lunes, 31 de marzo de 2014

La cucaracha (Javier Villafañe)



Una vez había un hombre que vivía solo. Era periodista. Trabajaba en un diario desde las seis de la mañana hasta la medianoche. Cuando terminaba de trabajar salía del diario; caminaba unas cuadras; comía en un restaurante y después iba a un bar a tomar cerveza. Al amanecer regresaba a su casa. En su casa –era un pequeño departamento– no tenía un solo mueble; ni cama tenía, ni una silla en que sentarse. Había unos clavos en la pared en donde colgaba el saco, el pantalón y la camisa. Dormía en el suelo. En invierno o cuando hacía frío se envolvía en una frazada.

Le gustaba tomar cerveza. Todo el día tomaba cerveza: a la mañana, a la tarde, a la noche. Siempre llegaba a su casa con dos o tres botellas de cerveza.

Una madrugada, cuando se acostó en el suelo para dormir, vio a una cucaracha que salía de un agujero del zócalo. La vio caminar, detenerse y acostarse cerca de su cabeza.

Esto pasó varias veces. Una vez, cuando la cucaracha salía del agujero del zócalo, tomó la tapa de una botella de cerveza y la puso a su lado, y allí se acostó la cucaracha.

Al día siguiente el hombre llegó más temprano a su casa. Traía un poco de algodón: lo desmenuzó y le hizo una cama en la tapa de la botella de cerveza para que durmiera la cucaracha.

El hombre se acostó como siempre en el suelo. Vio salir a la cucaracha del agujero del zócalo: caminar y subir para acostarse en la cama que le había hecho en la tapa de la botella de cerveza.

Al otro día el hombre fue a trabajar. Estaba muy contento. Salió del diario. Iba silbando por la calle. Llegó al restaurante, comió, y después fue al bar a tomar cerveza. Se encontró con un amigo y le dijo:

–Ya no estoy solo. Cuando me acuesto, una cucaracha sale de un agujero del zócalo y viene a dormir a mi lado.

El amigo se rió.

–¿Cómo sabés que es la misma cucaracha? –le preguntó–. Tu casa debe estar llena de cucarachas.

–No, la conozco. Es la misma –respondió el hombre.

–¿Serías capaz de hacer una prueba?

–Sí. ¿Qué hago?

–Le arrancás una pata a la cucaracha. La dejás renga. Y si al día siguiente ves a una cucaracha renga que viene a dormir a tu lado, es entonces la misma cucaracha.

El hombre llegó a su casa. Se desvistió. Colgó en los clavos el saco, el pantalón y la camisa. Se acostó. La cucaracha salió del agujero del zócalo. Caminó y cuando iba a subir a la cama para acostarse, el hombre tomó a la cucaracha con el pulgar y el índice de la mano izquierda, y con el pulgar y el índice de la mano derecha, le quebró una pata y se la arrancó. Tiró la pata y puso a la cucaracha en su cama.

La cucaracha durmió: pero el hombre no pudo dormir. Vio el sol, la mañana. Él, tendido en el suelo, y la cucaracha a su lado dormida. Después la vio despertar, caminar renga y meterse en el agujero del zócalo.

El hombre se levantó, se vistió y salió. Ese día tomó mucha cerveza. Llegó al diario a las seis y media. Trabajó hasta después de medianoche. Fue al restaurante; comió. Fue al bar. Llegó a su casa. Se acostó. Vio salir a una cucaracha renga del agujero del zócalo. La vio llegar, subir y acostarse en la cama de algodón que él le había hecho en la tapa de una botella de cerveza.

Es la misma –se dijo el hombre–. Yo sabía que no estaba solo.

Pero no pudo dormir. Vio el sol, la mañana. Vio cuando se despertó la cucaracha. La vio caminar renga y meterse en el agujero del zócalo.

A la madrugada siguiente volvió la cucaracha. Llegó caminando lentamente y se acostó al lado del hombre.

El hombre no podía dormir. Miraba dormir a la cucaracha. Estaba desnudo, sentado en el suelo, tomando cerveza. Tomó una botella, dos, tres botellas de cerveza. Sintió el sol en los ojos, la mañana.

La cucaracha se despertó. Bajó de la cama. Caminaba arrastrándose y se metió en el agujero del zócalo.

Y no volvió nunca más.

El maestro (Javier Villafañe)


Javier Villafañe



El maestro



El primer día de clase había treinta y cinco alumnos en el aula.
El maestro era un hombre gordo, muy gordo. Pasó lista mientras iba diciendo los nombres, los alumnos se ponían de pie y él los miraba. Los pesaba con los ojos.
Una mañana el maestro les dijo a los alumnos:
—Tenemos que hacer una huerta en la escuela y sembrar semillas de lechuga, porque la lechuga es muy rica para comerla en ensalada.
Los alumnos, en el fondo de la escuela, puntearon la tierra, sembraron semilla de lechuga y después regaron la tierra.
—Pronto vamos a tener ensalada, dijo el maestro y preguntó: ¿a ustedes les gusta la ensalada? Treinta y cinco voces respondieron al mismo tiempo: —Síiiiiiii...
—Muy bien —dijo el maestro.
Al día siguiente el maestro escribió en el pizarrón la letra A, la letra B, la letra C. Escribió todo el abecedario. Y los niños escribieron en el cuaderno desde la A, hasta la Z. Después, el maestro escribió en el pizarrón: uno más uno, igual a dos. Y los alumnos escribieron en el cuaderno: uno más uno, igual a dos. Los alumnos, todas las mañanas, después de izar la bandera y cantar el himno, regaban la huerta.
Una mañana el maestro sacó del portafolios un cuchillo y una piedra de afilar. Afiló el cuchillo en la piedra y mostró a los alumnos el cuchillo afilado.

—Cu-chi-llo —dijo, y agregó—: C de cielo, U de un, CH de chicha, LL de llanto, O de orar.
En la huerta habían crecido plantas de lechuga. Sobre el pupitre del maestro había sal, pimienta, vinagre y aceite.
Al día siguiente, cuando el maestro pasó lista, había treinta y cuatro alumnos en el aula. Al otro día treinta y tres, al otro día treinta y dos. Hasta que quedó solo un alumno en el aula. Era muy flaco, pálido, con las orejas transparentes.
Una mañana llegó un inspector. Era un hombre con sombrero y bigotes. El maestro le sacó el sombrero, le afeitó los bigotes y se lo comió. Por suerte quedaba una planta de lechuga en la huerta.



Javier Villafañe

Nació en Buenos Aires el 24 de junio de 1909. Fue poeta, escritor y, desde muy pequeño, titiritero. Con su carreta La Andariega viajó por Argentina y varios países americanos realizando funciones de títeres. En 1967, su libro Don Juan el Zorro es objetado y retirado de circulación por la dictadura militar imperante en Argentina.

Villafañe decidió entonces abandonar el país y radicarse en Venezuela donde, trabajando para la Universidad de Los Andes, fundó un Taller de Títeres para formar artistas de esa disciplina.
En 1978, con el auspicio del gobierno venezolano, repitió su experiencia trashumante en el Viejo Continente: con un teatro ambulante recorrió el camino de Don Quijote a través de La Mancha, en España.

En 1984 retornó a la Argentina. Fue autor, entre muchos otros libros, de Los sueños del sapo (Hachette), Historias de pájaros (Emecé), Circulen, caballeros, circulen (Hachette), Cuentos y títeres (Colihue), El caballo celoso (Espasa-Calpe), El hombre que quería adivinarle la edad al diablo (Sudamericana), El Gallo Pinto (Hachette) y Maese Trotamundos por el camino de Don Quijote (Seix Barral).
El primer día de abril 1996, a los 86 años, falleció en Buenos Aires.

El baile (Irène Némirovsky)









Irène Némirovsky
(1903 - 1942)

Irène Némirovsky nació en Kiev el 11 de febrero de 1903. Era la única hija de un rico banquero judío ucraniano.
Irène fue educada por una institutriz francesa de modo que el francés fue prácticamente su lengua materna; también hablaba ruso, polaco, inglés, vasco, finés y yiddish.
En diciembre de 1918, la familia de Irène escapó de la revolución rusa y permaneció un año en Finlandia.
En julio de 1919, llegaron a Francia. Irène se licenció en Letras en la Sorbona.
En 1926 se casó. Tuvo dos hijas.
En 1929 publicó, con gran éxito de crítica, su primera novela. En 1930, con la publicación de El baile, Irène Némirovsky era una escritora en lengua francesa reconocida en la sociedad francesa; sin embargo, el gobierno francés de Vichy, rechazó su petición de nacionalización en 1938, en una actitud de antisemitismo. Finalmente, el 2 de febrero de 1939, ella y toda su familia se convirtieron al catolicismo. Aún así, ella y su marido tuvieron que llevar la estrella amarilla.
A pesar de tener amigos como Jean Cocteau y de Joseph Kessel, no pudieron evitar que la internaran en el campo de concentración de Pithiers, y luego fuera deportada a Auschwitz, en donde murió de tifus el 17 de agosto de 1942.
Poco después, su marido también fue arrestado y deportado a Auschwitz y, al poco tiempo de llegar, asesinado en la cámara de gas el 6 de noviembre de 1942.
Irène Némirovsky dejó una docena de libros escritos en su corta vida. Cada uno de ellos brilla como una obra maestra.

EL BAILE

Irène Némirovsky (Kiev, 1903-Auschwitz, 1942) mostró desde muy joven un talento excepcional. Con 27 años de edad, saltó a la fama con esta breve joya literaria sobre la venganza de una adolescente, editada en Francia en 1930.
Instalados en un lujoso piso de París, los Kampf poseen todo lo que el dinero puede comprar, excepto lo más difícil: el reconocimiento de la alta sociedad francesa.
Así pues, con el propósito de obtener el codiciado premio, preparan un gran baile para doscientos invitados, un magno acontecimiento social que para el señor y la señora Kampf supondrá, respectivamente, una excelente inversión y la soñada apoteosis mundana. Pero en casa de los Kampf no todos comparten el mismo entusiasmo.
Herida en su orgullo por la prohibición materna de asistir al ágape, Antoinette, de catorce años, observa con amargura los agitados preparativos del baile y siente que ha llegado la ocasión de enfrentarse a su madre, afirmarse a sí misma y realizar su propia entrada en la edad adulta.
Con un breve gesto, tan impulsivo como espontáneo, provoca una situación absurda que culminará en un final dramático y revelador. Dotada de una afilada percepción psicológica, Némirovsky condensa en pocas páginas una historia donde la difícil relación madre-hija y el ansia de reconocimiento social se funden con la pasión por la vida y la búsqueda de la felicidad.