jueves, 20 de abril de 2017

Cap III: Los insectos del espejo (Lewis Carroll)

A través del espejo. Cap 3
INSECTOS DEL ESPEJO


Rebecca Dautremer


 Naturalmente, lo primero que tenía que hacer era lograr una visión panorámica del país por el que iba a viajar. --Esto se va a parecer mucho a estar aprendiendo geografía --pensó Alicia mientras se ponía de puntillas, por si alcanzaba a ver algo más lejos--. Ríos principales... no hay ninguno. Montañas principales... yo soy la única, pero no creo que tenga un nombre. Principales poblaciones..., pero ¿qué pueden ser esos bichos que están haciendo miel allá abajo? No pueden ser abejas... porque nadie ha oído decir que se pueda ver una abeja a una milla de distancia... --Y así estuvo durante algún tiempo, contemplando en silencio a uno de ellos que se afanaba entre las flores, introduciendo su trompa en ellas, -- Como si fuera una abeja común y corriente --pensó Alicia.

 Sin embargo, aquello era todo menos una abeja común y corriente: en realidad, era un elefante... Así lo pudo, comprobar Alicia bien pronto, quedándose pasmada del asombro. --¡Y qué enorme tamaño el de esas flores! --fue lo siguiente que se le ocurrió. --Han de ser algo asi como cabañas sin techo, colocadas sobre un tallo... y ¡que cantidades de miel que tendrán dentro! Creo que voy a bajar allá y... pero no, tampoco hace falta que vaya ahorita mismo... -- continuó, reteniéndose justo a tiempo para no empezar a correr cuesta abajo, buscando una excusa para justificar sus súbitos temores. --No sería prudente aparecer así entre esas bestias sin una buena rama para espantarlos... y ¡lo que me voy a reír cuando me pregunten que si me gustó el paseo y les conteste «Ay, sí, lo pasé muy bien... (y aquí hizo ese mohín favorito que siempre hacia con la cabeza)... sólo que hacía tanto polvo y tanto calor... y los elefantes se pusieron tan pesados!» 

--Será mejor que baje por el otro lado --dijo después de pensarlo un rato-- que a los elefantes ya tendré tiempo de visitarlos más tarde. Además, ¡tengo tantas ganas de llegar a la tercera casilla!

 Así que con esta excusa corrió cuesta abajo y cruzó de un salto el primero de los seis arroyos. --¡Billetes, por favor! --pidió el inspector, asomando la cabeza por la ventanilla. En seguida todo el mundo los estaba exhibiendo: tenían más o menos el mismo tamaño que las personas y desde luego parecían ocupar todo el espacio dentro del vagón. -

-¡Vamos, niña! ¡Enséñame tu billete! --insistió el inspector mirando enojado a Alicia. Y muchas otras voces dijeron todas a una (--Como si fuera el estribillo de una canción --pensó Alicia) 

--¡Ala, niña! ¡No le hagas esperar, que su tiempo vale mil libras por minuto! --Siento decirle que no llevo billete --se excusó Alicia con la voz alterada por el temor--: no había ninguna oficina de billetes en el lugar de donde vengo.

 Y otra vez se reanudó el coro de voces:
 --No había sitio para una oficina de billetes en el lugar de donde viene. ¡La tierra allá vale a mil libras la pulgada! 
--¡No me vengas con esas excusas! --dijo el inspector-- 
Debieras haber comprado uno al conductor.
 Y otra vez el coro de voces reanudó su cantilena: -
-El conductor de la locomotora ¡como que sólo el humo que echa vale a mil libras la bocanada!

 Alicia se dijo a sí misma --Pues en ese caso no vale la pena decir nada--. Esta vez las voces no corearon nada, puesto que no había hablado, pero con gran sorpresa de Alicia lo que si hicieron fue pensar a coro (y espero que entendáis lo que eso quiere decir... pues he de confesar que lo que es yo, no lo sé). --Tanto mejor no decir nada. 
¡Que el idioma está ya a mil libras la palabra! --A este paso, ¡estoy segura de que voy a estar soñando toda la noche con esas dichosas mil libras! ¡Vaya si lo sé! --pensó Alicia.

 El inspector la había estado contemplando todo este tiempo, primero a través de un telescopio, luego por un microscopio y por último con unos gemelos de teatro. Para terminar, le dijo --Estás viajando en dirección contraria --y fuese, cerrando sin más la ventanilla. --Una niña tan pequeña --sentenció un caballero que estaba sentado enfrente de Alicia (y que estaba todo él vestido de papel blanco)-- debiera de saber la dirección que lleva, ¡aunque no sepa su propio nombre! 
Una cabra que estaba sentada al lado del caballero de blanco, cerró los ojos y dictaminó con voz altisonante, --Debiera conocer el camino a la oficina de billetes, ¡aunque no sepa su abecé! Sentado al lado de la cabra iba un escarabajo (el vagón aquel iba desde luego ocupado por unos pasajeros harto extraños) y como parecía que la regla era la de que hablasen todos por turno, ahora a éste le tocó continuar diciendo, --¡Tendrá que volver de aquí facturada como equipaje!

 Alicia no podía ver quién estaba sentado más allá del escarabajo, pero sí pudo oír cómo una voz enronquecida la emprendía diciendo también algo: --¡Cambio de máquina...! --fue todo lo que pudo decir porque se le cortó la voz. --Por la manera que tiene de hablar no sé si decir que es un caballo bronco o un gallo --pensó Alicia. Y una vocecita extremadamente ligera le dijo, muy cerca, al oído -


Podrías si quisieras hacer un chiste con eso, algo así como «al caballo le ha salido un gallo». Entonces, otra voz muy suave dijo en la lejanía --Ya sabéis, habrá que ponerle una etiqueta que diga «Frágil, niña dentro; con cuidado». Después de esto, otras voces también intervinieron (--¡Cuánta gente parece haber en este vagón! --pensó Alicia) diciendo --Habrá que remitirla por correo, ya que lleva un traje estampado... habrá que mandarla por telégrafo... que arrastre ella misma el tren en lo que queda de camino... --y así hasta la saciedad).

 Pero el caballero empapelado de blanco se inclinó hacia ella y le susurró al oído --No hagas caso de lo que están diciendo, querida: te bastará con sacar un billete de retorno cada vez que el tren se detenga. --¡Eso sí que no! --respondió Alicia con bastante impaciencia--. Nunca tuve la menor intención de hacer este viaje por tren... hasta hace sólo un momento estaba tan tranquila en un bosque... y ahora ¡cómo me gustaría poder volver ahí de nuevo! --Podrías hacer un chiste con eso --volvió a insinuar esa vocecilla que parecía tener tan cerca suyo--; algo así como «pudiera si gustase o gustaría si pudiese», ya sabes. --¡Deja ya de fastidiar! --dijo Alicia, mirando en derredor para ver de dónde provenía la vocecilla--. Si tienes tantas ganas de que haga un chiste, ¡por qué no lo haces tú misma! La pequeña vocecilla dio un hondo suspiro. Estaba muy disgustada, evidentemente, y a Alicia le hubiera gustado decirle algo amable para consolarla --Si sólo suspirara como todo el mundo... --pensó. Pero no, aquel había sido un suspiro tan maravillosamente imperceptible que no lo hubiera oído nunca si no estuviera tan cerca de su oído. 

Lo que tuvo la consecuencia de hacerle muchas cosquillas y esto fue lo que la distrajo de pensar en el disgusto de la pobre y diminuta criatura. --Yo ya sé que eres una persona amiga --continuó diciendo la vocecilla--: una buena amiga mía y de hace mucho tiempo, además. Por eso sé que no me harás daño, aunque sea un insecto. --¿Qué clase de insecto? --preguntó Alicia con cierta ansiedad. 

En realidad, lo que le preocupaba era si podía o no darle un pinchazo, sólo que le pareció que no sería de muy buena educación preguntárselo así directamente. --¡Cómo! ¿Entonces es que a ti no... --empezó a decir la vocecilla, pero cualquiera que fuese su explicación, quedó ahogada por un estridente silbato de la locomotora; todo el mundo saltó alarmado de sus asientos y Alicia también con los demás. El caballo, que había asomado la cabeza por la ventanilla, la volvió a meter tranquilamente y dijo --No es más que un arroyo que tenemos que saltar. --Todo el mundo pareció quedar satisfecho con esta explicación, pero Alicia no las tenía todas consigo ante la idea de que el tren se pusiese a dar saltos. --Aunque si así llegamos a la cuarta casilla ¡creo que valdría la pena probarlo! --concluyó para sus adentros. 

Al momento siguiente sintió cómo el vagón se elevaba por los aires y con el susto que esto le dio se agarró a lo que tuviera más cerca y dio la casualidad de que esto fue la barba de la cabra. Pero la barba pareció disolverse en el aire al tocarla y Alicia se encontró sentada tranquilamente bajo un árbol... mientras el mosquito (pues no era otra cosa el insecto con el que había estado hablando) se balanceaba sobre una rama encima de su cabeza y la abanicaba con sus alas. Ciertamente que se trataba de un mosquito bien grande. --Tendrá el tamaño de una gallina --pensó Alicia. 

De todas formas, no se iba a poner nerviosa ahora, después de que había estado charlando con él durante tanto rato como si nada. --¿... entonces, a ti no te gustan todos los insectos? --continuó su pregunta el mosquito, como si no hubiera pasado nada. --Me gustan cuando pueden hablar --respondió Alicia--. En el lugar de donde yo vengo no hay ninguno que hable.
 --¿Cuáles son los insectos que te encantan --le preguntó el mosquito-- en el país de donde vienes? --A mí no me encanta ningún insecto --explicó Alicia--, porque me dan algo de miedo... al menos los grandes. Pero, en cambio, puedo decirte los nombres de algunos. --Por supuesto que responderán por sus nombres --observó descuidadamente el mosquito. --Nunca me lo ha parecido. --Entonces, ¿de qué sirve que tengan nombres, si no responden cuando los llaman? --A ellos no les sirve de nada --explicó Alicia--, pero sí les sirve a las personas que les dan los nombres, supongo. Si no ¿por qué tienen nombres las cosas? --¡Vaya uno a saber! --replicó el mosquito--. Es más, te diré que en ese bosque, allá abajo, las cosas no tienen nombre. Sin embargo, adelante con esa lista de insectos, que estamos perdiendo el tiempo. --Bueno, pues primero están los tábanos, que están siempre molestando a los caballos --reanudó Alicia, llevando la cuenta con los dedos. --¡Vale! --le interrumpió el mosquito--: 

Pues allí, encaramado en medio de ese arbusto, verás a un tábano-de-caballitos-de-madera. También él está todo hecho de madera y se mueve por ahí balanceándose de rama en rama. --¿De qué vive? --preguntó Alicia, con gran curiosidad. - Pues de savia y serrín --respondió el mosquito--. ¡Sigue con esa lista! Alicia contempló al tábano-de-aballitos-de-madera con gran interés y decidió que seguramente lo acababan de repintar porque tenía un aspecto tan brillante y pegajoso; y entonces continuó: --Luego, está la luciérnaga. --Mira ahí, sobre esa rama encima de tu cabeza --señaló el mosquito-- y verás una hermosa luciérnaga de postre. Su cuerpo está hecho de budín de pasas, sus alas de hojas de acebo y su cabeza es una gran pasa flameando al coñac. --¿Y de qué vive? --preguntó Alicia, igual que antes. --Pues de turrones y mazapán --respondió el mosquito -, y anida dentro de una caja de aguinaldos. --Luego, tenemos a la mariposa --continuó Alicia, después de haber echado un buen vistazo al insecto de la flameante cabeza y de haberse preguntado --¿Y no será por eso que a los insectos les gusta tanto volar hacia la llama de las velas...?, ¿por qué todos quieren convertirse en luciérnagas de postre? --Pues arrastrándose a tus pies --dijo el mosquito (y Alicia apartó los pies con cierta alarma) podrás ver a una melindrosa meriendaposa o mariposa de meriendas. Tiene las alas hechas de finas rebanadas de pan con mantequilla, el cuerpo de hojaldre y la cabeza es toda ella un terrón de azúcar. --Y ésta ¿de qué vive? --De té muy clarito con crema.

 A Alicia se le ocurrió una nueva dificultad: --Y ¿qué le pasaría si no pudiera encontrarlo? --insinuó. --Pues que se moriría, naturalmente. --Pero eso ha de sucederles muy a menudo --dijo Alicia pensativa. --Siempre les pasa --afirmó el mosquito. Con esto, Alicia se quedó callada durante un minuto o dos, considerándolo todo. Mientras tanto, el mosquito se entretenía zumbando y dando vueltas y más vueltas alrededor de su cabeza. Por fin, volvió a posarse y observó: --¿Supongo que no te querrías quedar sin nombre? --De ninguna manera --se apresuró a contestar Alicia, no sin cierta ansiedad. --Y sin embargo, ¿quién sabe? --continuó diciendo el mosquito, así como quien no le da importancia a la cosa--. ¡Imagínate lo conveniente que te sería volver a casa sin nombre! Entonces si, por ejemplo, tu niñera te quisiese llamar para que estudiaras la lección, no podría decir más que «¡Ven aquí...!», y allí se quedaría cortada, porque no tendría ningún nombre con que llamarte, y entonces, claro está, no tendrías que hacerle ningún caso. --¡Estoy segura de que eso no daría ningún resultado! --respondió Alicia--. ¡Mi niñera nunca me perdonaría una lección sólo por eso! Si no pudiese acordarse de mi nombre me llamaría «seriorita», como hacen los sirvientes. --Bueno, pero entonces si dice «señorita» sin decir más, tú podrías decir que habías oído que «te la quita» y quedarte también sin lección. ¡Es un chiste! Me hubiese gustado que lo hubieses hecho tú. --No sé por qué dices que te habría gustado que se me hubiera ocurrido a mí -- replicó Alicia--; es un chiste muy malo. 
Pero el mosquito sólo suspiró profundamente, mientras dos lagrimones le surcaban las mejillas. --No debieras de hacer esos chistes --le dijo Alicia-- si te ponen tan triste. Otra vez le dio al mosquito por dar uno de esos imperceptibles suspiros melancólicos y esta vez sí que pareció haberse consumido de tanto suspirar, pues cuando Alicia miró hacia arriba no pudo ver nada sobre la rama; y como se estaba enfriando de tanto estar sentada se puso en pie y empezó a andar. Muy pronto llegó a un campo abierto con un bosque al fondo: parecía mucho más oscuro y espeso que el anterior y Alicia se sintió algo atemorizada de adentrarse en él. Pero, después de pensarlo, se sobrepuso y decidió continuar adelante: --Porque desde luego no voy a volverme atrás --decidió mentalmente; y además era la única manera de llegar a la octava casilla. --Este debe ser el bosque --se dijo, preocupada-- en el que las cosas carecen de nombre. Me pregunto, ¿qué le sucederá al mío cuando entre en él? No me gustaría perderlo en absoluto... porque en ese caso tendrían que darme otro y estoy segura de que sería uno feísimo. Pero si asi fuera ¡lo divertido será buscar a la criatura a la que la hayan dado el mío! Seria igual que en esos anuncios de los periódicos que pone la gente que pierde a sus perros... «responde por el nombre de 'Chispa'; lleva un collar de bronce...» ¡Qué gracioso sería llamar a todo lo que viera «Alicia» hasta que algo o alguien respondiera! Sólo que si supieran lo que es bueno se guardarían mucho de hacerlo. 
Estaba argumentando de esta manera cuando llegó al lindero del bosque: tenía un aspecto muy fresco y sombreado. --Bueno, al menos vale la pena --dijo mientras se adentraba bajo los árboles--, después de haber pasado tanto calor, entrar aquí en este... en este... ¿en este qué? --repetía bastante sorprendida de no poder acordarse de cómo se llamaba aquello--. Quiero decir, entrar en el ... en el... bueno... vamos, ¡aquí dentro! -- afirmó al fin, apoyándose con una mano sobre el tronco de un árbol--. ¿Cómo se llamará todo esto? Estoy empezando a pensar que no tenga ningún nombre... ¡Como que no se llama de ninguna manera! Se quedó parada ahí pensando en silencio y continuó súbitamente sus cavilaciones: --Entonces, ¡la cosa ha sucedido de verdad, después de todo! Y ahora, ¿quién soy yo? ¡Vaya que si me acordaré! ¡Estoy decidida a hacerlo! -- Pero de nada le valía toda su determinación y todo lo que pudo decir, después de mucho hurgarse la memoria, fue --L. ¡Estoy segura de que empieza por L! En ese preciso momento se acercó un cervato a donde estaba Alicia; se puso a mirarla con sus tiernos ojazos y no parecía estar asustado en absoluto. -- iVen! ¡Ven aquí! --le llamó Alicia, alargando la mano e intentando acariciarlo; pero el cervato se espantó un poco y apartándose unos pasos se la quedó mirando. --¿Cómo te llamas tú? --le dijo al fin, y ¡qué voz más dulce que tenía! --¡Cómo me gustaría saberlo! --pensó la pobre Alicia; pero tuvo que confesar, algo tristemente: --No me llamo nada, por ahora. --¡Piensa de nuevo! --insistió el cervato, porque así no vale. Alicia pensó, pero no se le ocurría nada. --Por favor, ¿me querrías decir cómo te llamas tú? --rogó tímidamente--. Creo que eso me ayudaría un poco a recordar. --Te lo diré si vienes conmigo un poco más allá --le contestó el cervato porque aquí no me puedo acordar. Así que caminaron juntos por el bosque, Alicia abrazada tiernamente al cuello suave del cervato, hasta que llegaron a otro campo abierto; pero, justo al salir del bosque, el cervato dio un salto por el aire y se sacudió del brazo de Alicia. -- ¡Soy un cervato! --gritó jubilosamente -, y tú... ¡Ay de mí! ¡Si eres una criatura humana! --Una expresión de pavor le nubló los hermosos ojos marrones y al instante salió de estampía. Alicia se quedó mirando por donde huía, casi a punto de romper a llorar, tal era la pena que le había causado perder tan súbitamente a un compañero de viaje tan amoroso --En todo caso --dijo-- al menos ya me acuerdo de cómo me llamo, y eso me consuela un poco: Alicia... Alicia... y ya no he de olvidar.

 Y ahora, vamos a ver cuál de esos postes indicadores he de seguir, ¿por dónde habré de ir? No era una cuestión demasiado difícil de resolver, pues sólo había un camino por el bosque y los dos postes señalaban, con los índices de sus dos manos indicadoras, en la misma dirección. --Lo decidiré --se dijo Alicia-- cuando el camino se bifurque y señalen en direcciones contrarias. Pero aquello no tenía trazas de suceder. Siguió adelante, andando y andando, durante un buen trecho y, sin embargo, cada vez que el camino se bifurcaba, siempre se encontraba con los mismos indicadores, los índices de sus respectivas manos apuntando en la misma dirección.
 Uno decía: A CASA DE TWEEDLEDUM y el otro: A CASA DE TWEEDLEDEE. --Estoy empezando a creer --dijo Alicia al fin-- ¡que viven en la misma casa! ¿Cómo no se me ha ocurrido antes?... Pero no tengo tiempo para entretenerme; me pasaré por ahí un momento, el tiempo justo de saludarles y de rogarles que me indiquen el camino para salir del bosque. ¡Si sólo pudiera llegar a la octava casilla antes de que anochezca! --Y de esta guisa, continuó hablando consigo misma, hasta que al doblar un fuerte recodo del camino, se topó con dos hombrecillos regordetes, pero tan de sopetón que no pudo reprimir un respingo de sorpresa; pero se recobró al momento, segura de que ambos personajes no podían ser más que... 

Guía de análisis
1) ¿Con qué adjetivos podrían describir los lugares que recorre Alicia? ¿qué puntos de contacto tienen con la realidad onírica?
2) ¿ Qué cosas hace el tren del otro lado del espejo que no hacen los de este lado? ¿ y los insectos?
3) ¿Qué propiedad tiene el bosque en el que se adentra Alicia? ¿por qué huye el cervatillo cuando salen?
4) Teniendo en cuenta los lugares en los que se encuentra Alicia, en cuántas partes podrían dividir el fragmento? ¿dónde empieza y dónde termina cada una?
5) En este capítulo hay varios juegos de palabras, márquenlos y expliquen qué efecto producen
6) ¿Cómo se siente la voz que cuenta la historia frente al mundo que describe? ¿cuánta información posee de lo que cuenta?
7) Señalen las partes en las que se reflexiona acerca del lenguaje y expliquen con sus palabras esas ideas.

Berenice (Edgar Allan Poe)


il. Benjamin Lacombe




Dicebant mihi sodales, si sepulchrum amicae visitarem, 
curas meas aliquantulum fore levatas. 
-Ebn Zaiat

La desdicha es diversa. La desgracia cunde multiforme sobre la tierra. Desplegada sobre el ancho horizonte como el arco iris, sus colores son tan variados como los de éste y también tan distintos y tan íntimamente unidos. ¡Desplegada sobre el ancho horizonte como el arco iris! ¿Cómo es que de la belleza he derivado un tipo de fealdad; de la alianza y la paz, un símil del dolor? Pero así como en la ética el mal es una consecuencia del bien, así, en realidad, de la alegría nace la pena. O la memoria de la pasada beatitud es la angustia de hoy, o las agonías que son se originan en los éxtasis que pudieron haber sido.
Mi nombre de pila es Egaeus; no mencionaré mi apellido. Sin embargo, no hay en mi país torres más venerables que mi melancólica y gris heredad. Nuestro linaje ha sido llamado raza de visionarios, y en muchos detalles sorprendentes, en el carácter de la mansión familiar en los frescos del salón principal, en las colgaduras de los dormitorios, en los relieves de algunos pilares de la sala de armas, pero especialmente en la galería de cuadros antiguos, en el estilo de la biblioteca y, por último, en la peculiarísima naturaleza de sus libros, hay elementos más que suficientes para justificar esta creencia.
Los recuerdos de mis primeros años se relacionan con este aposento y con sus volúmenes, de los cuales no volveré a hablar. Allí murió mi madre. Allí nací yo. Pero es simplemente ocioso decir que no había vivido antes, que el alma no tiene una existencia previa. ¿Lo negáis? No discutiremos el punto. Yo estoy convencido, pero no trato de convencer. Hay, sin embargo, un recuerdo de formas aéreas, de ojos espirituales y expresivos, de sonidos musicales, aunque tristes, un recuerdo que no será excluido, una memoria como una sombra, vaga, variable, indefinida, insegura, y como una sombra también en la imposibilidad de librarme de ella mientras brille el sol de mi razón.
En ese aposento nací. Al despertar de improviso de la larga noche de eso que parecía, sin serlo, la no-existencia, a regiones de hadas, a un palacio de imaginación, a los extraños dominios del pensamiento y la erudición monásticos, no es raro que mirara a mi alrededor con ojos asombrados y ardientes, que malgastara mi infancia entre libros y disipara mi juventud en ensoñaciones; pero sí es raro que transcurrieran los años y el cenit de la virilidad me encontrara aún en la mansión de mis padres; sí, es asombrosa la paralización que subyugó las fuentes de mi vida, asombrosa la inversión total que se produjo en el carácter de mis pensamientos más comunes. Las realidades terrenales me afectaban como visiones, y sólo como visiones, mientras las extrañas ideas del mundo de los sueños se tornaron, en cambio, no en pasto de mi existencia cotidiana, sino realmente en mi sola y entera existencia.
Berenice y yo éramos primos y crecimos juntos en la heredad paterna. Pero crecimos de distinta manera: yo, enfermizo, envuelto en melancolía; ella, ágil, graciosa, desbordante de fuerzas; suyos eran los paseos por la colina; míos, los estudios del claustro; yo, viviendo encerrado en mí mismo y entregado en cuerpo y alma a la intensa y penosa meditación; ella, vagando despreocupadamente por la vida, sin pensar en las sombras del camino o en la huida silenciosa de las horas de alas negras. ¡Berenice! Invoco su nombre... ¡Berenice! Y de las grises ruinas de la memoria mil tumultuosos recuerdos se conmueven a este sonido. ¡Ah, vívida acude ahora su imagen ante mí, como en los primeros días de su alegría y de su dicha! ¡Ah, espléndida y, sin embargo, fantástica belleza! ¡Oh sílfide entre los arbustos de Arnheim! ¡Oh náyade entre sus fuentes! Y entonces, entonces todo es misterio y terror, y una historia que no debe ser relatada. La enfermedad -una enfermedad fatal- cayó sobre ella como el simún, y mientras yo la observaba, el espíritu de la transformación la arrasó, penetrando en su mente, en sus hábitos y en su carácter, y de la manera más sutil y terrible llegó a perturbar su identidad. ¡Ay! El destructor iba y venía, y la víctima, ¿dónde estaba? Yo no la conocía o, por lo menos, ya no la reconocía como Berenice.
Entre la numerosa serie de enfermedades provocadas por la primera y fatal, que ocasionó una revolución tan horrible en el ser moral y físico de mi prima, debe mencionarse como la más afligente y obstinada una especie de epilepsia que terminaba no rara vez en catalepsia, estado muy semejante a la disolución efectiva y de la cual su manera de recobrarse era, en muchos casos, brusca y repentina. Entretanto, mi propia enfermedad -pues me han dicho que no debo darle otro nombre-, mi propia enfermedad, digo, crecía rápidamente, asumiendo, por último, un carácter monomaniaco de una especie nueva y extraordinaria, que ganaba cada vez más vigor y, al fin, obtuvo sobre mí un incomprensible ascendiente. Esta monomanía, si así debo llamarla, consistía en una irritabilidad morbosa de esas propiedades de la mente que la ciencia psicológica designa con la palabra atención. Es más que probable que no se me entienda; pero temo, en verdad, que no haya manera posible de proporcionar a la inteligencia del lector corriente una idea adecuada de esa nerviosa intensidad del interés con que en mi caso las facultades de meditación (por no emplear términos técnicos) actuaban y se sumían en la contemplación de los objetos del universo, aun de los más comunes.
Reflexionar largas horas, infatigable, con la atención clavada en alguna nota trivial, al margen de un libro o en su tipografía; pasar la mayor parte de un día de verano absorto en una sombra extraña que caía oblicuamente sobre el tapiz o sobre la puerta; perderme durante toda una noche en la observación de la tranquila llama de una lámpara o los rescoldos del fuego; soñar días enteros con el perfume de una flor; repetir monótonamente alguna palabra común hasta que el sonido, por obra de la frecuente repetición, dejaba de suscitar idea alguna en la mente; perder todo sentido de movimiento o de existencia física gracias a una absoluta y obstinada quietud, largo tiempo prolongada; tales eran algunas de las extravagancias más comunes y menos perniciosas provocadas por un estado de las facultades mentales, no único, por cierto, pero sí capaz de desafiar todo análisis o explicación.
Mas no se me entienda mal. La excesiva, intensa y mórbida atención así excitada por objetos triviales en sí mismos no debe confundirse con la tendencia a la meditación, común a todos los hombres, y que se da especialmente en las personas de imaginación ardiente. Tampoco era, como pudo suponerse al principio, un estado agudo o una exageración de esa tendencia, sino primaria y esencialmente distinta, diferente. En un caso, el soñador o el fanático, interesado en un objeto habitualmente no trivial, lo pierde de vista poco a poco en una multitud de deducciones y sugerencias que de él proceden, hasta que, al final de un ensueño colmado a menudo de voluptuosidad, el incitamentum o primera causa de sus meditaciones desaparece en un completo olvido. En mi caso, el objeto primario era invariablemente trivial, aunque asumiera, a través del intermedio de mi visión perturbada, una importancia refleja, irreal. Pocas deducciones, si es que aparecía alguna, surgían, y esas pocas retornaban tercamente al objeto original como a su centro. Las meditaciones nunca eran placenteras, y al cabo del ensueño, la primera causa, lejos de estar fuera de vista, había alcanzado ese interés sobrenaturalmente exagerado que constituía el rasgo dominante del mal. En una palabra: las facultades mentales más ejercidas en mi caso eran, como ya lo he dicho, las de la atención, mientras en el soñador son las de la especulación.
Mis libros, en esa época, si no servían en realidad para irritar el trastorno, participaban ampliamente, como se comprenderá, por su naturaleza imaginativa e inconexa, de las características peculiares del trastorno mismo. Puedo recordar, entre otros, el tratado del noble italiano Coelius Secundus Curio De Amplitudine Beati Regni dei, la gran obra de San Agustín La ciudad de Dios, y la de Tertuliano, De Carne Christi, cuya paradójica sentencia: Mortuus est Dei filius; credibili est quia ineptum est: et sepultus resurrexit; certum est quia impossibili est, ocupó mi tiempo íntegro durante muchas semanas de laboriosa e inútil investigación.
Se verá, pues, que, arrancada de su equilibrio sólo por cosas triviales, mi razón semejaba a ese risco marino del cual habla Ptolomeo Hefestión, que resistía firme los ataques de la violencia humana y la feroz furia de las aguas y los vientos, pero temblaba al contacto de la flor llamada asfódelo. Y aunque para un observador descuidado pueda parecer fuera de duda que la alteración producida en la condición moral de Berenice por su desventurada enfermedad me brindaría muchos objetos para el ejercicio de esa intensa y anormal meditación, cuya naturaleza me ha costado cierto trabajo explicar, en modo alguno era éste el caso. En los intervalos lúcidos de mi mal, su calamidad me daba pena, y, muy conmovido por la ruina total de su hermosa y dulce vida, no dejaba de meditar con frecuencia, amargamente, en los prodigiosos medios por los cuales había llegado a producirse una revolución tan súbita y extraña. Pero estas reflexiones no participaban de la idiosincrasia de mi enfermedad, y eran semejantes a las que, en similares circunstancias, podían presentarse en el común de los hombres. Fiel a su propio carácter, mi trastorno se gozaba en los cambios menos importantes, pero más llamativos, operados en la constitución física de Berenice, en la singular y espantosa distorsión de su identidad personal.
En los días más brillantes de su belleza incomparable, seguramente no la amé. En la extraña anomalía de mi existencia, los sentimientos en mí nunca venían del corazón, y las pasiones siempre venían de la inteligencia. A través del alba gris, en las sombras entrelazadas del bosque a mediodía y en el silencio de mi biblioteca por la noche, su imagen había flotado ante mis ojos y yo la había visto, no como una Berenice viva, palpitante, sino como la Berenice de un sueño; no como una moradora de la tierra, terrenal, sino como su abstracción; no como una cosa para admirar, sino para analizar; no como un objeto de amor, sino como el tema de una especulación tan abstrusa cuanto inconexa. Y ahora, ahora temblaba en su presencia y palidecía cuando se acercaba; sin embargo, lamentando amargamente su decadencia y su ruina, recordé que me había amado largo tiempo, y, en un mal momento, le hablé de matrimonio.
Y al fin se acercaba la fecha de nuestras nupcias cuando, una tarde de invierno -en uno de estos días intempestivamente cálidos, serenos y brumosos que son la nodriza de la hermosa Alción-, me senté, creyéndome solo, en el gabinete interior de la biblioteca. Pero alzando los ojos vi, ante mí, a Berenice.
¿Fue mi imaginación excitada, la influencia de la atmósfera brumosa, la luz incierta, crepuscular del aposento, o los grises vestidos que envolvían su figura, los que le dieron un contorno tan vacilante e indefinido? No sabría decirlo. No profirió una palabra y yo por nada del mundo hubiera sido capaz de pronunciar una sílaba. Un escalofrío helado recorrió mi cuerpo; me oprimió una sensación de intolerable ansiedad; una curiosidad devoradora invadió mi alma y, reclinándome en el asiento, permanecí un instante sin respirar, inmóvil, con los ojos clavados en su persona. ¡Ay! Su delgadez era excesiva, y ni un vestigio del ser primitivo asomaba en una sola línea del contorno. Mis ardorosas miradas cayeron, por fin, en su rostro.
La frente era alta, muy pálida, singularmente plácida; y el que en un tiempo fuera cabello de azabache caía parcialmente sobre ella sombreando las hundidas sienes con innumerables rizos, ahora de un rubio reluciente, que por su matiz fantástico discordaban por completo con la melancolía dominante de su rostro. Sus ojos no tenían vida ni brillo y parecían sin pupilas, y esquivé involuntariamente su mirada vidriosa para contemplar los labios, finos y contraídos. Se entreabrieron, y en una sonrisa de expresión peculiar los dientes de la cambiada Berenice se revelaron lentamente a mis ojos. ¡Ojalá nunca los hubiera visto o, después de verlos, hubiese muerto!
El golpe de una puerta al cerrarse me distrajo y, alzando la vista, vi que mi prima había salido del aposento. Pero del desordenado aposento de mi mente, ¡ay!, no había salido ni se apartaría el blanco y horrible espectro de los dientes. Ni un punto en su superficie, ni una sombra en el esmalte, ni una melladura en el borde hubo en esa pasajera sonrisa que no se grabara a fuego en mi memoria. Los vi entonces con más claridad que un momento antes. ¡Los dientes! ¡Los dientes! Estaban aquí y allí y en todas partes, visibles y palpables, ante mí; largos, estrechos, blanquísimos, con los pálidos labios contrayéndose a su alrededor, como en el momento mismo en que habían empezado a distenderse. Entonces sobrevino toda la furia de mi monomanía y luché en vano contra su extraña e irresistible influencia. Entre los múltiples objetos del mundo exterior no tenía pensamientos sino para los dientes. Los ansiaba con un deseo frenético. Todos los otros asuntos y todos los diferentes intereses se absorbieron en una sola contemplación. Ellos, ellos eran los únicos presentes a mi mirada mental, y en su insustituible individualidad llegaron a ser la esencia de mi vida intelectual. Los observé a todas las luces. Les hice adoptar todas las actitudes. Examiné sus características. Estudié sus peculiaridades. Medité sobre su conformación. Reflexioné sobre el cambio de su naturaleza. Me estremecía al asignarles en imaginación un poder sensible y consciente, y aun, sin la ayuda de los labios, una capacidad de expresión moral. Se ha dicho bien de mademoiselle Sallé que tous ses pas étaient des sentiments, y de Berenice yo creía con la mayor seriedad que toutes ses dents étaient des idées. Des idées! ¡Ah, éste fue el insensato pensamiento que me destruyó! Des idées! ¡Ah, por eso era que los codiciaba tan locamente! Sentí que sólo su posesión podía devolverme la paz, restituyéndome a la razón.
Y la tarde cayó sobre mí, y vino la oscuridad, duró y se fue, y amaneció el nuevo día, y las brumas de una segunda noche se acumularon y yo seguía inmóvil, sentado en aquel aposento solitario; y seguí sumido en la meditación, y el fantasma de los dientes mantenía su terrible ascendiente como si, con la claridad más viva y más espantosa, flotara entre las cambiantes luces y sombras del recinto. Al fin, irrumpió en mis sueños un grito como de horror y consternación, y luego, tras una pausa, el sonido de turbadas voces, mezcladas con sordos lamentos de dolor y pena. Me levanté de mi asiento y, abriendo de par en par una de las puertas de la biblioteca, vi en la antecámara a una criada deshecha en lágrimas, quien me dijo que Berenice ya no existía. Había tenido un acceso de epilepsia por la mañana temprano, y ahora, al caer la noche, la tumba estaba dispuesta para su ocupante y terminados los preparativos del entierro.
Me encontré sentado en la biblioteca y de nuevo solo. Me parecía que acababa de despertar de un sueño confuso y excitante. Sabía que era medianoche y que desde la puesta del sol Berenice estaba enterrada. Pero del melancólico periodo intermedio no tenía conocimiento real o, por lo menos, definido. Sin embargo, su recuerdo estaba repleto de horror, horror más horrible por lo vago, terror más terrible por su ambigüedad. Era una página atroz en la historia de mi existencia, escrita toda con recuerdos oscuros, espantosos, ininteligibles. Luché por descifrarlos, pero en vano, mientras una y otra vez, como el espíritu de un sonido ausente, un agudo y penetrante grito de mujer parecía sonar en mis oídos. Yo había hecho algo. ¿Qué era? Me lo pregunté a mí mismo en voz alta, y los susurrantes ecos del aposento me respondieron: ¿Qué era?
En la mesa, a mi lado, ardía una lámpara, y había junto a ella una cajita. No tenía nada de notable, y la había visto a menudo, pues era propiedad del médico de la familia. Pero, ¿cómo había llegado allí, a mi mesa, y por qué me estremecí al mirarla? Eran cosas que no merecían ser tenidas en cuenta, y mis ojos cayeron, al fin, en las abiertas páginas de un libro y en una frase subrayaba: Dicebant mihi sodales si sepulchrum amicae visitarem, curas meas aliquantulum fore levatas. ¿Por qué, pues, al leerlas se me erizaron los cabellos y la sangre se congeló en mis venas?
Entonces sonó un ligero golpe en la puerta de la biblioteca; pálido como un habitante de la tumba, entró un criado de puntillas. Había en sus ojos un violento terror y me habló con voz trémula, ronca, ahogada. ¿Qué dijo? Oí algunas frases entrecortadas. Hablaba de un salvaje grito que había turbado el silencio de la noche, de la servidumbre reunida para buscar el origen del sonido, y su voz cobró un tono espeluznante, nítido, cuando me habló, susurrando, de una tumba violada, de un cadáver desfigurado, sin mortaja y que aún respiraba, aún palpitaba, aún vivía.

Señaló mis ropas: estaban manchadas de barro, de sangre coagulada. No dije nada; me tomó suavemente la mano: tenía manchas de uñas humanas. Dirigió mi atención a un objeto que había contra la pared; lo miré durante unos minutos: era una pala. Con un alarido salté hasta la mesa y me apoderé de la caja. Pero no pude abrirla, y en mi temblor se me deslizó de la mano, y cayó pesadamente, y se hizo añicos; y de entre ellos, entrechocándose, rodaron algunos instrumentos de cirugía dental, mezclados con treinta y dos objetos pequeños, blancos, marfilinos, que se desparramaron por el piso.



Guía de análisis:
1) ¿Quién cuenta la historia? ¿Cómo se presenta a sí mismo?
2) ¿Qué importancia tienen los sueños para Egaeus? ¿y la realidad?
3) En un principio, Egaeus y Berenice son presentados como personajes opuestos. Señalen el pasaje del cuento que menciona esta oposición.
4) ¿En qué consiste la enfermedad de Egaeus? ¿Qué tipo de objetos captan su atención?
5) ¿Por qué Egaeus le habla de matrimonio a Berenice?
6) Describan cómo es la Berenice que se presenta en la biblioteca.
7) En su monomanía, ¿qué piensa obtener Egaeus si consigue los dientes de Berenice?
8) ¿Qué es lo que no recuerda Egaeus?
9) Expliquen qué se desparrama por el piso al final del cuento.

Tomada de Prácticas del Lenguaje 2 Activados Ed. Puerto de Palos reproducida sólo por fines didácticos.

miércoles, 19 de abril de 2017

Mi delta (Diego Grecco) 2do C


                                                                                                Cristian González



El delta para mí es un lugar que tiene muchos beneficios, cosa que en la ciudad no hay.
El aire en la isla es más sano, los frutos, los peces, los animales.
Pero a la vez es muy peligroso.
La gente es muy buena, todos se conocen y en la ciudad no.
A mí me gusta despertar con el canto de los pajaritos, los rayos de luz que entran por mi ventana, el rocío en el patio.
Me levanto temprano a las seis o siete de la mañana, me preparo y voy a trabajar.
Me gusta ir a trabajar porque cada día aprendo algo nuevo. Me gustan los paisajes, ver la costa uruguaya, ver Uruguay tan cerca, casi a cien metros. Ver los pescados en la red.
Llego a casa como a las nueve de la noche y voy a ver a mi sobrinito.
Voy todos los días aunque truene y llueva.
Así es mi día a día

Dorados (Karen Larrea)

dorado x gabriel martino



Miro los dorados
nadando por el río
con sus aletas
abrazan la playa
y en sus lomos
duerme el rocío

parece que corren
hacia los camalotes

y en una canoa
el aire me lleva
hacia el monte
entristecido

martes, 4 de abril de 2017

Primer año: La ilusión de la realidad


Anudados, Julieta Pinasco, 2010, fotografía digital

La lechera, Johannes Veermer. 1660, óleo sobre tela


Lavabo y espejo, Antonio López García, 1967

Actividades para Primer año:

1) Identifiquen en La Lechera cuál es el ángulo en el que se observa mayor luminosidad y cuál es el que presenta más sombra. ¿Dónde está situada la mujer con respecto a este punto? En relación con la luminosidad ¿dónde se acumula mayor cantidad de objetos? ¿Es una imagen plácida o agitada? ¿por qué?
2) Escriban un reportaje a la lechera en el que cuente su vida de todos los días.
3) ¿Qué fotografía les produce mayor sensación de realidad una en color o una blanco y negro? ¿ por qué?
4) Imaginen dónde está la soga de la foto. ¿Por qué está deshilachada?
5) Escriban un relato en el que dos vecinos peleen por un espacio para colgar la ropa y la soga paga las consecuencias.
6) Describan el cuadro del baño prestando especial atención a los detalles. ¿Acentúa esta minuciosidad la sensación de que se trata de un baño real? ¿por qué? ¿Quiénes suponen ustedes que usan ese baño? ¿Dónde está ubicado?
7) Escriban un diálogo que suceda en ese baño entre esos usuarios y que pudiera servir para insertar en un cuento realista.

Fuente: Practicas del Lenguaje 1 - Activados - Ed. Puerto de Palos.
reproducido sólo con fines didácticos


La miel silvestre (Horacio Quiroga)





Tengo en el Salto Oriental dos primos, hoy hombres ya, que a sus doce
años, y en consecuencia de profundas lecturas de Julio Verne, dieron
en la rica empresa de abandonar su casa para ir a vivir al monte. Este
queda a dos leguas de la ciudad. Allí vivirían primitivamente de la
caza y la pesca. Cierto es que los dos muchachos no se habían acordado
particularmente de llevar escopetas ni anzuelos; pero de todos modos
el bosque estaba allí, con su libertad como fuente de dicha, y sus
peligros como encanto.


Desgraciadamente, al segundo día fueron hallados por quienes les
buscaban. Estaban bastante atónitos todavía, no poco débiles, y con
gran asombro de sus hermanos menores--iniciados también en Julio
Verne--sabían aún andar en dos pies y recordaban el habla.


Acaso, sin embargo, la aventura de los dos robinsones fuera más
formal, a haber tenido como teatro otro bosque menos dominguero. Las
escapatorias llevan aquí en Misiones a límites imprevistos, y a tal
extremo arrastró a Gabriel Benincasa el orgullo de sus strom-boot.


Benincasa, habiendo concluído sus estudios de contaduría pública,
sintió fulminante deseo de conocer la vida de la selva. No que su
temperamento fuera ese, pues antes bien era un muchacho pacífico,
gordinflón y de cara uniformemente rosada, en razón de gran bienestar.
En consecuencia, lo suficientemente cuerdo para preferir un té con
leche y pastelitos a quién sabe qué fortuita e infernal comida del
bosque. Pero así como el soltero que fué siempre juicioso, cree de su
deber, la víspera de sus bodas, despedirse de la vida libre con una
noche de orgía en compañía de sus amigos, de igual modo Benincasa
quiso honrar su vida aceitada con dos o tres choques de vida intensa.
Y por este motivo remontaba el Paraná hasta un obraje, con sus famosos
strom-boot.


Apenas salido de Corrientes, había calzado sus botas fuertes, pues los
yacarés de la orilla calentaban ya el paisaje. Mas a pesar de ello el
contador público cuidaba mucho de su calzado, evitándole arañazos y
sucios contactos.


De este modo llegó al obraje de su padrino, y a la hora tuvo éste que
contener el desenfado de su ahijado.


--¿A dónde vas ahora?--le había preguntado sorprendido.


--Al monte; quiero recorrerlo un poco--repuso Benincasa, que acababa
de colgarse el winchester al hombro.


--¡Pero infeliz! no vas a poder dar un paso. Sigue la picada, si
quieres... O mejor, deja esa arma y mañana te haré acompañar por
un peón.


Benincasa renunció. No obstante, fué hasta la vera del bosque y se
detuvo. Intentó vagamente un paso adentro, y quedó quieto. Metióse las
manos en los bolsillos, y miró detenidamente aquella inextricable
maraña, silbando débilmente aires truncos. Después de observar de
nuevo el bosque a uno y otro lado, retornó bastante desilusionado.


Al día siguiente, sin embargo, recorrió la picada central por espacio
de una legua, y aunque su fusil volvió profundamente dormido,
Benincasa no deploró el paseo. Las fieras llegarían poco a poco.


Llegaron éstas a la segunda noche--aunque de un carácter singular.


Dormía profundamente, cuando fué despertado por su padrino.


--¡Eh, dormilón! levántate que te van a comer vivo.


Benincasa se sentó bruscamente en la cama, alucinado por la luz de los
tres faroles de viento que se movían de un lado a otro en la pieza. Su
padrino y dos peones regaban el piso.


--¿Qué hay, qué hay?--preguntó, echándose al suelo.


--Nada... cuidado con los pies; la corrección.


Benincasa había sido ya enterado de las curiosas hormigas a que
llamamos _corrección_. Son pequeñas, negras, brillantes, y marchan
velozmente en ríos más o menos anchos. Son esencialmente carnívoras.
Avanzan devorando todo lo que encuentran a su paso: arañas, grillos,
alacranes, sapos, víboras, y a cuanto ser no puede resistirles. No hay
animal, por grande y fuerte que sea, que no huya de ellas. Su entrada
en una casa supone la exterminación absoluta de todo ser viviente,
pues no hay rincón ni agujero profundo donde no se precipite el río
devorador. Los perros aullan, los bueyes mugen, y es forzoso
abandonarles la casa, a trueque de ser roído en diez horas hasta el
esqueleto. Permanecen en el lugar uno, dos, hasta cinco días, según su
riqueza en insectos, carne o grasa. Una vez devorado todo, se van.


No resisten sin embargo a la creolina o droga similar, y como en el
obraje abundaba aquella, antes de una hora quedó libre de la
corrección.


Benincasa se observaba muy de cerca en los pies la placa lívida de la
mordedura.


--Pican muy fuerte, realmente--dijo sorprendido, levantando la cabeza
a su padrino.


Este, para quien la observación no tenía ya ningún valor, no
respondió, felicitándose en cambio de haber contenido a tiempo la
invasión. Benincasa reanudó el sueño, aunque sobresaltado toda la
noche por pesadillas tropicales.


Al día siguiente se fué al monte, esta vez con un machete, pues había
concluído por comprender que tal expediente le sería en el monte mucho
más útil que el fusil. Cierto es que su pulso no era maravilloso y su
acierto, mucho menos. Pero de todos modos lograba trozar las ramas,
azotarse la cara y cortarse las botas, todo en uno.


El monte crepuscular y silencioso lo cansó pronto. Dábale la
impresión--exacta por lo demás--de un escenario visto de día. De la
bullente vida tropical, no hay más que el teatro helado; ni un animal,
ni un pájaro, ni un ruido casi. Benincasa volvía, cuando un sordo
zumbido le llamó la atención. A diez metros de él, en un tronco hueco,
diminutas abejas aureolaban la entrada del agujero. Se acercó con
cautela, y vió en el fondo de la abertura diez o doce bolas oscuras,
del tamaño de un huevo.


--Esto es miel--se dijo el contador público con íntima gula.--Deben de
ser bolitas de cera, llenas de miel...


Pero entre él, Benincasa, y las bolsitas, estaban las abejas. Después
de un momento de desencanto, pensó en el fuego: levantaría una buena
humareda. La suerte quiso que mientras el ladrón acercaba
cautelosamente la hojarasca húmeda, cuatro o cinco abejas se posaran
en su mano, sin picarlo. Benincasa cogió una en seguida, y
oprimiéndole el abdomen constató que no tenía aguijón. Su saliva, ya
liviana, se clarificó en milífica abundancia. ¡Maravillosos y buenos
animalitos!


En un instante el contador desprendió las bolsitas de cera, y
alejándose un buen trecho para escapar al pegajoso contacto de las
abejas, se sentó en un raigón. De las doce bolas, siete contenían
polen. Pero las restantes estaban llenas de miel, una miel oscura, de
sombría transparencia, que Benincasa paladeó golosamente. Sabía
distintamente a algo. ¿A qué? El contador no pudo precisarlo. Acaso a
resina de frutales o de eucalipto. Y por igual motivo, tenía la densa
miel un vago dejo áspero. ¡Mas qué perfume, en cambio!


Benincasa, una vez bien seguro de que sólo cinco bolsitas le serían
útiles, comenzó. Su idea era sencilla: tener suspendido el panal
goteante sobre su boca. Pero como la miel era espesa, tuvo que
agrandar el agujero, después de haber permanecido medio minuto con la
boca inútilmente abierta. Entonces la miel asomó, adelgazándose en
pesado hilo hasta la lengua del contador.


Uno tras otro, los cinco panales se vaciaron así dentro de la boca de
Benincasa. Fué inútil que prolongara la suspensión y mucho más que
repasara los globos exhaustos; tuvo que resignarse.


Entretanto, la sostenida posición de la cabeza en alto lo había
mareado un poco. Pesado de miel, quieto y los ojos bien abiertos,
Benincasa consideró de nuevo el monte crepuscular. Los árboles y el
suelo tomaban posturas por demás oblicuas, y su cabeza acompañaba el
vaivén del paisaje.


--Qué curioso mareo...--pensó el contador--y lo peor es...


Al levantarse e intentar dar un paso, se había visto obligado a caer
de nuevo sobre el tronco. ¡Sentía su cuerpo de plomo, sobre todo las
piernas, como si estuvieran inmensamente hinchadas. Y los pies y las
manos le hormigueaban.


--¡Es muy raro, muy raro, muy raro!--se repitió estúpidamente
Benincasa, sin escrudiñar sin embargo el motivo de esa rareza.--Como
si tuviera hormigas... la corrección--concluyó.


Y de pronto la respiración se le cortó en seco, de espanto.


--¡Debe de ser la miel!... ¡Es venenosa!... ¡Estoy envenenado!


Y a un segundo esfuerzo para incorporarse, se le erizó el cabello de
terror; no había podido ni aún moverse. Ahora la sensación de plomo y
el hormigueo subían hasta la cintura. Durante un rato el horror de
morir allí, miserablemente solo, lejos de su madre y sus amigos, le
cohibió todo medio de defensa.


--¡Voy a morir ahora!... ¡De aquí a un rato voy a morir!... ¡Ya no
puedo mover la mano!...


En su pánico constató sin embargo que no tenía fiebre ni ardor de
garganta, y el corazón y pulmones conservaban su ritmo normal. Su
angustia cambió de forma.


--¡Estoy paralítico, es la parálisis! ¡Y no me van a encontrar!...


Pero una invencible somnolencia comenzaba a apoderarse de él,
dejándole íntegras sus facultades, a la par que el mareo se aceleraba.
Creyó así notar que el suelo oscilante se volvía negro y se agitaba
vertiginosamente. Otra vez subió a su memoria el recuerdo de la
corrección, y en su pensamiento se fijó como una suprema angustia, la
posibilidad de que eso negro que invadía el suelo...


Tuvo aún fuerzas para arrancarse a ese último espanto, y de pronto
lanzó un grito, un verdadero alarido en que la voz del hombre recobra
la tonalidad del niño aterrado: por sus piernas trepaba un precipitado
río de hormigas negras. Alrededor de él la corrección devoradora
oscurecía el suelo, y el contador sintió por bajo el calzoncillo, el
río de hormigas carnívoras que subían.


* * * * *


Su padrino halló por fin dos días después, sin la menor partícula de
carne, el esqueleto cubierto de ropa de Benincasa. La corrección que
merodeaba aún por allí, y las bolsitas de cera, lo iluminaron
suficientemente.


No es común que la miel silvestre tenga esas propiedades narcóticas o
paralizantes, pero se la halla. Las flores con igual carácter abundan
en el trópico, y ya el sabor de la miel denuncia en la mayoría de los
casos su condición--tal el dejo a resina de eucalipto que creyó sentir
Benincasa.

ACTIVIDADES para 2do año

1) Ubicar el texto espacialmente con dos citas textuales
2) ¿Qué lecturas inspiran al protagonista a explorar la selva? ¿por qué?
3) ¿Cómo describe el autor a Benincasa?
4) ¿Qué es la corrección? ¿Cómo actúa?
5) ¿Qué tipo de cuento es este? ¿por qué?