jueves, 11 de julio de 2013

Twice-told tale (Enrique Anderson Imbert)



Perseguido por la banda de terroristas Malcolm corrió y corrió por las calles de esa ciudad extraña. Eran casi las doce de la noche. Ya sin aliento se metió en una casa abandonada. Cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad vio, en un rincón, a un muchacho todo asustado.
—¿A usted también lo persiguen?
—Sí —dijo el muchacho.
—Venga. Están cerca. Vamos a escondernos. En esta maldita casa tiene que haber un desván... Venga.
Ambos avanzaron, subieron unas escaleras y entraron en un altillo.
—Espeluznante, ¿no? —murmuró el muchacho, y con un pie empujó la puerta. El cerrojo, al cerrarse sonó con un clic exacto, limpio y vibrante.
—¡Ay, no debió cerrarla! Ábrala otra vez. ¿Cómo vamos a oírlos si vienen?
El muchacho no se movió.
Malcolm, entonces, quiso abrir la puerta, pero no tenía picaporte. El cierre, por dentro, era hermético.
—¡Dios mío! Nos hemos quedado encerrados.
—¿Nos? —dijo el muchacho—. Los dos, no; solamente uno.
Y Malcolm vio cómo el muchacho atravesaba la pared y desaparecía.

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