jueves, 25 de mayo de 2017

Versiones de un poema de Adela Basch: Si alguien me amara (Juana Lavagna)



christian schloe


Si alguien me amara
aquí y ahora
cantando sobre mi cara
en un río plácido
si alguien me ofreciera su amistad
mi respuesta sería, no sé
¿qué es un no sé como respuesta?
el mundo es como un globo
no siempre está inflado
nunca haría lo que hiciste
ni muerta lo haría
en el fluir de las voces
junto al murmullo de los pájaros
cualquier cobarde huye
Yo también fui cobarde
una rosa que brotaba de una tierna semilla
pasa rápido el tiempo
en el reloj del alma
rompimos el hechizo
en la última marea.


Versiones de un poema de Adela Basch: Juncal (Lara Mettini)





Si alguien me busca
aquí, ahora
me encontrará llorando
sobre la costa
de un río helado
si alguien me pregunta
que siento
la respuesta es nada
¿Qué espero diciéndole al río
lo que siento?
no importa
el mundo es triste y oscuro
no hay buenos recuerdos
en el pasado
ni antes del pasado
nada pasa
aquí, ahora
en el fluir de las lágrimas
junto al río helado
también soy helada
por dentro
el río lo sabe
una lágrima frágil y fuerte

pasa por mi cara y cae

Versiones de un poema de Adela Basch: Si alguien me busca (Camila Seuster)


Benjamín Lacombe



Si alguien me busca aquí y ahora
en este instante
en que estoy tirada
sobre la costa de un río
Si alguien me dice
¿qué hacés?
y no respondo
es que me dejo llevar
el mundo es un solo mar
sin tiempo ni pasado
aquí donde hablamos
en el fluir del mar
junto al viento
el río sabe que lo amamos
una rosa de fuego el poema
el sol es un hechizo
donde florece la niebla
otoñea en las islas
toda el agua se mueve
y fluye

Versiones de un poema de Adela Basch: En el río (Verónica Cañete)


Christian Schloe



Si alguien me llama
aquí, ahora
en este instante en el que me siento
sobre el pasto
de un río claro

si alguien me quiere
mi corazón contento
¿esperaría que llegue el momento?
¿lo que sea correcto?

aquí, donde el mundo es tan grande y azul
que no es horrible ni espantoso
el río sabe
que lo que es , será
aquí, donde nace el amor
en el fluir del agua
junto al campo
en cualquier momento
yo también me enamoro

el río sabe
mi canción frágil y fuerte
que no tiene fin entre las olas
y el ocaso donde me hechiza

el flujo de la marea

Versiones de un poema de Adela Basch: Una Carta (Aldana Sosna)


Kiyo Tanaka






Si alguien me gustara
aquí, ahora
en este instante
en que estoy enamorada
sobre la cama
de un río
en el que beben
agua los pájaros

si alguien me besara
mi corazón
que es libre
esperaría
una carta

de amor

Versiones de un poema de Adela Basch: El amor profundo (Tomás Calderoni)



                                                                                                                                               Claudia Prezioso


Si alguien te quiere
aquí, ahora
y cuando sea
sobre la niebla
de un río
con muchos árboles

Si alguien me quiere
mi cuerpo brilla

¿qué es querer?

¿qué espero de la vida?

El mundo es inmenso
no tiene nada de malo
ni falta nada
si alguien te quiere.

Versiones de un poema de Adela Basch: Mirar las estrellas (Denise Niederberger)

                                                                                                                                             matías acosta



Si alguien me cantara
aquí, ahora
en este momento en que
estoy admirando las estrellas
sobre mi bote
en un río cálido

Si alguien me cantara
me preguntaría
¿qué mirás?

Miro esas linternas
que están en el cielo
y guardan sueños de niños

El mundo es como un espejo
que no tiene fin 
ni perfección
lo que hace que sea
más importante

es un fluir que no tiene fin

Junto a las estrellas
cualquier emoción hará que cante
y el río sabrá
cuando un sueño o sentimiento
frágil y fuerte 
pase fugaz
hacia el límite.

Denise Niederberger
1B

Versiones de un poema de Adela Basch: Mi confesión misteriosa (Elías Arricarte)


                                                                                                  daniela beracochea


Si alguien me abrazara
aquí, ahora
en este instante en que me voy
sobre la mañana
de un río dorado

Si alguien me quisiera
mi responsabilidad
sería quererlo

¿Qué es el amanecer sin sol?
¿qué espero de una persona sin conciencia?
Sea lo que sea
nunca lo descubriré

¿El mundo es lo que se llama vida?
¿que no quiere aceptar su destino?

Ni el dios más poderoso
podría hacer que no sienta nada
lo que ha pasado
no tiene antecedentes
aquí, donde alguien murió
en el fluir de las corrientes de la vida

junto al silencio del viento

Cualquier cobarde huye
yo también creo que los milagros existen
para que una flor se fije en mí
tendría que ser el sol

el río sabe que me encanta nadar en invierno
una rosa frágil y fuerte
no sabe que la amo
pasa frente a mí y no se da cuenta

Entre los árboles la veo
el momento en donde ella me hechizó
con que me vea
yo hago subir la marea

en el umbral del río
siento que me transformo
cielo del río en el que vuelo
la niebla no me deja ver
y los compañeros que veo son grisáceos
de no haber escrito esta poesía
no hubiera sido liberado

II

Otoñea en la isla
después de un largo verano
el río cruje
del otro lado del mundo
el agua se evapora
al pensar que me mira
y espero que ella me entienda

Elías Arricarte
1B

miércoles, 24 de mayo de 2017

La casa de azúcar (Silvina Ocampo)



ilustrador: Gabriel Pacheco

Las supersticiones no dejaban vivir a Cristina. Una moneda con la efigie borrada, una mancha de tinta, la luna vista a través de dos vidrios, las iniciales de su nombre grabadas por azar sobre el tronco de un cedro la enloquecían de temor. Cuando nos conocimos llevaba puesto un vestido verde, que siguió usando hasta que se rompió, pues me dijo que le traía suerte y que en cuanto se ponía otro, azul, que le sentaba mejor, no nos veíamos. Traté de combatir estas manías absurdas. Le hice notar que tenía un espejo roto en su cuarto y que por más que yo le insistiera en la conveniencia de tirar los espejos rotos al agua, en una noche de luna, para quitarse la mala suerte, lo guardaba; que jamás temió que la luz de la casa bruscamente se apagara, y a pesar de que fuera un anuncio seguro de muerte, encendía con tranquilidad cualquier número de velas; que siempre dejaba sobre la cama el sombrero, error en que nadie incurría. Sus temores eran personales. Se infligía verdaderas privaciones; por ejemplo: no podía comprar frutillas en el mes de diciembre, ni oír determinadas músicas, ni adornar la casa con peces rojos, que tanto le gustaban. Había ciertas calles que no podíamos cruzar, ciertas personas, ciertos cinematógrafos que no podíamos frecuentar. Al principio de nuestra relación, estas supersticiones me parecieron encantadoras, pero después empezaron a fastidiarme y a preocuparme seriamente. Cuando nos comprometimos tuvimos que buscar un departamento nuevo, pues según sus creencias, el destino de los ocupantes anteriores influiría sobre su vida (en ningún momento mencionaba la mía, como si el peligro le amenazara sólo a ella y nuestras vidas no estuvieran unidas por el amor). Recorrimos todos los barrios de la ciudad; llegamos a los suburbios más alejados, en busca de un departamento que nadie hubiera habitado: todos estaban alquilados o vendidos Por fin encontré una casita en la calle Montes de Oca, que parecía de azúcar. Su blancura brillaba con extraordinaria luminosidad. Tenía teléfono y, en el frente, un diminuto jardín. Pensé que esa casa era recién construida, pero me enteré de que en 1930 la había ocupado una familia, y que después, para alquilarla, el propietario le había hecho algunos arreglos. Tuve que hacer creer a Cristina que nadie había vivido en la casa y que era el lugar ideal: la casa de nuestros sueños. Cuando Cristina la vio, exclamó:
¡Qué diferente de los departamentos que hemos visto! Aquí se respira olor a limpio. Nadie podrá influir en nuestras vidas y ensuciarlas con pensamientos que envician el aire.
En pocos días nos casamos y nos instalamos allí. Mis suegros nos regalaron los muebles del dormitorio, y mis padres los del comedor. El resto de la casa lo amueblaríamos de a poco. Yo temía que, por los vecinos, Cristina se enterara de mi mentira, pero felizmente hacía sus compras fuera del barrio y jamás conversaba con ellos. Éramos felices, tan felices que a veces me daba miedo. Parecía que la tranquilidad nunca se rompería en aquella casa de azúcar, hasta que un llamado telefónico destruyó mi ilusión. Felizmente Cristina no atendió aquella vez el teléfono, pero quizá lo atendiera en una oportunidad análoga. La persona que llamaba preguntó por la señora Violeta: indudablemente se trataba de la inquilina anterior. Sí Cristina se enteraba de que yo la había engañado, nuestra felicidad seguramente concluiría: no me hablaría más, pediría nuestro divorcio, y en el mejor de los casos tendríamos que dejar la casa para irnos a vivir, tal vez a Villa Urquiza, tal vez a Quilmes, de pensionistas en alguna de las casas donde nos prometieron darnos un lugarcito para construir ¿con qué? (con basura, pues con mejores materiales no me alcanzaría el dinero) un cuarto y una cocina. Durante la noche yo tenía cuidado de descolgar el tubo, para que ningún llamado inoportuno nos despertara. Coloqué un buzón en la puerta de calle; fui el depositario de la llave, el distribuidor de cartas.
Una mañana temprano golpearon a la puerta y alguien dejó un paquete Desde mi cuarto oí que mi mujer protestaba, luego oí el ruido del papel estrujado. Bajé la escalera y encontré a Cristina con un vestido de terciopelo entre los brazos.
- Acaban de traerme este vestido me dijo con entusiasmo.
Subió corriendo !as escaleras y se puso el vestido, que era muy escotado.
-¿Cuándo te lo mandaste hacer?
Hace tiempo. ¿Me queda bien? Lo usaré cuando tengamos que ir al teatro, ¿no te parece?
-¿Con qué dinero lo pagaste?
-Mamá me regaló unos pesos.
Me pareció raro, Pero no le dije nada, para no ofenderla.
Nos queríamos con locura. Pero mi inquietud comenzó a molestarme, hasta para abrazar a Cristina por la noche. Advertí que su carácter había cambiado: de alegre se convirtió en triste, de comunicativa en reservada, de tranquila en nerviosa. No tenía apetito. Ya no preparaba esos ricos postres, un poco pesados, a base de cremas batidas y de chocolate, que me agradaban, ni adornaba periódicamente la casa con volantes de nylon, en las tapas de la letrina, en las repisas del comedor, en los armarios, en todas partes como era su costumbre. Ya no me esperaba con vainillas a la hora del té, ni tenía ganas de ir al teatro o al cinematógrafo de noche, ni siquiera cuando nos mandaban entradas de regalo Una tarde entró un perro en el jardín y se acostó frente a la puerta de calle, aullando. Cristina le dio carne y le dio de beber y, después de un baño, que le cambió el color del pelo, declaró que le daría hospitalidad y que lo bautizaría con el nombre Amor, porque llegaba a nuestra casa en un momento de verdadero amor. El perro tenía el paladar negro, lo que indica pureza de raza.
Otra tarde llegué de improviso a casa. Me detuve en la entrada porque vi una bicicleta apostada en el jardín - Entré silencíosamente y me escurrí detrás de una puerta y oí la voz de Cristina.
-¿Qué quiere? repitió dos veces.
-Vengo a buscar mi perro -decía la voz de una muchacha-. Pasó tantas veces frente a esta casa que se ha encariñado con ella. Esta casa parece de azúcar. Desde que la pintaron, llama la atención de todos los transeúntes. Pero a mí me gustaba más antes, con ese color rosado y romántico de las casas viejas. Esta casa era muy misteriosa para mí. Todo me gustaba en ella: la fuente donde venían a beber los pajaritos; las enredaderas con flores, como cornetas amarillas; el naranjo. Desde que tengo ocho años esperaba conocerla a usted, desde aquel día en que hablamos por teléfono, ¿recuerda? Prometió que iba a regalarme un barrilete.
-Los barriletes son juegos de varones.
-Los juguetes no tienen sexo. Los barriletes me gustaban porque eran como enormes pájaros; me hacía la ilusión de volar sobre sus alas. Para usted fue un juego prometerme ese barrilete; yo no dormí en toda la noche. Nos encontramos en la panadería, usted estaba de espaldas y no vi su cara. Desde ese día no pensé en otra cosa que en usted, en cómo sería su cara, su alma, sus ademanes de mentirosa. Nunca me regaló aquel barrilete. Los árboles me hablaban de sus mentiras. Luego fuimos a vivir a Morón, con mis padres. Ahora, desde hace una semana estoy de nuevo aquí.
Hace tres meses que vivo en esta casa, y antes jamás frecuenté estos barrios. Usted estará confundida.
-Yo la había imaginado tal como es. ¡La imaginé tantas veces! Para colmo de la casualidad, mi marido estuvo de novio con usted.
-No estuve de novia sino con mi marido. ¿Cómo se llama este perro?
-Bruto.
-Lléveselo, por favor. antes que me encariñe con él.
Violeta, escúcheme. Si llevo el perro a mi casa, se morirá. No lo puedo cuidar. Vivimos en un departamento muy chico. Mi marido y yo trabajamos y no hay nadie que lo saque a pasear.
No me llamo Violeta. ¿Qué edad tiene?
-¿Bruto? Dos años. ¿Quiere quedarse con él? Yo vendría a visitarlo de vez en cuando, porque lo quiero mucho.
-A mi marido no le gustaría recibir desconocidos en su casa, ni que aceptara un perro de regalo.
-No se lo diga, entonces. La esperaré todos los lunes a las siete de la tarde en la plaza Colombia. ¿Sabe dónde es? Frente a la iglesia Santa Felicitas, o si no la esperaré donde usted quiera y a la hora que prefiera; por ejemplo, en el puente de Constitución o en el parque Lezama. Me contentaré con ver los ojos de Bruto. ¿Me hará el favor de quedarse con él?
-Bueno. Me quedaré con él
-Gracias, Violeta.
-No me llamo Violeta.
-¿Cambió de nombre? Para nosotros usted es Violeta. Siempre la misma misteriosa Violeta.
Oí el ruido seco de la puerta y el taconeo de Cristina, subiendo la escalera. Tardé un rato en salir de mi escondite y en fingir que acababa de llegar. A pesar de haber comprobado la inocencia del diálogo, no sé por qué, una sorda desconfianza comenzó a devorarme Me pareció que había presenciado una representación de teatro y que la realidad era otra. No confesé a Cristina que había sorprendido la visita de esa muchacha. Esperé los acontecimientos, temiendo siempre que Cristina descubriera mi mentira, lamentando que estuviéramos instalados en ese barrio. Yo pasaba todas las tardes por la plaza que queda frente a la iglesia de Santa Felicitas, para comprobar si Cristina había acudido a la cita. Cristina parecía no advertir mi inquietud. A veces llegué a creer que yo había soñado. Abrazando al perro, un día Cristina me preguntó:
-¿Te gustaría que me llamara Violeta?
-No me gusta el nombre de las flores.
-Pero Violeta es lindo. Es un color.
-Prefiero tu nombre.
Un sábado, al atardecer, la encontré en el puente de Constitución, asomada sobre el parapeto de fierro Me acerqué y no se inmutó.
-¿Qué haces aquí?
-Estoy curioseando. Me gusta ver las vías desde arriba.
-Es un lugar muy lúgubre y no me gusta que andes sola.
-No me parece tan lúgubre. ¿Y por qué no puedo andar sola?
-¿Te gusta el humo negro de las locomotoras?
-Me gustan los medios de transporte. Soñar con viajes. Irme sin irme. "Ir y quedar y con quedar partirse."
Volvimos a casa. Enloquecido de celos (¿celos de qué? De todo), durante el trayecto apenas le hablé.
-Podríamos tal vez comprar alguna casita en San Isidro o en Olivos, es tan desagradable este barrio -le dije, fingiendo que me era posible adquirir una casa en esos lugares.
-No creas. Tenemos muy cerca de aquí el parque Lezama.
-Es una desolación. Las estatuas están rotas, las fuentes sin agua, los árboles apestados. Mendigos, viejos y lisiados van con bolsas, para tirar o recoger basuras.
-No me fijo en esas cosas.
-Antes no querías sentarte en un banco donde alguien había comido mandarinas o pan.
-He cambiado mucho,
-Por mucho que hayas cambiado, no puede gustarte un parque como ése. Ya sé que tiene un museo con leones de mármol que cuidan la entrada y que jugabas allí en tu infancia, pero eso no quiere decir nada.
-No te comprendo -me respondió Cristina. Y sentí que me despreciaba, con un desprecio que podía conducirla al odio.
Durante días, que me parecieron años, la vigilé, tratando de disimular mi ansiedad. Todas las tardes pasaba por la plaza frente a la iglesia y los sábados por el horrible puente negro de Constitución. Un día me aventuré a decir a Cristina:
Si descubriéramos que esta casa fue habitada por otras personas ¿qué harías, Cristina? ¿Te irías de aquí?
-Si una persona hubiera vivido en esta casa, esa persona tendría que ser como esas figuritas de azúcar que hay en los postres o en las tortas de cumpleaños: una persona dulce como el azúcar. Esta casa me inspira confianza ¿será el jardincito de la entrada que me infunde tranquilidad? ¡No sé! No me iría de aquí por todo el oro del mundo. Además no tendríamos adónde ir. Tú mismo me lo dijiste hace un tiempo.
No insistí, porque iba a pura pérdida. Para conformarme pensé que el tiempo compondría las cosas.
Una mañana sonó el timbre de la puerta de calle. Yo estaba afeitándome y oí la voz de Cristina. Cuando concluí de afeitarme, mi mujer ya estaba hablando con la intrusa. Por la abertura de la puerta las espié. La intrusa tenía una voz tan grave y los pies tan grandes que eché a reír.
-Si usted vuelve a ver a Daniel, lo pagará muy caro, Violeta.
-No sé quién es Daniel y no me llamo Violeta -respondió mí mujer.
-Usted está mintiendo.
-No miento. No tengo nada que ver con Daniel.
-Yo quiero que usted sepa las cosas como son.
-No quiero escucharla.
Cristina se tapó las orejas con las manos. Entré en el cuarto y dije a la intrusa que se fuera. De cerca le miré los pies, las manos y el cuello. Entonces advertí que era un hombre disfrazado de mujer. No me dio tiempo de pensar en lo que debía hacer; como un relámpago desapareció dejando la puerta entreabierta tras de sí.
No comentamos el episodio con Cristina; jamás comprenderé por qué; era como si nuestros labios hubieran estado sellados para todo lo que no fuese besos nerviosos, insatisfechos o palabras inútiles. En aquellos días, tan tristes para mí, a Cristina le dio por cantar. Su voz era agradable, pero me exasperaba, porque formaba parte de ese mundo secreto, que la alejaba de mí. Por qué, si nunca había cantado, ahora cantaba noche y día mientras se vestía o se bañaba o cocinaba o cerraba las persianas!
Un día en que oí a Cristina exclamar con un aire enigmático:
Sospecho que estoy heredando la vida de alguien. las dichas y las penas, las equivocaciones y los aciertos. Estoy embrujada -fingí no oír esa frase atormentadora. Sin embargo, no sé por qué empecé a averiguar en el barrio quién era Violeta, dónde estaba, todos los detalles de su vida.
A media cuadra de nuestra casa había una tienda donde vendían tarjetas postales, papel, cuadernos, lápices, gomas de borrar y juguetes. Para mis averiguaciones, la vendedora de esa tienda me pareció la persona más indicada; era charlatana y curiosa, sensible a las lisonjas. Con el pretexto de comprar un, cuaderno y lápices, fui una tarde a conversar con ella. Le alabé los ojos, las manos, el pelo. Nunca me atreví a pronunciar la palabra Violeta. Le expliqué que éramos vecinos. Le pregunté finalmente quién había vivido en nuestra casa. Tímidamente le dije:
-¿No vivía una tal Violeta?
Me contestó cosas muy vagas, que me inquietaron más. Al día siguiente traté de averiguar en el almacén algunos otros detalles. Me dijeron que Violeta estaba en un sanatorio frenopático y me dieron la dirección.
Canto con una voz que no es mía -me dijo Cristina, renovando su aire misterioso. Antes me hubiera afligido, pero ahora me deleita. Soy otra persona, tal vez más feliz que yo.
Fingí de nuevo no haberla oído. Yo estaba leyendo el diario.
De tanto averiguar detalles de la vida de Violeta, confieso que desatendía a Cristina.
Fui al sanatorio frenopático, que quedaba en Flores. Ahí pregunté por Violeta y me dieron la dirección de Arsenia López, su profesora de canto.
Tuve que tornar el tren en Retiro, para que me llevara a Olivos. Durante el trayecto una tierrita me entró en un ojo, de modo que en el momento de llegar a la casa de Arsenia López, se me caían las lágrimas, como si estuviese llorando. Desde la puerta de calle oí voces de mujeres, que hacían gárgaras con las escalas, acompañadas de un piano, que parecía más bien un organillo.
Alta, delgada, aterradora apareció en el fondo de un corredor Arsenia López, con un lápiz en la mano. Le dije tímidamente que venía a buscar noticias de Violeta.
-¿Usted es el marido?
-No, soy un pariente -le respondí secándome los ojos con un pañuelo.
-Usted será uno de sus innumerables admiradores -me dijo, entornando los ojos y tomándome la mano-. Vendrá para saber lo que todos quieren saber, ¿cómo fueron los últimos días de Violeta? Siéntese. No hay que imaginar que una persona muerta forzosamente haya sido pura, fiel, buena.
-Quiere consolarme -le dije.
Ella, oprimiendo mi mano con su mano húmeda, contestó:
-Sí. Quiero consolarlo. Violeta era no sólo mi discípula, sino mi íntima amiga. Si se disgustó conmigo, fue tal vez porque me hizo demasiadas confidencias y porque ya no podía engañarme. Los últimos días que la vi, se lamentó amargamente de su suerte. Murió de envidia. Repetía sin cesar. "Alguien me ha robado la vida, pero lo pagará muy caro. No tendré mi vestido de terciopelo, ella lo tendrá; Bruto será de ella; los hombres no se disfrazarán de mujer para entrar en mi casa sino en la de ella; perderé la voz que transmitiré a esa otra garganta indigna; no nos abrazaremos con Daniel en el puente de Constitución, ilusionados con un amor imposible, inclinados como antaño, sobre la baranda de hierro, viendo los trenes alejarse."
Arsenia López me miró en los ojos y me dijo:
-No se aflija. Encontrará muchas mujeres más leales. Ya sabemos que era hermosa ¿pero acaso la hermosura es lo único bueno que hay en el mundo?
Mudo, horrorizado, me alejé de aquella casa, sin revelar mi nombre a Arsenia López que, al despedirse de mí, intentó abrazarme, para demostrar su simpatía.
Desde ese día Cristina se transformó, para mí, al menos, en Violeta. Traté de seguirla a todas horas, para descubrirla en los brazos de sus amantes. Me alejé tanto de ella que la vi como a una extraña. Una noche de invierno huyó. La busqué hasta el alba.
Ya no sé quién fue víctima de quién, en esa casa de azúcar que ahora está deshabitada.



jueves, 4 de mayo de 2017

Mi historia en la isla (Anyelén Hernández)




Parte de mi historia se remonta a la época de la colonia. A grandes rasgos cuento un poco cómo es. La bisabuela de mi abuelo materno era africana. Fue atrapada con perros y traída en un barco negrero, tuvo la suerte de trabajar para la familia de Alzaga quienes le dieron la libertad, quedándose con ellos hasta que conoció a un italiano con el que vino a recorrer la isla. Así llegaron al Arroyo Merlo, en la provincia de Entre Ríos.
Pagaron a un abogado para realizar las escrituras de los terrenos pero al no poder saber ni leer ni escribir fueron estafados y echados.
Tuvieron veinticuatro hijos, entre ellos uno nombrado en libros de historia de Entre Ríos (lo conocían como Matasiete).Luego bisabuelos se establecieron donde vivo y construyeron la casa que actualmente tiene 91 años

En la casa donde trascurre los 13 años de mi vida  pues no conozco otra casa que esta,concurrí al jardín y primaria en la Escuela 31 de Manzano de la Barca tengo 4 hermanas ,ahora concurro a la Técnica 1 y curso 2C

Memoria isleña: Camila Seuster entrevista a su papá

miércoles, 3 de mayo de 2017

El relato de terror

EL RELATO DE TERROR O CÓMO HORRORIZAR A LOS LECTORES EL MIEDO ES UNA SENSACIÓN QUE EXPERIMENTAMOS TODOS LOS SERES HUMANOS EN ALGÚN MOMENTO DE NUESTRAS VIDAS- Y QUE, POR LO TANTO, HA ESTADO PRESENTE EN LOS RELATOS DE LAS DIVERSAS CULTURAS DESDE TIEMPOS INMEMORIALES. 


Nosferatu, el vampiro (1922) fue una de las primeras películas del género de terror. El filme, que tiene un gran parecido con la historia de Drácula, la novela de Bram Stoker, es considerado una de las mejores películas sobre vampiros. 

La historia del género 

El miedo a la muerte y a lo desconocido está presente desde los tiempos más antiguos en los relatos folclóricos de las diferentes culturas del planeta. Sin embargo, a partir del movimiento romántico, que tuvo lugar desde fines del siglo XVIII y durante el siglo XIX, el terror ocupó un lugar propio en la literatura occidental. El género de terror tuvo un importante desarrollo en el mundo anglosajón donde surgió el subgénero de la novela gótica, llamada así porque muchos de sus textos tienen como escenario principal castillos medievales, repletos de túneles, pasadizos, sombras y ruidos extraños. Por ejemplo, la célebre novela Frankenstein, de la autora inglesa Mary Shelley (1797-1851), pertenece a este género. Otro subgénero del terror es el relato de fantasmas, que tiene entre sus textos más destacados la novela Otra vuelta de tuerca, del escritor estadounidense Henry James (1843-1916). 
En la conformación del género de terror hubo dos escritores estadounidenses que realizaron aportes fundamentales a este tipo de literatura: Edgar Allan Poe (1809-1849) introdujo el terror psicológico, que se convirtió en un nuevo terreno para el género, mientras que Howard Philips Lovecraft (1890-1937) creó un universo terrorífico compuesto por una mitología, una geografía y una cultura propias.

Las características del género 

Los relatos de terror tienen la intención de provocar miedo en los lectores. Para alcanzar este efecto, apelan a los temores más profundos de los seres humanos, como el pánico a la muerte, a lo sobrenatural o a la locura. Para despertar estas sensaciones en el lector, la literatura de terror suele emplear los siguientes recursos: 
• Seres aterradores: vampiros, fantasmas, zombis, hombres lobo o monstruos creados por el ser humano. 
• Personas con las facultades mentales alteradas: en muchos casos, los protagonistas u otros personajes de los relatos tienen alteraciones psicológicas que los incitan a cometer actos que no llevarían a cabo si estuvieran en su sano juicio, como sucede en "Berenice". e Ambientes atemorizantes: los hechos transcurren en lugares inhóspitos y abandonados, como antiguos castillos con pasadizos y túneles, cementerios, criptas, ruinas o bosques sombríos. 
• Objetos terroríficos: a veces un objeto provoca el espanto, como una muñeca que cobra vida o talismanes y amuletos que tienen efectos negativos sobre su entorno. 
• Alteración del mundo cotidiano: en muchos textos se representa un mundo cotidiano y familiar para el lector en el que la presencia de un elemento anormal, extraño y muchas veces sobrenatural transgrede las leyes de la realidad y provoca espanto. 

Para escuchar la versión del cuento "El extraño", de H. P. Lovecraft, narrada por el escritor argentino Alberto Laiseca,




La trama narrativa 

La mayoría de los relatos de terror presentan una trama narrativa clásica compuesta por los siguientes elementos: 
Marco narrativo: es la presentación de los personajes, del lugar en el que sucederá el relato y del tiempo. 
• Situación inicial: es la situación de equilibrio de fuerzas con la que se inicia el suceso que será narrado. 
Complicación: se trata de algún hecho o elemento que rompe el equilibrio inicial y frente al cual los personajes actúan de determinada manera. A su vez, las acciones de los personajes generan nuevas situaciones que se derivan de la complicación. 
Resolución: es el fin de la complicación, una solución que puede resultar positiva o negativa para los protagonistas.
Situación final: es una nueva situación de equilibrio a la que se llega luego de la resolución del conflicto y sobre la que ha operado la transformación de las acciones. 


El narrador 

En los textos narrativos, el narrador es la voz que relata la historia. Este no debe confundirse con el autor, la persona real que escribe el texto, como sucede, por ejemplo, en "Berenice", donde el autor es Edgar Allan Poe, y el narrador, Egaeus. 
Existen diferentes tipos de narradores que pueden clasificarse de acuerdo a dos parámetros: su ubicación respecto de lo narrado, y la focalización, que se determina por el punto de vista que adopta y la cantidad de información que conoce a partir de esa perspectiva. Según su ubicación respecto de lo narrado el narrador se clasifica en: 
Narrador fuera de la historia 
El narrador no forma parte de los sucesos que se narran. 
Narrador dentro de la historia 
El narrador forma parte de los sucesos que se narran. 
Puede ser uno de los protagonistas o un personaje secundario. 

Según la focalización que adopta, se clasifica en: 

Focalización cero El narrador observa todo lo que sucede, lo que piensan y sienten todos los personajes, y brinda información sobre lo que aconteció, acontece y podría acontecer. 
Focalización interna El narrador toma el punto de vista de un personaje y sabe solo lo que conoce ese personaje. 
Focalización externa El narrador describe lo que puede verse y oírse, pero no conoce lo que piensa ninguno de los personajes. 


1. Vean el video y, luego, escriban un párrafo que explique si se trata o no de un relato de terror. Expliquen por qué. 






2. Formen grupos de cuatro compañeros y confeccionen en sus carpetas un cuadro como el siguiente: 
SERES ATERRADORES 
AMBIENTES ATEMORIZANTES 
Escriban la mayor cantidad de ítems de cada categoría. Lean en voz alta lo que anotaron y tachen los que están repetidos con los otros grupos.Cuenten cuántos elementos quedaron sin tachar en cada grupo. Gana el equipo que tenga más. 

3. El cuento "Berenice", ¿tiene o no una trama narrativa clásica? Redacten un párrafo que explique su opinión. 4. Lean el siguiente fragmento de la novela Frankenstein, de Mary Shelley. Luego indiquen el tipo de ubicación y de focalización del narrador. Cuando contaba diecisiete años, mis padres decidieron que fuera a estudiar a la universidad de Ingolstadt. Hasta entonces había ido a los colegios de Ginebra, pero mi padre consideró conveniente que, para completar mi educación, me familiarizara con las costumbres de otros países. Se fijó mi marcha para una fecha próxima, pero, antes de que llegara el día acordado, sucedió la primera desgracia de mi vida, como si fuera un presagio de mis futuros sufrimientos. a. Reescriban el fragmento anterior cambiando la ubicación y la focalización del narrador. 



Bram Stoker


Una de las novelas de terror más famosas de todos los tiempos es Dracula, publicada en 1897 por el irlandés Bram Stoker. Algunas personas afirman que una de las fuentes de inspiración de Stoker fue la historia de la condesa húngara Erzsébet Báthory, quien, en el siglo XVII, había sido acusada de matar a jóvenes doncellas para bañarse con su sangre, porque creía que era una forma de obtener la juventud eterna. 




*El material reproducido aquí pertenece al libro Prácticas del Lenguaje 2 (Activados / Puerto de Palos) y se reproduce con fines didácticos