viernes, 22 de mayo de 2015

La Patria para mí es (Aylén Mansilla y Araceli Bello)





El arte y la belleza
la escarapela
la cultura
la lengua
la chacarera
el folklore y el cine
las tortas fritas
el tango y el asado
nuestra bandera
la libertad

son placeres
que siento
al decir
MI PATRIA
y quiero que los sientas
también vos

taller de haiku (Aylén Mansilla y Araceli Bello)




el universo:
pasó ante mis ojos
el color del agua

***

el espantapájaros
parece vegetal
cuando llora suavemente


taller de haiku (Franco Muñoz)

Ranita trepadora /Gabriel Martino




En la rama del sueño
el hocico de la rana
exhala la luna

***

mil pequeños peces blancos
como hojitas de árbol
cuando saltaban

sábado, 2 de mayo de 2015

Una cara muy fea (Gustavo Roldán)




El piojo daba vueltas y vueltas y pegaba grandes saltos mortales arriba de la cabeza del ñandú.

-Eh, compadre, ¿qué le anda pasando? Me está haciendo un revoltijo en las plumas.

-Es que estoy ordenando mis ideas, pero ya están a punto. Mire, ahí llega don sapo para resolver mis dudas.

-Lo escucho y contesto como contestador automático. ¿Qué dudas anda teniendo amigo piojo?

-Don sapo, lo que no me puedo imaginar es cómo son esas gentes. ¿Son lindos? ¿Son feos?

-Feos, m’hijo. Muy feos.

-Eh, don sapo, usted siempre dice que no hay que andar criticando, y ahora nos viene con eso…

-Es que no lo digo yo. Es la opinión de ellos mismos.

-¿Dicen que son feos?

-No es que lo digan, pero siempre se andan tapando el cuerpo con trapos de colores. Apenas se dejan sin tapar la cara. Y si se esconden tanto, no debe ser porque se sientan lindos…

-¿Todo el cuerpo tapado? ¿Aunque haga calor?

-Todito, m’hijo. Todo tapado. Y lo peor, tienen que trabajar toda la vida para comprar esos trapos.

-¿Trabajar toda la vida? –dijo el monito sorprendido-.¿Tantos tienen que comprar?

-Muchos. No, muchos no, muchísimos. Compran unos para trabajar, otros para pasear, algunos para usar de día, otros de noche. Unos para los días comunes, otros para los días de fiesta…

-¡Están todos locos!

-No diga eso m’hijo. Si así están contentos…

-Bueno, estarán contentos, pero cómo se deben sentir de feos para hacer todo eso.

-Don sapo –dijo la garza blanca-, ¿y la cara? Porque usted dijo que en lacara no se ponen trapos.

-No, ahí no.

-Entonces no se ven tan fea la cara.

-No crea m’hija, no crea. No se ponen trapos, pero ni le cuento lo que hacen, en especial las mujeres: ¡Se pintan de todos los colores!

-¡Eh, don sapo!, ¿no nos está haciendo un cuento? –dijo el piojo.

-¿Un cuento? ¿Una mentira? ¿Yo? ¿Me creen capaz de andar inventando historias? No, m’hijo, todo lo que digo es cierto. Se pintan la boca, los cachetes, los ojos; de rojo, de verde, de azul, de negro, de cualquier color.

-¿Se pintan toda la cara?

-Toda, y de varios colores a la vez.

-¿Hasta las orejas?

-No, las orejas es lo único que no se pintan.

-Ah, bueno, por lo menos se ven lindas las orejas.

-Yo no dije eso. Dije que no se pintan.

-Por eso, será porque no se las ven tan feas.

-Es que hay otras cosas. No se pintan pero se hacen un agujero y se cuelgan piedritas de colores.

-Don sapo –dijo con un poco de timidez el monito-, usted sabe que nosotros le creemos todo lo que nos cuenta, pero eso de que alguien se haga un agujero en la oreja y se cuelgue piedritas de colores… No, don sapo, eso no puede ser cierto.

-Mire m’hijo, sé que algunos dicen que soy un sapo mentiroso, a lo mejor por alguna mentirita que dije cuando chico, pero ahora estoy hablando enserio. Y el sapo se fue silbando a pegar una zambullida en el río.

Los bichos se quedaron un rato callados, pensando. Después el mono dijo:

-¡Añamembuí! ¡Qué lindo miente don sapo!

-Cierto, -dijo el tapir-, un poco más y me hace creer que en Buenos Aires se agujerean las orejas y se cuelgan piedritas de colores…

-Y bueno –dijo el piojo-, aunque mentiroso, habría que darle un premio por la imaginación que tiene. ¡Pero miren si uno va a creer todas esas cosas!

Una piedra muy grande (Gustavo Roldán)




Esa tarde la lluvia caía y caía y un olor a tierra mojada llenaba el monte.

¡Eh, don sapo! -gritó el piojo desde debajo de la panza del ñandú-. ¡Aquí no nos moja la lluvia! ¡Qué oportunidad para que nos cuente un cuento!

- ¡Un cuento de Buenos Aires, don sapo! ¡Cuéntenos más de Buenos Aires! –pidió la garza blanca.

- ¡Eso, don sapo! –dijo el quirquincho-. ¿Qué les gusta a los que viven allá? ¿Tienen buena tierra? ¿Les gusta el olor de la tierra mojada?

- Son raros, no tienen tierra a mano, los pobres.

- ¿Cómo?


- ¿Qué no tienen tierra?

- ¡No puede ser, don sapo!

- ¡No nos hagas bromas, don sapo! ¡Cómo no van a tener tierra!

- Ya les explico. Tienen que pensar que allá las cosas son diferentes.

- Sí, pero no puedo creer que no tengan tierra.

- Y sin embargo es así. Todo todo es como una piedra muy grande y chata.

- ¿Una piedra muy grande?

- Sí. Tapa todo el suelo.

- ¿Tienen el suelo forrado?

- Sí, pero en el fondo se ve que la tierra les gusta, porque vuelta a vuelta la rompen y hacen grandes pozos, y ahí, debajo de la piedra, tienen tierra.

- ¿Y qué hacen con esa tierra?

- La sacan afuera, la tienen algunos días amontonada y después la vuelven a meter al pozo y la vuelven a tapar con la piedra.

- ¿Y siempre hacen eso?

- Todos los días. Cuando tapan un pozo se van un poco más allá y cavan otro pozo.

- ¿Y después lo tapan otra vez?

- Claro, pero otro poco más allá vuelven a cavar otro pozo.

- ¿Y así toda la vida?

- Parece.

- ¡Pero no tiene sentido, don sapo!

- Mire m’hijo, no se apure a juzgar. Se ve que a ellos les gusta hacerlo, y bueno. Lo que les aseguro es que cavan y cavan y rompen las piedras todo el día.

- Bueno, don sapo, pero lo que no entiendo es por qué no dejan toda esa tierra afuera del pozo y listo. La tienen a mano para toda la vida.

- Es que allá tienen muchas leyes, y parece que la ley dice que tiene que ser así.

- Bueno, unos cavan y cavan. ¿Y qué hacen los otros?

- Se paran y miran dentro del pozo. Se paran y miran. Por eso digo que les gusta la tierra.

- ¡Pobres! ¡Qué mala suerte tener esa piedra arriba! ¡El trabajo que les cuesta!

- Y bueno, amigo piojo, son cosas de la vida. No a todos nos toca la suerte de vivir en el monte.

viernes, 1 de mayo de 2015

Entrevista a Selva Almada (autora de "Chicas muertas") La Nación 16/7/2015


Selva Almada: “Las mujeres tenemos que dejar de criar misóginos y de tolerar el sistema patriarcal”


Andrea Danne, 19 años, asesinada en su casa en Entre Ríos en 1986.
María Luisa Quevedo, 15 años, asesinada en Chaco en 1983.
Sarita Mundín, asesinada en Córdoba en 1988.
Tres mujeres jóvenes asesinadas mucho antes de que usáramos la palabra femicidio para este tipo de crímenes. Tres muertes producto de una violencia de la que no se hablaba casi nada, esa violencia puntual que se ejerce contra las mujeres. Tres crímenes impunes.
Selva Almada estos casos, que conoció en su adolescencia, le quedaron resonando en la cabeza. Por eso decidió plasmarlos en su libro Chicas muertas (Literatura Random House).
“Cuando empecé a pensar en el libro, quería rescatar estos tres casos, creo que mi idea iba más por el lado de la crónica policial. Pero a medida que me fui metiendo en la escritura me fui dando cuenta de que no iba por ahí, de que lo que quería contar era otra cosa, más íntima, y era mi relación con la violencia contra las mujeres, mi propia experiencia siendo una mujer joven, de clase media baja, en la provincia”, explica la autora.
Pasaron muchos años y cientos de mujeres fueron asesinadas. Muchos de esos crímenes no fueron resueltos, incluso aquellos que tuvieron mucha difusión en los medios. ¿Cambió el panorama de la década del ochenta a hoy? Tal vez haya más consciencia de lo que es la violencia de género, pero para Selva Almada, todavía hay mucho por hacer.
“La educación en la familia y en la escuela desde la infancia es fundamental: las mujeres tenemos que dejar de criar misóginos y de tolerar el sistema patriarcal”, dice la escritora.
-¿Cómo surge la idea de escribir este libro?
-Uno de los casos, el de Andrea, ocurrió en un pueblo vecino al mío. Recuerdo que causó mucha conmoción, yo me sentí particularmente impactada. Con los años, supe que lo mismo les había pasado a otras mujeres de mi generación: sin saberlo o sin terminar de comprenderlo, muchas de nosotras nos estábamos desayunando de que existía un tipo de violencia puntual, la que se ejerce sobre las mujeres, y nos estábamos enterando de la manera más brutal, es decir el asesinato de una chica más o menos de nuestra edad. Así que la historia de Andrea estuvo siempre presente. Y cuando empecé a escribir, esa historia aparecía, incluso la abordo en forma de relato y ficcionada en un libro de cuentos. En algún momento empecé a pensar que tenía que escribirla pero ya no desde la ficción, que esa historia tenía que circular, tenía que conocerse, que era lo único que yo podía hacer para que no se perdiera la memoria de esta chica asesinada. Entonces me enteré del caso de María Luisa, más o menos de la misma época, y después del de Sarita. Todos en los años ochenta, todas adolescentes. Ahí me di cuenta de que tenía un corpus, que podía armar un proyecto y lo hice y lo presenté al Fondo de la Artes y me dieron una beca con la que pude hacer parte del trabajo de campo. A partir de ese material podía empezar a escribir un libro.
-¿Por qué elegiste particularmente estos tres casos?
-Los elegí porque ocurrieron en los años ochenta, en el interior del país; porque los tres quedaron impunes; porque nunca saltaron a la primera plana nacional. Eran casos desconocidos fuera de las provincias donde ocurrieron, no fueron casos mediáticos. Ellas eran adolescentes cuando las mataron y yo era adolescente en la misma época.
-Estos tres casos ocurrieron en un contexto en el cual no se conocía la palabra “femicidio” y poco –o nada- se hablaba de violencia de género ¿Es lo que quisiste manifestar al escribir estas historias?
-No, no se hablaba de violencia de género, mucho menos de femicidio. De hecho, no hace muchos años que los medios de comunicación incorporaron esta palabra a su vocabulario: todavía se decía “crimen pasional” en estos casos. No se hablaba del tema, pero obviamente existía. Y no se hablaba de esto porque estaba tan naturalizado que parecía parte de la cotidiana de ser una mujer. Cuando empecé a pensar en el libro, quería rescatar estos tres casos, creo que mi idea iba más por el lado de la crónica policial. Pero a medida que me fui metiendo en la escritura me fui dando cuenta de que no iba por ahí, de que el libro no pretendía ser un policial ni un ensayo sobre violencia de género ni una investigación periodística. Que lo que quería contar era otra cosa, más íntima, si querés, y era mi relación con la violencia contra las mujeres, mi propia experiencia siendo una mujer joven, de clase media baja, en la provincia. Y cómo, en cierto modo y aunque terminara de darme cuenta muchísimos años después, el asesinato de Andrea había sido una suerte de revelación de esa trama para mí.
-¿Cuáles son los puntos en común de estos tres casos, más allá de tratarse de tres mujeres asesinadas?
-Bueno, como te decía: mujeres muy jóvenes, de clase baja o media baja, de la misma generación, provincianas y con el mismo tremendo destino: la muerte y la impunidad, la falta de justicia. Contar sus historias es también contar una época, la manera muy precaria en la que se investigaba, la poca importancia que se le daban a estas muertes porque antes que nada se sospechaba de la propia víctima: era liberal, era una chinita que andaba con varios, la habrá matado un noviecito, era una puta.
-¿Pensás que si esos crímenes hubieran ocurrido en los años recientes se habría detenido a los asesinos, o al menos las investigaciones hubieran sido más minuciosas?
-No lo sé. Lamentablemente tenemos una mirada desconfiada de la justicia que está avalada por los hechos. Después de Andrea, María Luisa y Sarita fueron asesinadas cientos de otras mujeres y probablemente muchos de estos casos no se resolvieron, siguen impunes. Incluso hay muchos casos que han sido muy mediáticos como el de Nora Dalmasso, por ejemplo, que también sigue impune. Es decir que la denuncia, que estas historias capten el interés de los medios y de los ciudadanos tampoco es garantía de que vayan a encontrar justicia.
-¿Cómo fue el proceso de investigación? ¿Hubo obstáculos?
-No, no hubo obstáculos. Los familiares que colaboraron con el libro tuvieron la mejor predisposición y a los que no quisieron colaborar los respeté en su decisión, por supuesto. Los jueces también accedieron a darme entrevistas, a facilitarme el acceso a los expedientes. No, en ese sentido no tuve ningún problema.
-A la hora de pensar el título del libro ¿Cómo fue que decidiste llamarlo “Chicas muertas”?
Al principio era un título en la intimidad, nombrar el proyecto así para mí y para los amigos: sí, estoy laburando en el libro de las chicas muertas. Después empecé a pensar que el título era ese. A veces dudaba porque me parecía demasiado fuerte, demasiado directo. Finalmente cuando lo hablé con mi editora ella estuvo de acuerdo. Nos pareció que de este modo el libro iba directamente al grano desde la primera frase que es el título: era como decir: están matando mujeres, esto está lleno de muertas, hagámonos cargo.
-¿Creés que hoy hay mayor conciencia de lo que es la violencia de género? ¿Creés que se avanzó en ese sentido, que la situación de las mujeres mejoró?
-Hoy existen organismos que se ocupan de atender las denuncias, hay campañas que alertan contra la violencia de género, se habla un poco más del tema, hay leyes que castigan con más dureza a un femicida… pero todavía las mujeres estamos a la intemperie. Creo que la educación en la familia y en la escuela desde la infancia es fundamental: las mujeres tenemos que dejar de criar misóginos y de tolerar el sistema patriarcal.
Sobre la autora:  nació en Entre Ríos en 1973. Además de Chicas muertas, Selva Almada publicó El viento que arrasa (2012) ,el e-book Intemec (2012) Una chica de provincia (2007), Niños (2005) Mal de muñecas (2003).

Yzur (Leopoldo Lugones)



Compré el mono en el remate de un circo que había quebrado.

La primera vez que se me ocurrió tentar la experiencia a cuyo relato están dedicadas estas líneas, fue una tarde, leyendo no sé dónde, que los naturales de Java atribuían la falta de lenguaje articulado en los monos a la abstención, no a la incapacidad. "No hablan, decían, para que no los hagan trabajar".

Semejante idea, nada profunda al principio, acabó por preocuparme hasta convertirse en este postulado antropológico:

Los monos fueron hombres que por una u otra razón dejaron de hablar. El hecho produjo la atrofia de sus órganos de fonación y de los centros cerebrales del lenguaje; debilitó casi hasta suprimirla la relación entre unos y otros, fijando el idioma de la especie en el grito inarticulado, y el humano primitivo descendió a ser animal.

Claro es que si llegara a demostrarse esto quedarían explicadas desde luego todas las anomalías que hacen del mono un ser tan singular; pero esto no tendría sino una demostración posible: volver el mono al lenguaje.

Entre tanto había corrido el mundo con el mío, vinculándolo cada vez más por medio de peripecias y aventuras. En Europa llamó la atención, y de haberlo querido, llego a darle la celebridad de un Cónsul; pero mi seriedad de hombre de negocios mal se avenía con tales payasadas.

Trabajado por mi idea fija del lenguaje de los monos, agoté toda la bibliografía concerniente al problema, sin ningún resultado apreciable. Sabía únicamente, con entera seguridad, que no hay ninguna razón científica para que el mono no hable. Esto llevaba cinco años de meditaciones.

Yzur (nombre cuyo origen nunca pude descubrir, pues lo ignoraba igualmente su anterior patrón), Yzur era ciertamente un animal notable. La educación del circo, bien que reducida casi enteramente al mimetismo, había desarrollado mucho sus facultades; y esto era lo que me incitaba más a ensayar sobre él mi en apariencia disparatada teoría.

Por otra parte, sábese que el chimpancé (Yzur lo era) es entre los monos el mejor provisto de cerebro y uno de los más dóciles, lo cual aumentaba mis probabilidades. Cada vez que lo veía avanzar en dos pies, con las manos a la espalda para conservar el equilibrio, y su aspecto de marinero borracho, la convicción de su humanidad detenida se vigorizaba en mí.

No hay a la verdad razón alguna para que el mono no articule absolutamente. Su lenguaje natural, es decir, el conjunto de gritos con que se comunica a sus semejantes, es asaz variado; su laringe, por más distinta que resulte de la humana, nunca lo es tanto como la del loro, que habla sin embargo; y en cuanto a su cerebro, fuera de que la comparación con el de este último animal desvanece toda duda, basta recordar que el del idiota es también rudimentario, a pesar de lo cual hay cretinos que pronuncian algunas palabras. Por lo que hace a la circunvolución de Broca, depende, es claro, del desarrollo total del cerebro; fuera de que no está probado que ella sea fatalmente el sitio de localización del lenguaje. Si es el caso de localización mejor establecido en anatomía, los hechos contradictorios son desde luego incontestables.

Felizmente los monos tienen, entre sus muchas malas condiciones, el gusto por aprender, como lo demuestra su tendencia imitativa; la memoria feliz, la reflexión que llega hasta una profunda facultad de disimulo, y la atención comparativamente más desarrollada que en el niño. Es, pues, un sujeto pedagógico de los más favorables.

El mío era joven además, y es sabido que la juventud constituye la época más intelectual del mono, parecido en esto al negro. La dificultad estribaba solamente en el método que se emplearía para comunicarle la palabra. Conocía todas las infructuosas tentativas de mis antecesores; y está de más decir, que ante la competencia de algunos de ellos y la nulidad de todos sus esfuerzos, mis propósitos fallaron más de una vez, cuando el tanto pensar sobre aquel tema fue llevándome a esta conclusión:

Lo primero consiste en desarrollar el aparato de fonación del mono.

Así es, en efecto, como se procede con los sordomudos antes de llevarlos a la articulación; y no bien hube reflexionado sobre esto, cuando las analogías entre el sordomudo y el mono se agolparon en mi espíritu.

Primero de todo, su extraordinaria movilidad mímica que compensa al lenguaje articulado, demostrando que no por dejar de hablar se deja de pensar, así haya disminución de esta facultad por la paralización de aquella. Después otros caracteres más peculiares por ser más específicos: la diligencia en el trabajo, la fidelidad, el coraje, aumentados hasta la certidumbre por estas dos condiciones cuya comunidad es verdaderamente reveladora; la facilidad para los ejercicios de equilibrio y la resistencia al marco.

Decidí, entonces, empezar mi obra con una verdadera gimnasia de los labios y de la lengua de mi mono, tratándolo en esto como a un sordomudo. En lo restante, me favorecería el oído para establecer comunicaciones directas de palabra, sin necesidad de apelar al tacto. El lector verá que en esta parte prejuzgaba con demasiado optimismo.

Felizmente, el chimpancé es de todos los grandes monos el que tiene labios más movibles; y en el caso particular, habiendo padecido Yzur de anginas, sabía abrir la boca para que se la examinaran.

La primera inspección confirmó en parte mis sospechas. La lengua permanecía en el fondo de su boca, como una masa inerte, sin otros movimientos que los de la deglución. La gimnasia produjo luego su efecto, pues a los dos meses ya sabía sacar la lengua para burlar. Ésta fue la primera relación que conoció entre el movimiento de su lengua y una idea; una relación perfectamente acorde con su naturaleza, por otra parte.

Los labios dieron más trabajo, pues hasta hubo que estirárselos con pinzas; pero apreciaba -quizá por mi expresión- la importancia de aquella tarea anómala y la acometía con viveza. Mientras yo practicaba los movimientos labiales que debía imitar, permanecía sentado, rascándose la grupa con su brazo vuelto hacia atrás y guiñando en una concentración dubitativa, o alisándose las patillas con todo el aire de un hombre que armoniza sus ideas por medio de ademanes rítmicos. Al fin aprendió a mover los labios.

Pero el ejercicio del lenguaje es un arte difícil, como lo prueban los largos balbuceos del niño, que lo llevan, paralelamente con su desarrollo intelectual, a la adquisición del hábito. Está demostrado, en efecto, que el centro propio de las inervaciones vocales, se halla asociado con el de la palabra en forma tal, que el desarrollo normal de ambos depende de su ejercicio armónico; y esto ya lo había presentido en 1785 Heinicke, el inventor del método oral para la enseñanza de los sordomudos, como una consecuencia filosófica. Hablaba de una "concatenación dinámica de las ideas", frase cuya profunda claridad honraría a más de un psicólogo contemporáneo.

Yzur se encontraba, respecto al lenguaje, en la misma situación del niño que antes de hablar entiende ya muchas palabras; pero era mucho más apto para asociar los juicios que debía poseer sobre las cosas, por su mayor experiencia de la vida.

Estos juicios, que no debían ser sólo de impresión, sino también inquisitivos y disquisitivos, a juzgar por el carácter diferencial que asumían, lo cual supone un raciocinio abstracto, le daban un grado superior de inteligencia muy favorable por cierto a mi propósito.

Si mis teorías parecen demasiado audaces, basta con reflexionar que el silogismo, o sea el argumento lógico fundamental, no es extraño a la mente de muchos animales. Como que el silogismo es originariamente una comparación entre dos sensaciones. Si no, ¿por qué los animales que conocen al hombre huyen de él, y no los que nunca le conocieron?...

Comencé, entonces, la educación fonética de Yzur.

Tratábase de enseñarle primero la palabra mecánica, para llevarlo progresivamente a la palabra sensata.

Poseyendo el mono la voz, es decir, llevando esto de ventaja al sordomudo, con más ciertas articulaciones rudimentarias, tratábase de enseñarle las modificaciones de aquella, que constituyen los fonemas y su articulación, llamada por los maestros estática o dinámica, según que se refiera a las vocales o a las consonantes.

Dada la glotonería del mono, y siguiendo en esto un método empleado por Heinicke con los sordomudos, decidí asociar cada vocal con una golosina: a con papa; e con leche; icon vino; o con coco; u con azúcar, haciendo de modo que la vocal estuviese contenida en el nombre de la golosina, ora con dominio único y repetido como en papa, coco, leche, ora reuniendo los dos acentos, tónico y prosódico, es decir, como fundamental:vino, azúcar.

Todo anduvo bien, mientras se trató de las vocales, o sea los sonidos que se forman con la boca abierta. Yzur los aprendió en quince días. Sólo que a veces, el aire contenido en sus abazones les daba una rotundidad de trueno. La u fue lo que más le costó pronunciar.

Las consonantes me dieron un trabajo endemoniado, y a poco hube de comprender que nunca llegaría a pronunciar aquellas en cuya formación entran los dientes y las encías. Sus largos colmillos y sus abazones, lo estorbaban enteramente.

El vocabulario quedaba reducido, entonces a las cinco vocales, la b, la k, la m, la g, la fy la c, es decir todas aquellas consonantes en cuya formación no intervienen sino el paladar y la lengua.

Aun para esto no me bastó el oído. Hube de recurrir al tacto como un sordomudo, apoyando su mano en mi pecho y luego en el suyo para que sintiera las vibraciones del sonido.

Y pasaron tres años, sin conseguir que formara palabra alguna. Tendía a dar a las cosas, como nombre propio, el de la letra cuyo sonido predominaba en ellas. Esto era todo.

En el circo había aprendido a ladrar como los perros, sus compañeros de tarea; y cuando me veía desesperar ante las vanas tentativas para arrancarle la palabra, ladraba fuertemente como dándome todo lo que sabía. Pronunciaba aisladamente las vocales y consonantes, pero no podía asociarlas. Cuando más, acertaba con una repetición de pesy emes.

Por despacio que fuera, se había operado un gran cambio en su carácter. Tenía menos movilidad en las facciones, la mirada más profunda, y adoptaba posturas meditativas. Había adquirido, por ejemplo, la costumbre de contemplar las estrellas. Su sensibilidad se desarrollaba igualmente; íbasele notando una gran facilidad de lágrimas. Las lecciones continuaban con inquebrantable tesón, aunque sin mayor éxito. Aquello había llegado a convertirse en una obsesión dolorosa, y poco a poco sentíame inclinado a emplear la fuerza. Mi carácter iba agriándose con el fracaso, hasta asumir una sorda animosidad contra Yzur. Éste se intelectualizaba más, en el fondo de su mutismo rebelde, y empezaba a convencerme de que nunca lo sacaría de allí, cuando supe de golpe que no hablaba porque no quería. El cocinero, horrorizado, vino a decirme una noche que había sorprendido al mono "hablando verdaderas palabras". Estaba, según su narración, acurrucado junto a una higuera de la huerta; pero el terror le impedía recordar lo esencial de esto, es decir, las palabras. Sólo creía retener dos: cama y pipa. Casi le doy de puntapiés por su imbecilidad.

No necesito decir que pasé la noche poseído de una gran emoción; y lo que en tres años no había cometido, el error que todo lo echó a perder, provino del enervamiento de aquel desvelo, tanto como de mi excesiva curiosidad.

En vez de dejar que el mono llegara naturalmente a la manifestación del lenguaje, llaméle al día siguiente y procuré imponérsela por obediencia.

No conseguí sino las pes y las emes con que me tenía harto, las guiñadas hipócritas y -Dios me perdone- una cierta vislumbre de ironía en la azogada ubicuidad de sus muecas.

Me encolericé, y sin consideración alguna, le di de azotes. Lo único que logré fue su llanto y un silencio absoluto que excluía hasta los gemidos.

A los tres días cayó enfermo, en una especie de sombría demencia complicada con síntomas de meningitis. Sanguijuelas, afusiones frías, purgantes, revulsivos cutáneos, alcoholaturo de brionia, bromuro -toda la terapéutica del espantoso mal le fue aplicada. Luché con desesperado brío, a impulsos de un remordimiento y de un temor. Aquél por creer a la bestia una víctima de mi crueldad; éste por la suerte del secreto que quizá se llevaba a la tumba.

Mejoró al cabo de mucho tiempo, quedando, no obstante, tan débil, que no podía moverse de su cama. La proximidad de la muerte habíalo ennoblecido y humanizado. Sus ojos llenos de gratitud, no se separaban de mí, siguiéndome por toda la habitación como dos bolas giratorias, aunque estuviese detrás de él; su mano buscaba las mías en una intimidad de convalecencia. En mi gran soledad, iba adquiriendo rápidamente la importancia de una persona.

El demonio del análisis, que no es sino una forma del espíritu de perversidad, impulsábame, sin embargo, a renovar mis experiencias. En realidad el mono había hablado. Aquello no podía quedar así.

Comencé muy despacio, pidiéndole las letras que sabía pronunciar. ¡Nada! Dejelo solo durante horas, espiándolo por un agujerillo del tabique. ¡Nada! Hablele con oraciones breves, procurando tocar su fidelidad o su glotonería. ¡Nada! Cuando aquéllas eran patéticas, los ojos se le hinchaban de llanto. Cuando le decía una frase habitual, como el "yo soy tu amo" con que empezaba todas mis lecciones, o el "tú eres mi mono" con que completaba mi anterior afirmación, para llevar a un espíritu la certidumbre de una verdad total, él asentía cerrando los párpados; pero no producía sonido, ni siquiera llegaba a mover los labios.

Había vuelto a la gesticulación como único medio de comunicarse conmigo; y este detalle, unido a sus analogías con los sordomudos, hacía redoblar mis preocupaciones, pues nadie ignora la gran predisposición de estos últimos a las enfermedades mentales. Por momentos deseaba que se volviera loco, a ver si el delirio rompía al fin su silencio. Su convalecencia seguía estacionaria. La misma flacura, la misma tristeza. Era evidente que estaba enfermo de inteligencia y de dolor. Su unidad orgánica habíase roto al impulso de una cerebración anormal, y día más, día menos, aquél era caso perdido. Más, a pesar de la mansedumbre que el progreso de la enfermedad aumentaba en él, su silencio, aquel desesperante silencio provocado por mi exasperación, no cedía. Desde un oscuro fondo de tradición petrificada en instinto, la raza imponía su milenario mutismo al animal, fortaleciéndose de voluntad atávica en las raíces mismas de su ser. Los antiguos hombres de la selva, que forzó al silencio, es decir, al suicidio intelectual, quién sabe qué bárbara injusticia, mantenían su secreto formado por misterios de bosque y abismos de prehistoria, en aquella decisión ya inconsciente, pero formidable con la inmensidad de su tiempo. Infortunios del antropoide retrasado en la evolución cuya delantera tomaba el humano con un despotismo de sombría barbarie, habían, sin duda, destronado a las grandes familias cuadrumanas del dominio arbóreo de sus primitivos edenes, raleando sus filas, cautivando sus hembras para organizar la esclavitud desde el propio vientre materno, hasta infundir a su impotencia de vencidas el acto de dignidad mortal que las llevaba a romper con el enemigo el vínculo superior también, pero infausto, de la palabra, refugiándose como salvación suprema en la noche de la animalidad.

Y qué horrores, qué estupendas sevicias no habrían cometido los vencedores con la semibestia en trance de evolución, para que ésta, después de haber gustado el encanto intelectual que es el fruto paradisíaco de las biblias, se resignara a aquella claudicación de su extirpe en la degradante igualdad de los inferiores; a aquel retroceso que cristalizaba por siempre su inteligencia en los gestos de un automatismo de acróbata; a aquella gran cobardía de la vida que encorvaría eternamente, como en distintivo bestial, sus espaldas de dominado, imprimiéndole ese melancólico azoramiento que permanece en el fondo de su caricatura.

He aquí lo que, al borde mismo del éxito, había despertado mi malhumor en el fondo del limbo atávico. A través del millón de años, la palabra, con su conjuro, removía la antigua alma simiana; pero contra esa tentación que iba a violar las tinieblas de la animalidad protectora, la memoria ancestral, difundida en la especie bajo un instintivo horror, oponía también edad sobre edad como una muralla.

Yzur entró en agonía sin perder el conocimiento. Una dulce agonía a ojos cerrados, con respiración débil, pulso vago, quietud absoluta, que sólo interrumpía para volver de cuando en cuando hacia mí, con una desgarradora expresión de eternidad, su cara de viejo mulato triste. Y la última noche, la tarde de su muerte, fue cuando ocurrió la cosa extraordinaria que me ha decidido a emprender esta narración.

Habíame dormitado a su cabecera, vencido por el calor y la quietud del crepúsculo que empezaba, cuando sentí de pronto que me asían por la muñeca.

Desperté sobresaltado. El mono, con los ojos muy abiertos, se moría definitivamente aquella vez, y su expresión era tan humana, que me infundió horror; pero su mano, sus ojos, me atraían con tanta elocuencia hacia él, que hube de inclinarme de inmediato a su rostro; y entonces, con su último suspiro, el último suspiro que coronaba y desvanecía a la vez mi esperanza, brotaron -estoy seguro-, brotaron en un murmullo (¿cómo explicar el tono de una voz que ha permanecido sin hablar diez mil siglos?) estas palabras cuya humanidad reconciliaba las especies:

-AMO, AGUA, AMO, MI AMO...