miércoles, 7 de diciembre de 2016

Proyecto: Sostenimiento del aprendizaje cuando factores climáticos u otros impiden el encuentro presencial en el aula.

Marisa Negri
Escuela de Educación Secundaria Técnica N° 1
Delta de San Fernando – Región VI
Espacio curricular: Prácticas del Lenguaje
Síntesis de la problemática a abordar:
Sostenimiento del aprendizaje cuando factores climáticos u otros impiden el encuentro presencial en el aula.


I- Fundamentación

La EEST 1 de San Fernando, escuela en la que trabajo desde 2013 está ubicada sobre el Río Paraná Miní a unas 3hs de navegación del puerto fluvial de Tigre. A ella concurren 230 alumnos, isleños en su mayoría, aunque también asisten otros chicos que no encuentran vacante en la ciudad, o como elección de sus padres “para sacarlos de la calle” enviándolos a una escuela pública de jornada extendida.
Las condiciones climáticas (agua baja o muy alta, niebla), el ausentismo de profesores que vienen de muy lejos, las condiciones edilicias (falta de agua potable, control de plagas, desratización), la situación laboral de los chicos que son en su mayoría aportantes de la economía familiar con su trabajo hacen que “perder el hilo” de los aprendizajes sea una problemática central de nuestra institución. Esta escolaridad fragmentada sumada a la falta de adecuación de la escuela al medio rural en el que vivimos es una de las principales causas de la repitencia, sobre todo en 2do año y de la alarmante desproporción entre la cantidad de chicos que ingresan a las tres secciones de primer año y el escaso número de egresados, que año tras año, no supera la decena de jóvenes.
Para comenzar a pensar respuestas a esta situación desde la bibliografía de este curso, considero esencial en principio, detenernos en ¿quiénes son nuestros estudiantes? ¿qué esperan y/o necesitan de la escuela secundaria? ¿cómo podemos los docentes articular con las familias la continuidad pedagógica en días de sudestada ? ¿qué proyectos especiales pueden sumarse teniendo en cuenta que la enseñanza está estructurada sobre esta idea de un aprendizaje monocrónico.1?
En un medio en el que el contacto con la naturaleza y con el mundo del trabajo se da a edades muy tempranas resulta imprescindible diferenciar entre trayectoria educativa y trayectoria escolar. Para citar un caso concreto, en un curso de primer año que tenía según la mayoría de los docentes un “rendimiento bajo” y “escaso interés por los contenidos”, una colega de CDC les propuso a los chicos realizar un herbario de plantas nativas y un pequeño diccionario de fauna autóctona. Esta tarea generó entusiasmo, les permitió a los chicos abordar el aprendizaje formal de su entorno y sumar a los saberes comunitarios algunas especificaciones científicas. La tarea trascendió el espacio del aula , entonces la profesora de Lenguajes Tecnológicos les propuso realizar presentaciones digitales de cada uno de los animales y plantas elegidos. Así esta actividad de clase se fue transformando en un proyecto anual interdisciplinario en el que todos los actores están comprometidos.
Si esta situación de clase alrededor de un aprendizaje significativo derivó en un proyecto que pudo, para continuar con la metáfora “retomar el hilo” de la trayectoria real de los chicos ¿por qué no profundizar en este tipo de propuestas, especialmente en el marco de la Resolución CFE No 103/10 que pone en marcha el Plan Mejoras en el que cada institución puede decidir de qué modo fortalecer sus prácticas?
En el caso de la EEST1 se ha establecido la incorporación de dos tutores que acompañan a los chicos sobre todo en primer y segundo año. La experiencia que ya lleva tres años es muy positiva. Si bien los tutores sólo se asignan a partir de agosto y este acompañamiento para ser efectivo debería ser anual, la figura del tutor fortalece el vínculo entre los chicos y la escuela, tiende puentes entre alumnos, docentes, padres, directivos y equipo orientador e intenta optimizar los recursos disponibles para aportar soluciones a esta problemática.
En una escuela con alrededor de 100 docentes, lo expuesto hasta aquí no deja de ser una experiencia parcial, que incluye a pocos actores y si bien aporta algunas respuestas no alcanza para resolver el conflicto. Deberíamos analizar en principio las causas por las que se pierde la continuidad, y pensar propuestas concretas para cada una de ellas. Hace falta reunirse, intercambiar ideas, escuchar, debatir, incorporar el uso de TIC, repensar los espacios y los tiempos, valorar la alteridad de cada docente y de cada alumno, estimular su creatividad, reinventar las prácticas, salirse del programa, perder el miedo a no saber.
Necesitamos poner en juego el pensamiento complejo, tal como lo plantea el filósofo Edgar Morin.2 Interdisciplina, polisemia, pluralidad, apertura hacia modos de educar que aún no tienen una forma definida. Investigar las posibilidades de la tecnología y recurrir también a la riquísima experiencia pedagógica latinoamericana.
¿Podría la experiencia de las hermanas Cossettini en Rosario3, por poner solo un ejemplo, ayudar a pensar en un proyecto para el presente? Estamos ante un enorme desafío en el que memoria, invención y cooperación tendrán que ser nuestros aliados para garantizar el derecho a la educación de todos los estudiantes.

II. Desarrollo

El problema de la continuidad pedagógica ha sido planteando desde diferentes estrategias en la escuela y en particular en los cursos de primer año que son los que más apoyo necesitan en su trayectoria escolar ya que están adecuándose a la enseñanza media (y técnica en este caso)
En este sentido me interesa recuperar del Foro 1 la voz de la colega Nancy Nuñez que desarma el mito acerca de la relación entre derecho / voluntad y posibilidad de los chicos en relación al estudio:
Ellos dicen: "Los pobres no pueden aprender"
La Ley dicta: "La educación y el conocimiento son un bien público y un derecho personal y social, garantizados por el Estado".
Ellos contraargumentan: “estos chicos no quieren estudiar”.
¿Puede alguien elegir qué derechos tener o no? ¿Puedo elegir qué responsabilidades tengo? ¿Cómo reaccionarían esos que pregonan la aporofobia si vieran alguno de sus derechos vulnerado por la voluntad de otro?”
También me parece enriquecedor el aporte de Noelia Krainer con respecto a las pruebas PISA. Ella sostiene:
Nada se concibe en forma aislada. La evaluación debe constituir un objetivo de la enseñanza en términos de autoevaluación tanto para el alumno como para el docente.”
Pienso en mis alumnos, en sus posibilidades, en lo que ya saben del entorno en el que viven y en las mejores maneras de garantizar su acceso al conocimiento.
A nivel institucional hemos abordado el problema con la creación de grupos cerrados de Facebook por curso en los que un administrador sube los contenidos enviados por los profesores. Estos trabajos prácticos deben ser claros y sobre contenidos ampliatorios de la asignatura. Debido a la escasa conectividad que hay en la zona, se les solicita también que aporten el material teórico para el desarrollo de las consignas ya que en la mayoría de los casos los alumnos bajan el contenido en la ciudad para luego trabajar offline.
En esta etapa es esencial generar espacios para el perfeccionamiento docente ya que , sin una profunda reforma de la formación de los docentes, sin un desarrollo de su profesionalismo, sin la construcción de condiciones de trabajo favorables y sin una mutación de la concepción que los docentes tienen de su oficio, la escuela no será ni más justa ni más eficaz.4
Luego estos trabajos pueden ser enviados por mail (en caso de que sea posible) o llevados a clase en formato papel para su corrección.
En el caso de los chicos de primer y segundo año hemos habilitado por un lado el blog www.encuadernarlasislas.blogspot.com que funciona en ambos sentidos. El docente sube textos o material multimedia de los temas tratados en clase y los chicos suben sus producciones literarias a partir de consignas de clase.
El otro proyecto vinculado a la continuidad pedagógica se denomina “Memoria isleña” e incluye un grupo de whatsapp en donde los alumnos envían audios con testimonios familiares acerca del delta y su historia, un blog en donde escaneamos las fotografías familiares junto con los relatos aportados por las familias y luego incluye otros trabajos en el aula como la reconstrucción del trayecto de las lanchas escolares de las casas a las escuelas, considerando que la escuela está ubicada en el centro geográfico del delta y concurren allí 13 lanchas provenientes de toda la región.

III. Plan de trabajo:

Si bien estas son experiencias ya realizadas durante el ciclo lectivo, sistematizaría la propuesta para 2017 de la siguiente manera:
marzo: Charla con alumnos y padres para explicar el uso básico y cuidado de las netbook y presentar el proyecto de continuidad pedagógica. Creación de un grupo de wsp para apoyo técnico durante todo el proceso. Trabajo conjunto con docentes de sistemas tecnológicos e informática.
Desarrollo de pdf con los contenidos mínimos de cada asignatura por parte de cada docente. Revisión de los mismos por los jefes de área.
abril - mayo: Puesta en marcha de los grupos por curso a través de las redes. Capacitación de uno o dos alumnos por curso que colaboren con la tarea de subir el material al grupo. Coordinación entre áreas para subir el material graduando los contenidos según la carga horaria de la materia.
junio- julio: Tutorías en la sala de informática para realizar un seguimiento personalizado de la modalidad. Corrección y devolución de la primera tanda de trabajos.
agosto-septiembre: Nuevo envío de trabajos. Charla abierta a padres, alumnos y docentes sobre el uso de Tic. Diseño de trabajos que incluyan la participación de la familia y el entorno geográfico en el que está ubicada la comunidad.
octubre- noviembre: Cierre de la propuesta con un foro y una exposición de lo realizado.

IV- Conclusiones

Releo este documento y veo que las soluciones planteadas a la problemática son intentos, muchas veces fallidos, por mejorar desde la escuela las difíciles condiciones de aprendizaje en un ambiente rural e incomunicado como el delta bonaerense.
Creo que el aprendizaje más relevante que puedo aportarles a mis alumnos es el de la constancia, incorporar la dificultad como desafío. (En este momento, en que escribo este trabajo hace más de una semana que con los cortes de luz también se cortó la señal de internet y recurro a los archivos guardados para reconstruir lo sucedido en el campus)
Una instancia superadora sería la incorporación de una plataforma virtual como la de INFOD que les permita a los chicos habituarse a la educación semipresencial desde la secundaria. Una herramienta de este tipo nos permitiría incluso desarrollar cursos cortos más vinculados con sus intereses reales o con las necesidades del mundo del trabajo rural.
Para acompañar este desarrollo también necesitaríamos docentes altamente capacitados en TIC, en las características del ámbito en el que trabajan y en sus propias asignaturas. Esto permitiría desplazar la falsa imagen de los “pobres pibes de isla” que tienen pocas clases y “mucho la cabeza no les da” para enfrentar las enormes posibilidades que ofrecen las TIC en un ámbito rural.


V-  Bibliografía
Alvarado, Maite (2013): Escritura e invención en la escuela, Buenos Aires : FCE ,2013.
UNIPE (2011): “El dilema del secundario”. Cuadernos de discusión 1. Unipe:
Editorial Universitaria, Buenos Aires, 2011
Dubet, Francois (2010): Repensar la justicia social contra el mito de la
igualdad de oportunidades. Siglo XXI, Argentina.
Dussel, I. (2011). “Aprender y enseñar en la cultura digital” en:
Morin, Edgar (2009): Introducción al pensamiento complejo. Barcelona: Gedisa, 2009.
Veleda, C; Rivas, A; Mezzadra, F. (2011): La construcción de la justicia
educativa. Criterios de redistribución y reconocimiento para la educación
Tedesco, Juan Carlos (2008): Las TIC: del aula a la agenda política Ponencias
del Seminario internacional: Cómo las TIC transforman las escuelas argentinas”. CIPPEC, Embajada de Finlandia, UNICEF, Buenos Aires.
Terigi, Flavia (2010): Jornada de apertura Ciclo lectivo 2010. Ministerio de Cultura y Educación,Gobierno de La Pampa.




1 Terigi (2010) ver bibliog.
2 Morin (1994)
3 Para ampliar sobre la obra de las hermanas Cosettini sugerimos la consulta del Archivo Cosettini realizado con el apoyo del CONICET: http://www.irice-conicet.gov.ar:8080/portal/site/875b651a-b8f2-4adb-98e9-ee6faf003629

4 Veleda, C; Rivas, A; Mezzadra, F. (2011): La construcción de la justicia
educativa, ver en bibliografía.

martes, 17 de mayo de 2016

Más allá se encuentra el wub (Phillip K. Dick)





Faltaba poco para terminar de cargar. El Optus, de pie, con los brazos cruzados, fruncía el ceño. El capitán Franco bajó despacio por la pasarela y sonrió. 
—¿Qué ocurre? —le preguntó—. Te pagan por esto. 
El Optus no dijo nada. Recogió sus túnicas y dio media vuelta. El capitán pisó el borde de la túnica. 
—Espera un momento, no te vayas; aún no he terminado. 
—¿De veras? —El Optus se giró con dignidad—. Vuelvo a la aldea. —Contempló los animales y los pájaros que eran conducidos hacia la nave—. He de organizar nuevas cacerías. 
Franco encendió un cigarrillo. 
—¿Por qué no? A vosotros os basta con salir a campo abierto y seguir pistas. Pero cuando estemos a mitad de camino entre Marte y la Tierra... 
El Optus se marchó sin contestar. Franco se reunió con el primer piloto al pie de la pasarela. 
—¿Cómo va todo? —Consultó el reloj—. Hemos hecho un buen negocio. 
El piloto le miró con cara de pocos amigos. 
—¿Cómo explica eso? 
—¿Qué le pasa? Los necesitamos más que ellos. 
—Nos veremos después, capitán. 
El piloto subió por la pasarela, y se abrió paso entre las aves zancudas marcianas. Franco le vio desaparecer en el interior de la nave. Iba a seguirle los pasos hacia la portilla cuando lo vio.
—¡Dios mío! 
Se quedó mirando con las manos en las caderas. Peterson venía por el sendero, con la cara congestionada, arrastrándolo con una cuerda. 
—Lo siento, capitán —dijo, manteniendo la cuerda tensa. 
Franco avanzó hacia él. 
—¿Qué es eso? 
El wub desplomó su enorme cuerpo lentamente. Se sentó con los ojos entornados. Algunas moscas zumbaban sobre su flanco y las espantó con la cola. 
Se hizo el silencio. 
—Es un wub —explicó Peterson—. Se lo compré a un nativo por cincuenta centavos. Dijo que era un animal muy raro. Muy respetado. 
—¿Esto? —Franco aguijoneó el inmenso flanco del wub—. ¡Si es un cerdo! ¡Un inmundo cerdo grande! 
—Sí, señor, es un cerdo. Los nativos lo llaman wub. 
—Un gran cerdo. Debe de pesar unos doscientos kilos. 
Franco agarró un mechón del hirsuto pelo. El wub jadeó. Abrió sus ojos pequeños y húmedos, y su gran boca tembló. 
Una lágrima se deslizó por la mejilla del animal y cayó al suelo. 
—Tal vez sea comestible —dijo Peterson, nervioso. 
—Pronta lo averiguaremos —respondió Franco. 
El wub sobrevivió al despegue, profundamente dormido en el casco de la nave. Cuando ya estaban en el espacio y todo funcionaba con normalidad, el capitán Franco ordenó a sus hombres que subieran al wub para dilucidar qué clase de animal era. 
El wub gruñó y resopló mientras ascendía a duras penas por el pasaje. 
—Vamos —masculló Jones tirando de la cuerda. 
El wub se retorcía y rozaba su piel contra las lisas paredes cromadas. Desembocó en la antecámara y cayó pesadamente al suelo. Los hombres se levantaron de un salto. 
—¡Santo cielo! —exclamó French—. ¿Qué es eso? 
—Peterson dice que es un wub —respondió Jones—. Es suyo. 
Le dio una patada al wub, y el animal, jadeante, se puso en pie con grandes dificultades. 
—¿Y ahora qué le pasa? —dijo French acercándose—. ¿Se va a poner enfermo? 
Todos lo contemplaban. El wub puso los ojos en blanco y luego miró a los hombres que le rodeaban. 
—Quizá tenga sed —aventuró Peterson. 
Fue a buscar agua. French meneó la cabeza. 
—Ya entiendo por qué tuvimos tantas dificultades para despegar. Me vi obligado a revisar todos mis cálculos de lastre. 
Peterson volvió con el agua. El wub, agradecido, la lamió a grandes lengüetazos y salpicó a la tripulación. 
El capitán Franco apareció en la puerta. 
—Echémosle un vistazo. —Avanzó con mirada escrutadora—. ¿Lo compraste por cincuenta centavos? 
—Sí, señor —dijo Peterson—. Come de todo. Le di cereales y le gustaron, y después patatas, forraje y las sobras de nuestra comida, y leche. Creo que le gusta comer. Una vez ha llenado el estómago, se echa a dormir. 
—Entiendo. Bien, me gustaría saber cuál es su sabor. Creo que no conviene alimentarlo tanto, ya está bastante gordo. ¿Dónde está el cocinero? Que se presente al instante. Quiero averiguar... 
El wub dejó de beber y miró al capitán. 
—Le sugiero, capitán, que hablemos de otros asuntos —dijo el wub. 
Un pesado silencio se abatió sobre la habitación. 
—¿Quién dijo eso? —preguntó el capitán Franco. 
—El wub, señor —dijo Peterson—. Habla. 
Todos miraron al wub. 
—¿Qué dijo? ¿Qué dijo? 
—Sugirió que habláramos de otras cosas. 
Franco se acercó al wub. Dio vueltas a su alrededor y lo examinó desde todos los ángulos. Luego volvió a reunirse con sus hombres. 
—Tal vez haya un nativo en su interior —reflexionó en voz alta—. Tal vez deberíamos abrirlo y confirmarlo. 
—¡Dios mío! —exclamó el wub—. ¿Sólo saben pensar en matar y trinchar? 
—¡Salga de ahí! ¡Quienquiera que sea, salga! —gritó Franco con los puños apretados. 
No se produjo el menor movimiento. Los hombres miraban al wub, pálidos y procurando mantenerse muy juntos. El wub agitó la cola y eructó. 
—Perdón —se disculpó. 
—Creo que no hay nadie dentro —susurró Jones. 
Los hombres se miraron entre sí. 
El cocinero entró. 
—¿Me mandó llamar, capitán? ¿Qué es esto? 
—Es un wub —dijo Franco—. Nos lo comeremos. ¿Por qué no lo mide y trata de...? 
—Antes que nada, deberíamos hablar —interrumpió el wub—. Con su permiso, me gustaría discutir este asunto. Veo que no nos ponemos de acuerdo en algunos puntos fundamentales. 
El capitán tardó un rato en contestar. El wub esperó pacientemente y aprovechó para secarse el agua de las mandíbulas. 
—Vamos a mi despacho —dijo el capitán por fin. 
Se giró y salió de la habitación. El wub se levantó y fue tras él. Los hombres lo siguieron con la mirada y oyeron como subía la escalera. 
—Me gustaría saber cómo terminará todo esto —dijo el cocinero—. Bien, vuelvo a la cocina. Informadme de cualquier novedad. 
—Claro —dijo Jones—. Claro. 
El wub se dejó caer en un rincón con un suspiro. 
—Le ruego me disculpe, pero me encantan todas las formas de descansar. Cuando se es tan grande como yo... 
El capitán asintió con un gesto de impaciencia. Tomó asiento ante su escritorio y entrelazó las manos. 
—Bien, empecemos de una vez. Es usted un wub, si no me equivoco. 
—Creo que sí. Quiero decir que así es como nos llaman los nativos, aunque tenemos nuestra propia denominación. 
—Habla nuestro idioma. ¿Estuvo en contacto con terrícolas anteriormente? 
—No. 
—Entonces. ¿cómo lo hace? 
—¿Hablar su idioma? ¿Estoy hablando en su idioma? No soy consciente de hablar ninguna lengua en particular. Examiné su mente... 
—¿Mi mente? 
—Estudié los contenidos, en especial el depósito semántico, como yo lo llamo... 
—Entiendo. Telepatía, claro. 
—Somos una raza muy antigua. Muy antigua y voluminosa. Nos cuesta mucho desplazarnos. Como comprenderá, algo tan lento y pesado está a merced de formas más ágiles de vida. Consideramos que sería inútil basar nuestra supervivencia en la fuerza física. Demasiado pesados para correr, demasiado blandos para combatir, demasiado pacífico para cazar por diversión... 
—¿Y de qué viven? 
—Plantas, vegetales, comemos casi de todo. Somos tolerantes, liberales y eclécticos. Vivimos y dejamos vivir. Por eso hemos durado tanto. Y por eso me opuse con tanta vehemencia a ser introducido en una olla. Vi la imagen en su mente: la mayor parte de mi cuerpo en el congelador, otra en la olla, un pedacito para el gato... 
—¿Así que lee la mente? —interrumpió el capitán—. Muy interesante. ¿Qué más? Quiero decir, ¿posee alguna otra capacidad semejante? 
—Nada importante —respondió el wub distraído, paseando la mirada por la habitación—. Un bonito despacho, capitán, muy limpio. Respeto las formas de vida que aman la pulcritud. Algunas aves marcianas son muy aseadas: sacan los desperdicios del nido y luego barren. 
—Fascinante, pero volviendo a lo que hablábamos... 
—Desde luego. Usted habló de cocinarme. Según he oído, el sabor es agradable. Un poco grasos, pero tiernos. Pero ¿cómo lograremos establecer una relación perdurable entre su pueblo y el mío si persiste en actitudes tan bárbaras? ¿Comerme? Deberíamos discutir otras cuestiones: filosofía, arte... 
—¡Filosofía! —exclamó el capitán poniéndose en pie—. Quizá le interese saber que el próximo mes apenas tendremos nada para comer, algunas provisiones se han echado a perder... 
—Lo sé —asintió con la cabeza el wub—. Pero ¿no estaría más de acuerdo con sus principios democráticos que lo sorteáramos? Después de todo, la democracia consiste en proteger a las minorías de tales abusos. Si cada uno tiene derecho a votar... 
El capitán caminó hacia la puerta. 
—Está loco —rezongó. 
Abrió la puerta. Abrió la boca. 
Se quedó petrificado, con la boca abierta, la mirada perdida, los dedos aún sujetos al tirador. 
El wub le miró. Luego salió de la habitación y pasó por delante del capitán. Se alejó por el corredor, absorto en sus pensamientos. 
La habitación estaba en silencio. 
—Como verá —dijo el wub— tenemos mitos comunes. Sus mentes albergan muchos símbolos mitológicos familiares: Ishtar, Ulises... 
Peterson estaba sentado sin decir nada, con la vista fija en el suelo. Se removió en su silla. 
—Siga —dijo—. Siga por favor. 
—Su Ulises es una figura común a casi todas las razas autoconscientes. Desde mi punto de vista, Ulises vaga como un individuo consciente de sí como tal. Es la idea de la separación, la separación de la familia o del país. El proceso de individuación. 
—Pero Ulises acaba por volver a casa. —Peterson miró por el ojo de buey las estrellas, las incontables estrellas que brillaban con intensidad en el universo vacío—. Al final, vuelve a casa. 
—Como lo hacen todas las criaturas. El momento de la separación es un período transitorio, un breve viaje del alma. Tiene un principio y un fin. El viajero errante regresa a su país y a su raza... 
La puerta se abrió. El wub se calló y volvió su gran cabeza. 
El capitán Franco entró en la habitación seguido de sus hombres. Titubearon en el umbral. 
—¿Te encuentras bien? —preguntó French. 
—¿Te refieres a mí? —replicó Peterson, sorprendido—. ¿Por qué? 
—Ven aquí —ordenó el capitán Franco empuñando una pistola—. Levántate y acércate. 
Hubo un silencio. 
—Adelante —dijo el wub—. No importa. 
Peterson se puso en pie. 
—¿Para qué? 
—Es una orden. 
Peterson se dirigió hacia la puerta. French le cogió del brazo. 
—¿Qué pasa? —Peterson se soltó con un movimiento brusco—. ¿Qué os pasa a todos? 
El capitán Franco avanzó hacia el wub. El wub le miró desde el rincón en donde estaba echado junto a la pared. 
—Es interesante que siga obsesionado con la idea de comerme. Me pregunto la razón. 
—Levántese —ordenó Franco. 
—Si insiste... —El wub se levantó con un gruñido—. Tenga paciencia. Me cuesta mucho. 
Logró ponerse en pie, jadeando y con la lengua fuera. 
—Mátelo ya —dijo French. 
—¡Por el amor de Dios! —exclamó Peterson. 
Jones se giró hacia él con los ojos llenos de miedo. 
—Tú no le viste... como una estatua con la boca abierta. Aún seguiría allí si no hubiéramos bajado. 
—¿Quién? ¿El capitán? —preguntó Peterson— Pero si ya está bien. 
Todos miraban al wub, parado en mitad de la habitación. Respiraba entrecortadamente. 
—Vamos —dijo Franco—. Apártense. 
Los hombres se apelotonaron en la puerta. 
—Tiene miedo. ¿verdad? —habló el wub— ¿Qué le he hecho?. Me repugna la idea de lastimar a alguien. Sólo he intentado protegerme. ¿Esperaba que me precipitara alegremente hacia mi muerte? Soy un ser tan sensible como ustedes. Tenía curiosidad por ver su nave, por saber algo más sobre sus costumbres. Le sugerí al nativo... 
La pistola osciló. 
—¿Ven? —dijo Franco—. Ya me lo pensaba. 
El wub se tiró al suelo, tembloroso. Estiró las patas y enrolló la cola. 
—Hace mucho calor —dijo—. Debemos estar cerca de los motores. Energía atómica. Desde un punto de vista técnico han logrado cosas maravillosas, pero sus científicos no están preparados para resolver problemas morales, éticos... 
Franco se volvió hacia los tripulantes, apiñados a su espalda, silenciosos y con los ojos abiertos de par en par. 
—Yo lo haré. Pueden mirar, si quieren. 
—Trate de darle en el cerebro —aprobó French—. No es comestible. No tire al pecho. Si la caja torácica revienta, tendremos que ir sacando los huesos. 
—Escuchad —dijo Peterson lamiéndose los labios—. ¿Qué ha hecho? ¿Ha causado algún mal? Os estoy haciendo una pregunta. Y, además, es mío. No tenéis derecho a matarlo. No es vuestro. 
Franco levantó la pistola. 
—Yo me voy —dijo Jones, pálido y descompuesto—. No quiero verlo. 
—Yo también —le imitó French. 
Ambos salieron tropezando y murmurando. Peterson permaneció junto a la puerta. 
—Me hablaba de los mitos —musitó—. Es incapaz de hacerle daño a nadie. 
Se marchó. 
Franco se acercó al wub. Éste levantó los ojos y tragó saliva. 
—Qué locura —dijo—. Lamento que desee hacerlo. Recuerdo una parábola de su Salvador... 
Se interrumpió y fijó la vista en la pistola. 
—¿Será capaz de mirarme a los ojos cuando lo haga? ¿Será capaz? 
—Desde luego. Allá en la granja teníamos cerdos, apestosos jabalíes. Claro que seré capaz. 
Sin apartar la mirada de los ojos húmedos y brillantes del wub, apretó el gatillo. 

El sabor era excelente. 
Estaban sentados con semblante de tristeza alrededor de la mesa; algunos apenas comían. El único que parecía disfrutar del plato era el capitán Franco. 
—¿Más? —preguntó—. ¿Más? ¿Un poco más de vino? 
—Yo no —respondió French—. Vuelvo a la sala de control. 
—Yo tampoco. —Jones se puso en pie y empujó la silla hacia atrás—. Nos veremos más tarde.
El capitán les vio marcharse. Algunos de los que quedaban también se excusaron. 
—¿Qué les ocurre a todos? —preguntó el capitán a Peterson. 
Éste permanecía sentado con la vista fija en el plato, en las patatas, en los guisantes y en el trozo de carne humeante y tierna. 
Abrió la boca, pero no emitió ningún sonido. 
El capitán apoyó la mano en el hombro de Peterson. 
—Ahora es tan sólo materia orgánica. La esencia vital ha desaparecido. —Mojó un trozo de pan en la salsa—. Me gusta comer. Es uno de los grandes placeres de la vida. Comer, descansar, meditar, discutir de algunas cosas. 
Peterson asintió con un gesto. Otros dos hombres se levantaron y se marcharon. El capitán bebió agua y suspiró. 
—Bien, he de admitir que es una comida muy agradable. Todo lo que me habían dicho acerca del... sabor del wub era cierto. Exquisito. Aunque me advirtieron, hace tiempo, que no lo hiciera nunca. 
Se secó los labios con la servilleta y se recostó en la silla. Peterson miraba la mesa con expresión de tristeza. 
El capitán le observó atentamente. Luego se inclinó hacia adelante. 
—Vamos, vamos, anímese. Hablemos de cualquier cosa. 
Sonrió. 
—Como decía antes de que me interrumpieran, el papel de Ulises en los mitos... 
Peterson se levantó de un salto con los ojos bien abiertos. 
—Como iba diciendo, Ulises, desde mi punto de vista...

martes, 12 de abril de 2016

En defensa propia (Rodolfo Walsh)


Rodolfo Walsh en el delta


- "Yo, a lo último, no servía para comisario" - dijo Laurenzi, tomando el café que se le había enfriado -. "Estaba viendo las cosas, y no quería verlas. Los problemas en que se mete la gente, y la manera que tiene de resolverlos, y la forma en que yo los habría resuelto. Eso, sobre todo. Vea, es mejor poner los zapatos sobre el escritorio, como en el biógrafo, que las propias ideas. Yo notaba que me iba poniendo flojo, y era porque quería pensar, ponerme en el lugar de los demás, hacerme cargo. Y así hice dos o tres macanas, hasta que me jubilé. Una de esas macanas es la que le voy a contar. 
Fue allá por el cuarenta, y en La Plata. Eso le indica" - murmuró con sarcasmo, mirando la plaza llena de sol a través de la ventana del café - "que mi fortuna política estaba en ascenso, porque usted sabe cómo me han tenido a mí, rodando por todos los destacamentos y comisarías de la provincia.
La fecha justa también se la puedo decir. Era la noche de San Pedro y San Pablo, el 29 de junio. ¿No le hace gracia que aún hoy se prendan fogatas ese día?"
- Es por el solsticio estival - expliqué modestamente.
- "Usted quiere decir el verano. El verano de ellos que trajeron de Europa la fiesta y el nombre de la fiesta".
- Desconfíe también del nombre, comisario. Eran antiguos festivales celtas. Con el fuego ayudaban al sol a mantenerse en el camino más alto de cielo. 
- "Será. La cuestión es que hacía un frío que no le cuento. Yo tenía un despacho muy grande y una estufita de kerosén que daba risa. Fíjese, había momentos en que lo que más deseaba era ser de nuevo un simple vigilante, como cuando empecé, tomar mate o café con ellos en la cocina, donde seguramente hacía calor y no se pensaba en nada.
Serían las diez de la noche cuando sonó el teléfono. Era una voz tranquila, la voz del juez Reynal, diciendo que acababa de matar un ladrón en su casa, y que si yo podía ir a ver. Así que me puse el perramus y fui a ver.
Con los jueces, para qué lo voy a engañar, nunca me entendí. La ley de los jueces siempre termina por enfrentarlo a uno con un malandra que esa noche tiene más suerte, o mejor puntería, o un poco más de coraje que seis meses antes, o dos años antes, cuando uno lo vio por última vez con una vereda y una 45 de por medio. Uno sabe cómo entran, cómo no va a saber, después de verlo llorando y, si se descuida, pidiendo por su madre. Lo que no sabe, es cómo salen. Después hasta le piden fuego por la calle, y usted se calla y se va a baraja porque se palpita que hay un chiste en alguna parte, y no vaya a resultar que el chiste es a costa suya.
Iba pensado en estas cosas mientras caminaba entre las fogatas que la garúa no terminaba de apagar, esquivando los buscapiés de la juventud que también festejaba, como dice usted, lo alto que andaba el sol y, seguramente, la cosecha próxima, y los campos llenos de flores. Para distraerme, empecé a recordar lo que sabía del doctor Reynal. Era el juez de instrucción más viejo de La Plata, un caballero inmaculado y todo eso, viudo, solo e inaccesible.
Entré por un portoncito de fierro, atravesé el jardín mojado, recuerdo que había unas azaleas que empezaban a florecer y unos pinos que chorreaban agua en la sombra. La cancel estaba abierta, pero había luz en una ventana y seguí sin tocar el timbre. Conocía la casa, porque el doctor solía llamarnos cada tanto, para ver cómo andaba un sumario o para darnos un sermón. Tenía ojos de lince para los vicios de procedimiento, la sangre de sus venas pasaba por el código y no se cansaba de invocar la majestad de la justicia, la de antes. Y yo que hasta tengo que cuidar la ortografía, y no hablo de los vicios de procedimiento ya va a ver. Pero yo no era el único. Conozco algunos que pretendían tomarlo en farra, pero se les caían las medias cuando tenían que enfrentarlo.
Y es que era un viejo imponente, con una gran cabeza de cadáver porque año a año la cara se le iba chupando más y más, hasta que la piel parecía pegada a los huesos, como si no quisiera dejarle nada a la muerte. Así lo recuerdo esa noche, vestido de negro y con un pañuelo de seda al cuello. 
Con este hombre yo me guardaba un viejo entripado, porque una vez en la misma comisaría, adonde llegó como bala me soltó al tuerto Landívar, que tenía dos muertes sin probar, y más tarde iba a tener otra. Nunca olvidé lo que me dijo Es mejor que ande suelto un asesino, y no una ruedita de la justicia. ¿Y el peligro? - le pregunté. El peligro lo corremos todos- dijo. Pero fui yo el que tuve que matarlo a Landívar, cuando al fin hizo la pata ancha en los galpones de Tolosa, y yo me acordé del doctor, del doctor y de su madre". 

El comisario se agarró el mentón y meneó la cabeza. Como si se riera de alguna ocurrencia secreta, y después soltó una verdadera carcajada, una risa asmática y un poco dolorosa.

- "Bueno, ahí estaba sentado ante su escritorio, como si nada hubiera pasado, absorto en uno de esos libracos de filosofía, o vaya a saber qué, pero en todo caso algo importante, porque apenas alzó la cabeza al verme en la puerta y siguió leyendo hasta que llegó al final de un párrafo que marcó con una uña afilada y como de vidrio. Tuve tiempo de sacarme el sombrero mojado, de pensar dónde lo pondría, de ver el bulto en el suelo, que era un hombre, de codearme con un jinete de bronce y, en general, de sentirme como un auxiliar tercero que lo van a amonestar. Recién entonces el viejo cerró el libro, cruzó los dedos y se quedó mirándome con esos ojos que siempre parecían estar haciendo la seña del as de espadas.
Le pregunté, de buen modo, qué quería que hiciera. Contestó que yo sabía cuál era mi deber, que yo conocía o debía conocer el Código de Procedimientos, que el desde ya su remplazante de turno era el doctor Fulano, y que no lo tomara a mal si, ya que estaba, observaba con interés profesional la forma en que yo encauzaba el sumario.
Le aseguré que no faltaba más. Le dije si estaba bien que le hiciera una inspección ocular. Hizo que sí con la cabeza. ¿Y que le preguntara algunas cosas y que lo tuviese demorado hasta que el doctor fulano dispusiera lo contrario? Entonces se echó a reír y comentó Muy bien, muy bien, eso me gusta.
Moví con el pie la cara del muerto, que estaba boca abajo frente al escritorio, y me encontré con un antiguo conocido, Justo Luzati, por mal nombre El Jilguero, y también El Alcahuete, con fama de cantor y de otras cosas que en su ambiente nadie apreciaba. Supe tratarlo bastante en un tiempo, hasta que lo perdí de vista en un hospital, pobre tipo.
Pero resultaba bueno verlo muerto así, al fin con un gesto de hombre en la cara flaca donde parecía faltarle unos huesos y sobrarle otros, y un 32 empuñado a lo hombre en la mano derecha, y todavía ese gesto bravío de apretar el gatillo a quemarropa, cuando ya le iban a tirar, o le estaban tirando, y le tiraron nomás y el plomo del 38 que el doctor sacó de algún cajón lo sentó de traste. Y entonces se acostó despacio a lagrimear un poco y a morir.
Pero ese viejo, era cosa de ver, o de imaginar, la sangre fría, de ese viejo. Dejó el 38 sobre la mesa, con cuidado porque era una prueba. Me llamó por teléfono, sin levantarse siquiera, porque no había que tocar nada. Y siguió leyendo el libro que leía cuando entró Luzati. 
-¿Lo conoce doctor?- le pregunté.
- Nunca lo había visto.
Entonces, mientras lo estaba mirando, descubrí ese estropicio en la biblioteca que tenía detrás de él. 
- ¿Y de eso - señalé - no pensaba decirme nada?.
- Usted tiene ojos - respondió.
Había una hilera de tomos encuadernados en azul, creo que era la colección de La Ley. Y uno estaba medio destripado, le salían serpentinas y plumitas de papel, y al lado había un marco de plata boca abajo, un retrato con la foto y el vidrio perforados. 
- Quédese quieto, doctor, no se mueva- le previne y le di la vuelta al escritorio, me paré donde se había parado Luzati, donde todavía estaba el agua de sus zapatos y desde allí miré al viejo, y luego detrás del viejo, y nuevamente esa cara cadavérica y severa. Pero él me corrigió: - Un poquito más a la izquierda - dijo. 
- ¿Qué se siente, doctor, cuando a uno le erran por tan poco?
- No se siente nada- contestó - y usted lo sabe.
Entonces me agaché, saqué el 32 de entre los dedos de Luzati, abrí el tambor y allí estaba la cápsula picada y el resto de la carga completa, y hasta el olor de la pólvora fresca. Todo listo y empaquetado para el gabinete Vucetich, donde seguramente iban a encontrar que el plomo de la biblioteca correspondía al 32, y que el ángulo de tiro estaba bien, y todo estaba bien, y se lo iban a ilustrar con dibujitos y rayas coloradas, verdes y amarillas para probar nomás que el doctor había matado en defensa propia.
Puse el 32 junto al otro, sobre el escritorio, y fue entonces cuando él me oyó decir Qué raro y me miró sin moverse.
- ¿Qué raro doctor?- le dije caminando otra vez hacia la biblioteca - que usted, que solía tener tan buena memoria, se haya olvidado de este pájaro cantor. Porque si a mi no me falla, hace cuatro años usted sentenció en una causa Vallejo contra Luzati por tentativa de extorsión.
Él se echó a reír.
- ¿Y eso? - dijo -. Como si yo fuera a acordarme de todas las sentencias que dicto.
- Entonces tampoco recordará que en el treinta lo condenó por tráfico de drogas.
Me pareció que daba un brinco, que iba a pararse, pero se contuvo, porque era un viejo duro, y apenas se pasó una mano por la frente.
- En el treinta - murmuró -. Puede ser. Son muchos años. Pero usted quiere decir que no vino a robar sino a vengarse.
- Todavía no se lo quiero decir. Pero qué raro, doctor. Qué raro que este infeliz, que nunca asaltó a nadie, porque era una rata, un pobre diablo que hoy se puso la mejor ropa para venir a verlo a usted - alguien que vivía de la pequeña delación, del pequeño chantaje, del pequeño contrabando de drogas; alguien que si llevaba un arma encima era para darse coraje -, que ese tipo, de golpe, se convierta en asaltante y venga a asaltarlo a usted ...

Entonces él cambió de postura por primera vez, giró con el sillón, y me vio con el retrato entre las manos, ese retrato de una muchacha lejana, inocente y dulce, si no fuera por los ojos que eran los ojos oscuros y un poco fanáticos del juez, esa cara que sonreía desde lejos aunque estaba destrozada de un tiro certero, porque el vencido amor y la sombra del odio que le sigue tienen una infalible puntería.
Le devolví el retrato, le dije Guardeló. Esto no tiene por qué figurar aquí y me senté en cualquier parte sin pedirle permiso, pero no porque le hubiera perdido el respeto, sino porque necesitaba pensar y hacerme cargo y estar solo. Pensar, por ejemplo, en esa cara que yo había visto dos años antes en una comisaría de Mar del Plata, esa cara devastada, ya no inocente, repetida en la foto de un prontuario donde decía simplemente Alicia Reynal, toxicómana, etc. Pero cuando pasó un rato muy largo, lo único que se me ocurrió decirle fue:
- ¿Hace mucho que no la ve?
- Mucho - dijo, y ya no habló más, y se quedó mirando algo que no estaba.
Entonces volví a pensar, y ahí debió ser cuando descubrí que ya no servía para comisario. Porque estaba viendo todo, y no quería verlo. Estaba viendo cómo El Alcahuete había conocido a aquella mujer, y hasta le había vendido marihuana o lo que sea, y de golpe, figúrese usted, había averiguado quién era. Estaba viendo con qué facilidad se le ocurrió extorsionar al padre, que era un hombre inmaculado, un pilar de la sociedad, y de paso cobrarse las dos temporadas que estuvo en Olmos. Estaba viendo cómo el viejo lo esperó con el escenario listo, el tiro que él mismo disparó - un petardo más en esa noche de petardos - contra la biblioteca y contra aquel fantasma del retrato. Estaba viendo el 32 descargado sobre el escritorio, para que Luzati lo manoteara a último momento y hasta apretara el gatillo cuando el viejo le apuntó. Y lo fácil que fue después abrir el tambor y volver a cargarlo, sin sacarlo de las manos del muerto, que era donde debía estar.
Estaba viendo todo, pero si pasaba un rato más ya no iba a ver nada, porque no quería ver nada. Aunque al fin me paré y le dije:
- No sé lo que va a hacer usted, doctor, pero he estado pensando en lo difícil que es ser un comisario y lo difícil que es ser un juez. Usted dice que este hombre quiso asaltarlo y que usted lo madrugó. Todo el mundo le va a creer y, yo mismo, si mañana lo leo en el diario, es capaz que lo creo. Al fin y al cabo, es mejor que ande suelto un asesino, y no una ruedita de la compasión.
Era inútil. Ya no me escuchaba. Al salir me agaché por segunda vez junto al Alcahuete y, de un bolsillo del impermeable, saqué la pistola de pequeño calibre que sabía que iba a encontrar allí y me la guardé. Todavía la tengo. Habría parecido raro, un muerto con dos armas encima".
El comisario bostezó y miró su reloj. Le esperaban a almorzar.
- ¿Y el juez? - pregunté.
- "Lo absolvieron. Quince días después renunció, y al año se murió de una de esas enfermedades que tienen los viejos".

La lucha del hombre (Roberto Arlt)





Para sobrevivir en las islas hay que tener pasión por la libertad bucólica que nace de la fraternidad con la tierra y el árbol. Hay hombres que tienen la  pasión del dinero que pueden producir el árbol sobre la tierra y esos están condenados a ver quebrados sus esfuerzos. Podrían tener éxito en la llanura o en las montañas, nunca lo tendrán en el Delta.
           Allí fracasaron compañías organizadas para explotar la producción local. El albardón, el pajonal, la laguna, la tierra floja que casi nunca soporta el peso de un tractor, las alimañas que se multiplican, anularon el esfuerzo de sociedades que para prosperar tienen que contabilizar el esfuerzo. La pala y la guadaña de hoja corta son los únicos instrumentos que permiten abrirse paso en ese reducido espejo del infierno verde.
             De allí que las islas han sido colonizadas, no por hombres que pretendían enriquecerse, sino por hombres que querían vivir sin que les fatigaran la dignidad. Claro está que muchos de ellos no sabían absolutamente de la existencia de esta palabra. Para ellos el problema era más simple. No estaban dispuestos a continuar trabajando en la ciudad. Querían vivir sin tener que luchar personalmente con el hombre.  No es el caso de describir batallas, pero el salvaje combate a librar con la naturaleza les pareció preferible a todas las calamidades que la civilización vierte a cubos sobre la cabeza del pobre.
Esta es la historia de casi todos los pobladores iniciales del Delta. Algunos se fueron a vivir a ranchos de barro con techos de totora. Sus vecinos descubrieron que tenían dientes de oro pero no se extrañaron.
La naturaleza les presentó batalla. Fue la humedad del subsuelo sin drenar, los roedores, el exceso de lluvias, las piedras del cielo, la creciente del río.
Resistieron.
El primer año la mayoría de ellos tuvo que dedicarse a plantar verduras y a cuidar aves. Otros, aparte de cultivar sus tierras, salían a trabajar a la casa de un vecino cuya posición era más holgada. El segundo año recogieron mimbres, los descascararon y los vendieron. El tercer año, algunos-además del mimbre-podían hachar un poco de madera de sauce y venderla; el cuarto, ciertos frutales comenzaron a cargarse de fruta. Entonces, la naturaleza les envió el séquito de sus demonios.
Los hongos parásitos que se multiplican a velocidades increíbles y derrumban a un gigante vegetal; los piojos, los pulgones, los gusanos, las bacterias que aniquilan la savia del árbol, las pestes misteriosas que no se pueden localizar en qué zona de la raíz, del tronco o del follaje se refugian.
Algunos resistieron.
Entonces, la naturaleza les descargó andanadas de langostas, después inundaciones. Los plantíos se pudrían durante meses debajo de una sábana de agua inmóvil y centelleante al resplandor de un sol de fuego, algunos hombres quedaron moralmente deshechos por las acometividades salvajes de estos demonios y desesperados abandonaron las islas; otros, para no morirse de hambre, enviaron a sus mujeres y a sus hijos a trabajar a la ciudad y ellos se quedaron luchando en el barro del delta, desagotando las tierras, cavando  zanjas, talando la vegetación maligna.
Y, otra vez, el árbol débil surgió del suelo.
Pero como ellos estaban casi incomunicados, ya que las comunicaciones en el Delta son costosas, circunscriptos a sus islas estos hombres tuvieron que improvisarse herreros, carpinteros, tuvieron que ensayar sistemas de cultivo, de poda, de injerto, hacer de médicos, de agrónomos y de albañiles, y a través de la ejecución de trabajos tan diferentes adquirieron la ciencia de las cosas, esa ciencia que es el privilegio de Ulises, orgulloso, no sólo de su inflexible arco, sino también de haber construido su propia cama.
Así se resistieron. Así sobrevivieron. Este es el término. Cada hombre que podemos ver en el Delta es el sobreviviente de una multitud de fracasados. De allí que esta lucha en las islas les conformó una voluntad de hierro, un sentido de independencia y una individualidad tan extraordinaria que yo diría que el Delta argentino es uno de los pocos lugares del mundo donde aún existe un puñado de hombres libres.
Poco importa que algunos de estos hombres libres sean analfabetos o que en ciertas circunstancias se comporten como unos perfectos brutos; lo importante es que allí descubrimos asentada una casta de hombres cuya fuerza moral es un suceso.
Casi todos llegaron pobres a las islas, casi todos sabían que nunca se enriquecerían. Yo he visitado en el Delta a dueños de quintas que habitaban la hermosa casa que habían construido con sus propias manos, que comían el pan fabricado con el trigo que sembraron, sobre la mesa construida con la madera de un árbol que ellos plantaron, me hicieron admirar las máquinas rústicas que la necesidad les hizo inventar, y me sentí emocionado frente a la sabiduría patriarcal que trascendían todas sus palabras.
Algunos me mostraron copudos árboles frutales, cuyas heridas habían restañado cuando eran jóvenes; otros me hicieron pasear entre millares de manzanos cuyas estacas habían plantado; otros entre bosques de álamos- sauces que parecían tocar la cúpula del cielo, mientras con sus callosas manos acariciaban la rústica piel vegetal, las únicas palabras que pronunciaron fueron éstas:
-Cuando yo vine a la isla, éstos no existían. Todo lo he hecho yo.


Publicada originalmente en el diario "El Mundo" en 1941
editada por Ediciones en Danza, 2016

miércoles, 23 de marzo de 2016

Nos presentamos (María Angeles Benitez)




A veces de
N oche me visitan
G igantes que parecen
E strellas bajo la
L luvia de este
E sperado y hermoso
S ueño

Nos presentamos (Nicolás Ezequiel Meza Gómez)




oticias
nminentes: a los
C orredores de
O kinawa no
L os vieron por un
A ccidente en
S olar Flight

Nos presentamos (Sebastián García)





Sueño con el

Espectro que puede

Bailar en el

Aire por

Sitios inesperados

Tropieza con

Iguanas que flotan en el

Aeródromo con las

Nutrias


Sebastián García 1°B


martes, 22 de marzo de 2016

Las figuritas de Federico (Guillermo Saccomanno)







WALTER, EL ENCARGADO DEL EDIFICIO, apenas pasa los treinta, pero parece menor porque tiene facciones aliñadas y un cuerpo macizo y fibroso que mueve con el desgarbo de un adolescente, vestido siempre de buzo, vaqueros y zapatillas. Si alguien le habla, antes de contestar con su voz aflautada y sumisa, Walter frunce las cejas y, al desviar la mirada, se vuelve un chico tímido y asustado que se ve venir un castigo. Como ahora Federico, acorralado contra la pared de la cocina, con las figuritas apretadas en un puño que esconde en la espalda.
–Dame las figuritas –le sonríe Walter–. Dámelas Federico.
Y Federico se pega a la pared:
–No, pa –porque cada vez que su padre lo llama Federico y no Fede pone alerta.
La sonrisa de Walter es dócil, la misma sonrisa que logra que el consorcio piense que Walter es un portero macanudo, cumplidor y dispuesto. Pero a Federico no lo confunde.
Walter piensa que ese chico no sale a él. Más bien, sale a la madre; tiene su carácter, sus ínfulas. Y, como ella, es engañador y pretensioso. Morocho, cetrino, con ojos impasibles de gato y, cuando le conviene, con los gestos tan rápidos y veloces como lengüetazos de un sapo, Federico atrapa lo que desea y después vuelve a su quietud imperturbable. Cuando está en el departamento, en especial si está su madre, Federico es un muñeco que acapara todas sus atenciones. Gladys lo mima, lo consiente y le habla con diminutivos, infantilizándose. Para ella, Federico es una mascota. Y Walter un actor secundario que entró por equivocación en una escena que no le correspondía.
Al pensar en estas cosas, Walter piensa también que no olvidará esa vez que Federico le dijo a unos chicos que su padre era el dueño del edificio. En eso, piensa, sale, a la madre, que haces unos meses se hizo la cirugía estética y se tiñó de rubio. Aunque tiene la edad de su marido, Gladys parece su hermana mayor. La operación y la tintura, en lugar de rejuvenecerla, le agregaron años.
–Prefiero ser una mujer atractiva y no una chica boba.–dice Gladys.
El matrimonio vino de uruguay hace unos años. Vio en este balneario de la costa la oportunidad de ahorrar y progresar. Teniendo la vivienda, se puede, pensaron. Y se gasta menos que en una ciudad como Buenos Aires.
Walter tiene trabajo más fuerte en los meses de verano, con los propietarios y los inquilinos de la temporada. Entonces, además del mantenimiento del edificio, Walter se encarga de proveer las garrafas de gas, los sifones y los diarios, y de cumplir cualquier otro pedido que le hagan, por caprichoso que sea. En enero y febrero Walter duerme cuatro horas al día porque de noche se emplea como sereno en un hotelito de la vuelta. Hay que exprimir la temporada, dice. Recién en marzo respira tranquilo. Se permite bajar a la playa, tomar sol y hacer algún asado en la parrilla del consorcio, en el jardín trasero del edificio.
Durante todo el año, Gladys trabaja de secretaria en una escribanía del pueblo. Tiene estudios secundarios y, a diferencia de su marido, dice que le gusta leer y estar informada. Porque, como ella dice, tiene una preparación. Todas las mañanas, para ir a la escribanía, se arregla y se maquilla como si la oficina fuera una fiesta. Al terminar de vestirse y maquillarse, no deja que Walter la toque. Lo esquiva cuando se le acerca para darle un beso.
Desde que empezó a trabajar en la escribanía, Gladys empezó a fumar. Como Walter le tiene prohibido fumar en el departamento, lo hace en el hall del edificio. En las tardes de verano, mientras fuma un cigarrillo tras otro, conversa con las turistas inquilinas, vecinas ocasionales de la temporada.
–Nosotros somos gente de clase media –dice Gladys–. Y esto es de momento.
Esto alude en particular al trabajo de Walter, el departamento de un ambiente con kitchenette que ocupan en el contrafrente del primer piso, un ambiente húmedo y sombrío que Gladys ha dividido con un modular cargado de fascículos encuadernados, jarrones, estatuillas y portarretratos que se exhiben como trofeos. El departamento resulta más estrecho de lo que es por el espacio que ocupan la heladera con freezer cuatro estrellas, el televisor y la videocasettera, la mesa y las sillas de estilo que Gladys compró en un remate de Mar del Plata. En un costado, casi en un rincón, está la cama de Federico. Del otro lado del modular, la cama matrimonial entre dos mesitas de luz. A sus pies, en cada ángulo, hay dos sillones de algarrobo con almohadones de cuadros verdes y rojos, una oferta que Gladys tampoco dejó pasar. El balcón está protegido detrás de una cortina de voile crema. En los meses de invierno, como ahora, Walter tiene más tiempo. Y está casi todo el día en el edificio. Uno siempre encuentra que hacer, dice.
Mientras Gladys está en la escribanía, de nueve a una y de tres a ocho, Walter se dedica a las cosas de la casa y a Federico. Menos planchar, Walter hace de todo: lava, limpia, cocina, y ayuda con los deberes al chico. El sueldo de Gladys es más importante que el suyo. De este modo, si él la reemplaza en las cosas de la casa, pueden guardarlo casi íntegro. A Walter no le molesta lavar, limpiar, cocinar y cuidar a Federico. Hasta le encuentra gusto. Y le sirve para probar que, si quisiera, podría vivir sin Gladys. Si los hombres se ponen, piensa, hacen mejor estas cosas que las mujeres. Por ejemplo, las milanesas. Esta noche Walter va a cocinar milanesas. Las prepara con un aire de ajo y perejil. Le salen menos aceitosas que a su mujer.
Pero lo que hizo Federico casi le arruina las ganas de cocinar.
Esta mañana vinieron en una camioneta los de la cooperativa de electricidad a cortarle el suministro al inquilino del tercero E. Es un polaco sesentón, alto, huesudo, que suele venir algunos días todos los meses fuera de temporada. El polaco es un tipo huraño y solitario, lo que explica que venga a la costa cuando está desierta. Por las mañanas y las tardes sale a caminar horas por la playa y el pinar, sin importarle ni el viento ni el frío. Si la temperatura es muy baja, el polaco sale enfundado en un viejo sobretodo negro. Una tarde, Walter se lo cruzó en el bosque. Fue como una aparición. Alto, el pelo más blanco que amarillo, con las solapas anchas de su sobretodo negro levantadas y las manos en los bolsillos, el polaco venía hacia él avanzando entre los troncos. Walter lo saludó como pidiendo disculpas. El polaco le devolvió el saludo curvando apenas los labios delgados, clavándole sus ojos casi transparentes, acuosos, irritados por el frío, en una mirada penetrante. Alguna vez el polaco le pidió que le limpiara el departamento. Cuando Walter lo hizo se sorprendió con la austeridad en que vivía el inquilino. El departamento era de un ambiente, como el suyo, pero no tenía más que una cama, una mesa y una silla incómoda. Y sin embargo, parecía una sala enorme. Sobre la mesa había una radio portátil, una pila de cuadernos, libretas y lápices. Walter curioseó. No pudo entender ni la letra ni el idioma. Prendió la radio, sintonizada en Sodre, la de música clásica. La apagó de inmediato, con temor, y enseguida dudó de que la hubiera encendido. Volvió a dejar los cuadernos como los había encontrado y, nervioso, apurado, trató de limpiar el departamento lo más rápido posible.
Todo lo que pudo averiguar Walter sobre el inquilino se lo contó Gladys, que lo supo a través de la dueña del departamento, una tendera del centro, cuyo hijo va al colegio con Federico. Lo que pudo averiguar no fue mucho más de lo que la dueña sabía: el polaco es descendiente de nobles, trabajó en un banco, se retiró y nadie tiene idea de qué vive. Habla lo mínimo indispensable con un marcado acento extranjero y tono imperativo. Walter piensa que por algo el polaco no tiene familia. Todo en él es un misterio. Y así como después de habérselo cruzado aquella tarde en el bosque Walter pensó que había sido una aparición, no una presencia real, después de limpiar su departamento Walter había empezado a creer que allí habitaba un fantasma, un espíritu poderoso y magnético que vigilaba sus acciones y pensamientos aun cuando Walter no pudiera verlo.
Esta mañana, cuando Walter venía de hacer las compras, vio la camioneta de la cooperativa, los peones de overol y el polaco discutiendo. No había recibido la factura, protestaba el polaco. Por eso no había pagado. Walter intercedió: Quizá se la habían enviado a la dueña, dijo. Otras veces lo habían hecho.
Y eso había pasado. La cooperativa le envió la factura a la dueña del departamento. Y ella, un mediodía, a la salida de clase, se la había dado a Federico para que se la entregara a su padre y él al inquilino. Pero Federico la había perdido.
El polaco volvía de sus caminatas al anochecer. Entonces Walter lo obligó a Federico a tocarle timbre al inquilino y pedirle disculpas. Esperaron juntos que el polaco abriera.
–Dice mi papá que me perdone –le dijo Federico.

–No –dijo Walter–. Yo no digo nada. Usted es el que perdió la factura. Y por usted casi lo dejan sin luz al señor. Así que es usted el que le pide disculpas. No yo.
–Son cosas de chicos –dijo el polaco, con una suavidad de la que Walter no lo hubiera creído capaz, revolviéndole el pelo a Federico. Y después, áspero, como si esa dulzura hubiera sido una ilusión óptica de Walter– : Déjelo en paz.
Y era una orden.
–Federico, a casa –dijo Walter. Se puso colorado al decirlo.
El polaco no le dio tiempo a decir nada más. Cerró con desprecio la puerta.
No es de hombres abusar de la fuerza, piensa Walter. No hay que levantarle la mano ni a las mujeres ni a los chicos. Una sola vez estuvo a punto de pegarle a Gladys, porque sospechó que lo engañaba con el escribano. Después, por unas semanas, ella fue a trabajar sin maquillarse ni pintarse los labios y se reconciliaron. Sin embargo, Walter no quedó conforme.
Ahora, por encima de Walter, está la lámpara de la cocina. Su sombra se proyecta sobre el chico como la sombra de un gigante de dibujo animado.
–Perdoname, pa.
–Dame esas figuritas, Federico.
El chico da un salto, buscando la puerta del departamento. Pero la kitchenette, aunque Gladys la llame cocina, no es más que un pasillo angosto. Walter ataja al chico. Lo agarra de un brazo y lo aprieta hasta que él abre el puño y las figuritas caen sobre los mosaicos.
–Levantalas –le dice.
Y el chico se agacha para juntarlas.
–Las tirás a la basura.
El chico lo enfrenta con la mirada de odio de Gladys.

–Cuando mi padre me miraba a los ojos yo bajaba la vista –dice Walter–. ¿Entendido?
De mala gana, el chico abre el placard inferior de la mesada. Debajo de la pileta está el cubo de plástico anaranjado.
Federico tira las figuritas una a una.
–Todas –dice Walter–. Esa también
El chico se traga las lágrimas.
–Así me gusta –dice Walter.
–¿Me puedo ir?
–¿Dónde quiere ir?
–A jugar.
–Es de noche.
–¿Puedo ver la tele?
–¿Y los deberes?
–No tengo deberes.
–No me mienta, que se acuesta sin comer.
Después que Federico se sienta a la mesa con el cuaderno, el manual y la cartuchera, Walter se apura a preparar la cena. Ya son casi las nueve. Gladys debería haber llegado.
Walter pica el ajo, el perejil, rompe los huevos y pela las papas, porque las milanesas las va a acompañar con puré. Tira las cáscaras en la basura, sobre las figuritas en el fondo de la bolsa de residuos.
Mañana por la mañana, piensa, cuando despierte a Federico para ir al colegio, le dirá que puede sacar las figuritas de la basura antes de que cambie la bolsa de residuos. Peor hubiera sido que lo mandara a la cama sin comer. Una picardía hubiera sido. Porque las milanesas van a e