indiquen el camino para salir del bosque. ¡Si sólo pudiera llegar a la octava casilla antes de que anochezca! --Y de esta guisa, continuó hablando consigo misma, hasta que al doblar un fuerte recodo del camino, se topó con dos hombrecillos regordetes, pero tan de sopetón que no pudo reprimir un respingo de sorpresa; pero se recobró al momento, segura de que ambos personajes no podían ser más que... 

Guía de análisis
1) ¿Con qué adjetivos podrían describir los lugares que recorre Alicia? ¿qué puntos de contacto tienen con la realidad onírica?
2) ¿ Qué cosas hace el tren del otro lado del espejo que no hacen los de este lado? ¿ y los insectos?
3) ¿Qué propiedad tiene el bosque en el que se adentra Alicia? ¿por qué huye el cervatillo cuando salen?
4) Teniendo en cuenta los lugares en los que se encuentra Alicia, en cuántas partes podrían dividir el fragmento? ¿dónde empieza y dónde termina cada una?
5) En este capítulo hay varios juegos de palabras, márquenlos y expliquen qué efecto producen
6) ¿Cómo se siente la voz que cuenta la historia frente al mundo que describe? ¿cuánta información posee de lo que cuenta?
7) Señalen las partes en las que se reflexiona acerca del lenguaje y expliquen con sus palabras esas ideas.

Berenice (Edgar Allan Poe)


il. Benjamin Lacombe




Dicebant mihi sodales, si sepulchrum amicae visitarem, 
curas meas aliquantulum fore levatas. 
-Ebn Zaiat

La desdicha es diversa. La desgracia cunde multiforme sobre la tierra. Desplegada sobre el ancho horizonte como el arco iris, sus colores son tan variados como los de éste y también tan distintos y tan íntimamente unidos. ¡Desplegada sobre el ancho horizonte como el arco iris! ¿Cómo es que de la belleza he derivado un tipo de fealdad; de la alianza y la paz, un símil del dolor? Pero así como en la ética el mal es una consecuencia del bien, así, en realidad, de la alegría nace la pena. O la memoria de la pasada beatitud es la angustia de hoy, o las agonías que son se originan en los éxtasis que pudieron haber sido.
Mi nombre de pila es Egaeus; no mencionaré mi apellido. Sin embargo, no hay en mi país torres más venerables que mi melancólica y gris heredad. Nuestro linaje ha sido llamado raza de visionarios, y en muchos detalles sorprendentes, en el carácter de la mansión familiar en los frescos del salón principal, en las colgaduras de los dormitorios, en los relieves de algunos pilares de la sala de armas, pero especialmente en la galería de cuadros antiguos, en el estilo de la biblioteca y, por último, en la peculiarísima naturaleza de sus libros, hay elementos más que suficientes para justificar esta creencia.
Los recuerdos de mis primeros años se relacionan con este aposento y con sus volúmenes, de los cuales no volveré a hablar. Allí murió mi madre. Allí nací yo. Pero es simplemente ocioso decir que no había vivido antes, que el alma no tiene una existencia previa. ¿Lo negáis? No discutiremos el punto. Yo estoy convencido, pero no trato de convencer. Hay, sin embargo, un recuerdo de formas aéreas, de ojos espirituales y expresivos, de sonidos musicales, aunque tristes, un recuerdo que no será excluido, una memoria como una sombra, vaga, variable, indefinida, insegura, y como una sombra también en la imposibilidad de librarme de ella mientras brille el sol de mi razón.
En ese aposento nací. Al despertar de improviso de la larga noche de eso que parecía, sin serlo, la no-existencia, a regiones de hadas, a un palacio de imaginación, a los extraños dominios del pensamiento y la erudición monásticos, no es raro que mirara a mi alrededor con ojos asombrados y ardientes, que malgastara mi infancia entre libros y disipara mi juventud en ensoñaciones; pero sí es raro que transcurrieran los años y el cenit de la virilidad me encontrara aún en la mansión de mis padres; sí, es asombrosa la paralización que subyugó las fuentes de mi vida, asombrosa la inversión total que se produjo en el carácter de mis pensamientos más comunes. Las realidades terrenales me afectaban como visiones, y sólo como visiones, mientras las extrañas ideas del mundo de los sueños se tornaron, en cambio, no en pasto de mi existencia cotidiana, sino realmente en mi sola y entera existencia.
Berenice y yo éramos primos y crecimos juntos en la heredad paterna. Pero crecimos de distinta manera: yo, enfermizo, envuelto en melancolía; ella, ágil, graciosa, desbordante de fuerzas; suyos eran los paseos por la colina; míos, los estudios del claustro; yo, viviendo encerrado en mí mismo y entregado en cuerpo y alma a la intensa y penosa meditación; ella, vagando despreocupadamente por la vida, sin pensar en las sombras del camino o en la huida silenciosa de las horas de alas negras. ¡Berenice! Invoco su nombre... ¡Berenice! Y de las grises ruinas de la memoria mil tumultuosos recuerdos se conmueven a este sonido. ¡Ah, vívida acude ahora su imagen ante mí, como en los primeros días de su alegría y de su dicha! ¡Ah, espléndida y, sin embargo, fantástica belleza! ¡Oh sílfide entre los arbustos de Arnheim! ¡Oh náyade entre sus fuentes! Y entonces, entonces todo es misterio y terror, y una historia que no debe ser relatada. La enfermedad -una enfermedad fatal- cayó sobre ella como el simún, y mientras yo la observaba, el espíritu de la transformación la arrasó, penetrando en su mente, en sus hábitos y en su carácter, y de la manera más sutil y terrible llegó a perturbar su identidad. ¡Ay! El destructor iba y venía, y la víctima, ¿dónde estaba? Yo no la conocía o, por lo menos, ya no la reconocía como Berenice.
Entre la numerosa serie de enfermedades provocadas por la primera y fatal, que ocasionó una revolución tan horrible en el ser moral y físico de mi prima, debe mencionarse como la más afligente y obstinada una especie de epilepsia que terminaba no rara vez en catalepsia, estado muy semejante a la disolución efectiva y de la cual su manera de recobrarse era, en muchos casos, brusca y repentina. Entretanto, mi propia enfermedad -pues me han dicho que no debo darle otro nombre-, mi propia enfermedad, digo, crecía rápidamente, asumiendo, por último, un carácter monomaniaco de una especie nueva y extraordinaria, que ganaba cada vez más vigor y, al fin, obtuvo sobre mí un incomprensible ascendiente. Esta monomanía, si así debo llamarla, consistía en una irritabilidad morbosa de esas propiedades de la mente que la ciencia psicológica designa con la palabra atención. Es más que probable que no se me entienda; pero temo, en verdad, que no haya manera posible de proporcionar a la inteligencia del lector corriente una idea adecuada de esa nerviosa intensidad del interés con que en mi caso las facultades de meditación (por no emplear términos técnicos) actuaban y se sumían en la contemplación de los objetos del universo, aun de los más comunes.
Reflexionar largas horas, infatigable, con la atención clavada en alguna nota trivial, al margen de un libro o en su tipografía; pasar la mayor parte de un día de verano absorto en una sombra extraña que caía oblicuamente sobre el tapiz o sobre la puerta; perderme durante toda una noche en la observación de la tranquila llama de una lámpara o los rescoldos del fuego; soñar días enteros con el perfume de una flor; repetir monótonamente alguna palabra común hasta que el sonido, por obra de la frecuente repetición, dejaba de suscitar idea alguna en la mente; perder todo sentido de movimiento o de existencia física gracias a una absoluta y obstinada quietud, largo tiempo prolongada; tales eran algunas de las extravagancias más comunes y menos perniciosas provocadas por un estado de las facultades mentales, no único, por cierto, pero sí capaz de desafiar todo análisis o explicación.
Mas no se me entienda mal. La excesiva, intensa y mórbida atención así excitada por objetos triviales en sí mismos no debe confundirse con la tendencia a la meditación, común a todos los hombres, y que se da especialmente en las personas de imaginación ardiente. Tampoco era, como pudo suponerse al principio, un estado agudo o una exageración de esa tendencia, sino primaria y esencialmente distinta, diferente. En un caso, el soñador o el fanático, interesado en un objeto habitualmente no trivial, lo pierde de vista poco a poco en una multitud de deducciones y sugerencias que de él proceden, hasta que, al final de un ensueño colmado a menudo de voluptuosidad, el incitamentum o primera causa de sus meditaciones desaparece en un completo olvido. En mi caso, el objeto primario era invariablemente trivial, aunque asumiera, a través del intermedio de mi visión perturbada, una importancia refleja, irreal. Pocas deducciones, si es que aparecía alguna, surgían, y esas pocas retornaban tercamente al objeto original como a su centro. Las meditaciones nunca eran placenteras, y al cabo del ensueño, la primera causa, lejos de estar fuera de vista, había alcanzado ese interés sobrenaturalmente exagerado que constituía el rasgo dominante del mal. En una palabra: las facultades mentales más ejercidas en mi caso eran, como ya lo he dicho, las de la atención, mientras en el soñador son las de la especulación.
Mis libros, en esa época, si no servían en realidad para irritar el trastorno, participaban ampliamente, como se comprenderá, por su naturaleza imaginativa e inconexa, de las características peculiares del trastorno mismo. Puedo recordar, entre otros, el tratado del noble italiano Coelius Secundus Curio De Amplitudine Beati Regni dei, la gran obra de San Agustín La ciudad de Dios, y la de Tertuliano, De Carne Christi, cuya paradójica sentencia: Mortuus est Dei filius; credibili est quia ineptum est: et sepultus resurrexit; certum est quia impossibili est, ocupó mi tiempo íntegro durante muchas semanas de laboriosa e inútil investigación.
Se verá, pues, que, arrancada de su equilibrio sólo por cosas triviales, mi razón semejaba a ese risco marino del cual habla Ptolomeo Hefestión, que resistía firme los ataques de la violencia humana y la feroz furia de las aguas y los vientos, pero temblaba al contacto de la flor llamada asfódelo. Y aunque para un observador descuidado pueda parecer fuera de duda que la alteración producida en la condición moral de Berenice por su desventurada enfermedad me brindaría muchos objetos para el ejercicio de esa intensa y anormal meditación, cuya naturaleza me ha costado cierto trabajo explicar, en modo alguno era éste el caso. En los intervalos lúcidos de mi mal, su calamidad me daba pena, y, muy conmovido por la ruina total de su hermosa y dulce vida, no dejaba de meditar con frecuencia, amargamente, en los prodigiosos medios por los cuales había llegado a producirse una revolución tan súbita y extraña. Pero estas reflexiones no participaban de la idiosincrasia de mi enfermedad, y eran semejantes a las que, en similares circunstancias, podían presentarse en el común de los hombres. Fiel a su propio carácter, mi trastorno se gozaba en los cambios menos importantes, pero más llamativos, operados en la constitución física de Berenice, en la singular y espantosa distorsión de su identidad personal.
En los días más brillantes de su belleza incomparable, seguramente no la amé. En la extraña anomalía de mi existencia, los sentimientos en mí nunca venían del corazón, y las pasiones siempre venían de la inteligencia. A través del alba gris, en las sombras entrelazadas del bosque a mediodía y en el silencio de mi biblioteca por la noche, su imagen había flotado ante mis ojos y yo la había visto, no como una Berenice viva, palpitante, sino como la Berenice de un sueño; no como una moradora de la tierra, terrenal, sino como su abstracción; no como una cosa para admirar, sino para analizar; no como un objeto de amor, sino como el tema de una especulación tan abstrusa cuanto inconexa. Y ahora, ahora temblaba en su presencia y palidecía cuando se acercaba; sin embargo, lamentando amargamente su decadencia y su ruina, recordé que me había amado largo tiempo, y, en un mal momento, le hablé de matrimonio.
Y al fin se acercaba la fecha de nuestras nupcias cuando, una tarde de invierno -en uno de estos días intempestivamente cálidos, serenos y brumosos que son la nodriza de la hermosa Alción-, me senté, creyéndome solo, en el gabinete interior de la biblioteca. Pero alzando los ojos vi, ante mí, a Berenice.
¿Fue mi imaginación excitada, la influencia de la atmósfera brumosa, la luz incierta, crepuscular del aposento, o los grises vestidos que envolvían su figura, los que le dieron un contorno tan vacilante e indefinido? No sabría decirlo. No profirió una palabra y yo por nada del mundo hubiera sido capaz de pronunciar una sílaba. Un escalofrío helado recorrió mi cuerpo; me oprimió una sensación de intolerable ansiedad; una curiosidad devoradora invadió mi alma y, reclinándome en el asiento, permanecí un instante sin respirar, inmóvil, con los ojos clavados en su persona. ¡Ay! Su delgadez era excesiva, y ni un vestigio del ser primitivo asomaba en una sola línea del contorno. Mis ardorosas miradas cayeron, por fin, en su rostro.
La frente era alta, muy pálida, singularmente plácida; y el que en un tiempo fuera cabello de azabache caía parcialmente sobre ella sombreando las hundidas sienes con innumerables rizos, ahora de un rubio reluciente, que por su matiz fantástico discordaban por completo con la melancolía dominante de su rostro. Sus ojos no tenían vida ni brillo y parecían sin pupilas, y esquivé involuntariamente su mirada vidriosa para contemplar los labios, finos y contraídos. Se entreabrieron, y en una sonrisa de expresión peculiar los dientes de la cambiada Berenice se revelaron lentamente a mis ojos. ¡Ojalá nunca los hubiera visto o, después de verlos, hubiese muerto!
El golpe de una puerta al cerrarse me distrajo y, alzando la vista, vi que mi prima había salido del aposento. Pero del desordenado aposento de mi mente, ¡ay!, no había salido ni se apartaría el blanco y horrible espectro de los dientes. Ni un punto en su superficie, ni una sombra en el esmalte, ni una melladura en el borde hubo en esa pasajera sonrisa que no se grabara a fuego en mi memoria. Los vi entonces con más claridad que un momento antes. ¡Los dientes! ¡Los dientes! Estaban aquí y allí y en todas partes, visibles y palpables, ante mí; largos, estrechos, blanquísimos, con los pálidos labios contrayéndose a su alrededor, como en el momento mismo en que habían empezado a distenderse. Entonces sobrevino toda la furia de mi monomanía y luché en vano contra su extraña e irresistible influencia. Entre los múltiples objetos del mundo exterior no tenía pensamientos sino para los dientes. Los ansiaba con un deseo frenético. Todos los otros asuntos y todos los diferentes intereses se absorbieron en una sola contemplación. Ellos, ellos eran los únicos presentes a mi mirada mental, y en su insustituible individualidad llegaron a ser la esencia de mi vida intelectual. Los observé a todas las luces. Les hice adoptar todas las actitudes. Examiné sus características. Estudié sus peculiaridades. Medité sobre su conformación. Reflexioné sobre el cambio de su naturaleza. Me estremecía al asignarles en imaginación un poder sensible y consciente, y aun, sin la ayuda de los labios, una capacidad de expresión moral. Se ha dicho bien de mademoiselle Sallé que tous ses pas étaient des sentiments, y de Berenice yo creía con la mayor seriedad que toutes ses dents étaient des idées. Des idées! ¡Ah, éste fue el insensato pensamiento que me destruyó! Des idées! ¡Ah, por eso era que los codiciaba tan locamente! Sentí que sólo su posesión podía devolverme la paz, restituyéndome a la razón.
Y la tarde cayó sobre mí, y vino la oscuridad, duró y se fue, y amaneció el nuevo día, y las brumas de una segunda noche se acumularon y yo seguía inmóvil, sentado en aquel aposento solitario; y seguí sumido en la meditación, y el fantasma de los dientes mantenía su terrible ascendiente como si, con la claridad más viva y más espantosa, flotara entre las cambiantes luces y sombras del recinto. Al fin, irrumpió en mis sueños un grito como de horror y consternación, y luego, tras una pausa, el sonido de turbadas voces, mezcladas con sordos lamentos de dolor y pena. Me levanté de mi asiento y, abriendo de par en par una de las puertas de la biblioteca, vi en la antecámara a una criada deshecha en lágrimas, quien me dijo que Berenice ya no existía. Había tenido un acceso de epilepsia por la mañana temprano, y ahora, al caer la noche, la tumba estaba dispuesta para su ocupante y terminados los preparativos del entierro.
Me encontré sentado en la biblioteca y de nuevo solo. Me parecía que acababa de despertar de un sueño confuso y excitante. Sabía que era medianoche y que desde la puesta del sol Berenice estaba enterrada. Pero del melancólico periodo intermedio no tenía conocimiento real o, por lo menos, definido. Sin embargo, su recuerdo estaba repleto de horror, horror más horrible por lo vago, terror más terrible por su ambigüedad. Era una página atroz en la historia de mi existencia, escrita toda con recuerdos oscuros, espantosos, ininteligibles. Luché por descifrarlos, pero en vano, mientras una y otra vez, como el espíritu de un sonido ausente, un agudo y penetrante grito de mujer parecía sonar en mis oídos. Yo había hecho algo. ¿Qué era? Me lo pregunté a mí mismo en voz alta, y los susurrantes ecos del aposento me respondieron: ¿Qué era?
En la mesa, a mi lado, ardía una lámpara, y había junto a ella una cajita. No tenía nada de notable, y la había visto a menudo, pues era propiedad del médico de la familia. Pero, ¿cómo había llegado allí, a mi mesa, y por qué me estremecí al mirarla? Eran cosas que no merecían ser tenidas en cuenta, y mis ojos cayeron, al fin, en las abiertas páginas de un libro y en una frase subrayaba: Dicebant mihi sodales si sepulchrum amicae visitarem, curas meas aliquantulum fore levatas. ¿Por qué, pues, al leerlas se me erizaron los cabellos y la sangre se congeló en mis venas?
Entonces sonó un ligero golpe en la puerta de la biblioteca; pálido como un habitante de la tumba, entró un criado de puntillas. Había en sus ojos un violento terror y me habló con voz trémula, ronca, ahogada. ¿Qué dijo? Oí algunas frases entrecortadas. Hablaba de un salvaje grito que había turbado el silencio de la noche, de la servidumbre reunida para buscar el origen del sonido, y su voz cobró un tono espeluznante, nítido, cuando me habló, susurrando, de una tumba violada, de un cadáver desfigurado, sin mortaja y que aún respiraba, aún palpitaba, aún vivía.

Señaló mis ropas: estaban manchadas de barro, de sangre coagulada. No dije nada; me tomó suavemente la mano: tenía manchas de uñas humanas. Dirigió mi atención a un objeto que había contra la pared; lo miré durante unos minutos: era una pala. Con un alarido salté hasta la mesa y me apoderé de la caja. Pero no pude abrirla, y en mi temblor se me deslizó de la mano, y cayó pesadamente, y se hizo añicos; y de entre ellos, entrechocándose, rodaron algunos instrumentos de cirugía dental, mezclados con treinta y dos objetos pequeños, blancos, marfilinos, que se desparramaron por el piso.



Guía de análisis:
1) ¿Quién cuenta la historia? ¿Cómo se presenta a sí mismo?
2) ¿Qué importancia tienen los sueños para Egaeus? ¿y la realidad?
3) En un principio, Egaeus y Berenice son presentados como personajes opuestos. Señalen el pasaje del cuento que menciona esta oposición.
4) ¿En qué consiste la enfermedad de Egaeus? ¿Qué tipo de objetos captan su atención?
5) ¿Por qué Egaeus le habla de matrimonio a Berenice?
6) Describan cómo es la Berenice que se presenta en la biblioteca.
7) En su monomanía, ¿qué piensa obtener Egaeus si consigue los dientes de Berenice?
8) ¿Qué es lo que no recuerda Egaeus?
9) Expliquen qué se desparrama por el piso al final del cuento.

Tomada de Prácticas del Lenguaje 2 Activados Ed. Puerto de Palos reproducida sólo por fines didácticos.

miércoles, 19 de abril de 2017

Mi delta (Diego Grecco) 2do C


                                                                                                Cristian González



El delta para mí es un lugar que tiene muchos beneficios, cosa que en la ciudad no hay.
El aire en la isla es más sano, los frutos, los peces, los animales.
Pero a la vez es muy peligroso.
La gente es muy buena, todos se conocen y en la ciudad no.
A mí me gusta despertar con el canto de los pajaritos, los rayos de luz que entran por mi ventana, el rocío en el patio.
Me levanto temprano a las seis o siete de la mañana, me preparo y voy a trabajar.
Me gusta ir a trabajar porque cada día aprendo algo nuevo. Me gustan los paisajes, ver la costa uruguaya, ver Uruguay tan cerca, casi a cien metros. Ver los pescados en la red.
Llego a casa como a las nueve de la noche y voy a ver a mi sobrinito.
Voy todos los días aunque truene y llueva.
Así es mi día a día